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DESNUDOS. Vas desnudo por la calle. Como el rey del cuento de Andersen. En pelota picada.
Desnudo. Tu uniforme, tu traje impecable o casposo, tu imagen impoluta o cuidadosamente descuidada, tus trapos de marca o de mercadillo no sólo no sirven para que te ocultes sino que además acentúan tu desnudez. Te muestran aún más. Y no hace falta que pertenezcas a una tribu urbana, que vayas por ahí de siniestro, de tunero, de rapero, de pijo, de punk o de señora de toda la vida.
Puedes llevar lentillas de colores o gafas de sol; ir de luto o como un arcoiris; parecer un coleguita del Neng, un guardaespaldas de Eminem o un ejecutivo agresivo; dártelas de eterna adolescente, de ama de casa respetable o de superwoman a la última moda; incluso puedes ir de persona normal, ser uno más, uno entre tantos, alguien que no destaca entre la multitud.
Sin embargo, nunca conseguirás camuflarte. Aunque te maquilles. Aunque lleves más tatuajes que un maorí. Aunque te reconstruyas en un gimnasio o en un quirófano. Nunca dejarás de ser tú. El de siempre. El de toda la vida. A pesar de que te refugies en un palacio o en una chabola, y luego huyas en bicicleta o en el coche con más caballos del vecindario.
Vas desnudo, así que ten cuidado. Taládrate un imperdible, una argolla o un pendiente; rápate al cero, déjate rastas, cárdate la melena o engomínate el pelo; calza botas militares, sandalias franciscanas, zapatos de tacón o zapatillas de baloncesto; viste como un futbolista en rueda de prensa, como una estrella del rock, como un presentador de telediario, como un aventurero amazónico, como una alcaldesa o como un astronauta… pero, por favor, preocúpate un poco menos de tu apariencia y trata de medir un poco más tus palabras y tus actos.
Date cuenta de que, en cuanto se fijen en ti, van a saber de qué vas y quién eres.
Cualquiera puede calarte.
Publicado el lunes, 8 de agosto de 2005, a las 13 horas y 36 minutos
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