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DESPEDIDAS. Se despidió con sus andares de gata o pantera. De perra. Con esos que la hacían única. Y no dijo adiós a lo lejos con la mano: ni siquiera tiró su cigarrillo con desdén, ni lo aplastó con la punta de su zapato de charol de puta recién iniciada en el oficio.

Se fue sin mirar atrás. Sin pasado y sin futuro. Con un presente a modo de parada de autobús que la llevará de vuelta al suburbio, a algún lugar donde, hace mucho, sus gentes consideraron más práctico dejar de soñar y joder. Lejos del centro luminoso, del neón, del rugir de los motores y de mi polla.

Y me queda de su recuerdo su carmín barato en la camisa y en la bragueta. El olor a patchuli en mis manos y en mi lengua. Qué puta tan descarada, perfumarse el coño para mí: no he visto jamás acto de amor más puro que ese. Un hombre no debería necesitar mucho más para morir sonriendo.

Sin nombre, sin tarjeta, sin teléfono. De ella solo tengo ahora sus labios en mi copa de Tanqueray para una posible prueba de ADN como rastro. Un rastro rojizo y difuso, fugaz como lo que ha pasado en esta habitación. Sin ninguna vocación de perdurar, vaho que expulsamos en un día de lluvia.

La veo alejarse desde la ventana. Y suena en la habitación una melodía machacona y absurda. Un carrusel de sensaciones que tan pronto me lleva a la ira como a una paz que no creo merecer. Pero no me importa demasiado porque, hace poco más de unos minutos, gritábamos tanto y tan fuerte, que aún queda el eco esparcido por las paredes.

Echaré de menos ese culo que ha sido más mío que de nadie durante nuestra hora. Me ha parecido justo su recibimiento, no esperaba menos al entrar en él, ni él más. Así que, de alguna manera, no nos debemos nada. Carne cruda servida con profesionalidad para comensales no muy exigentes.

Sexo para dos a medida. Eso es lo que necesitaba esta noche. Sexo por sexo. Sexo con sexo. Una boca en la que poder entrar y salir hasta ahogarla. Luego vendrá esta especie de delirio depresivo que me sobreviene tras pagar por follar. Por la ausencia de tus piernas, jodida Cleo, por tu ausencia que a duras penas resisto. La condena de mi estupidez y mi obrar a destiempo.

Publicado el miércoles, 12 de junio de 2013, a las 0 horas y 07 minutos

VIAJES DE IDA Y CON VUELTA. La cama aún supuraba el olor de su sexo.
Se extraía de cada milímetro de ella gotas de sudor de una Cleo que supo hacerme girar de nuevo en una extraña contorsión emocional.

Inevitablemente jodido ahora por su pérdida una vez más y haciendo gala del perdedor que soy volví a su cuerpo, cayendo de nuevo a tumba abierta en una piscina vacía y estampándome contra el fondo que sería de nuevo su ausencia.

Bajamos al cuartucho del bar a trompicones. Rozándonos con las paredes, raspándonos en ellas, sangrando antes de sucumbir. Destrozando la espera que nos había mantenido vivos. Respirándonos como única posibilidad de cerciorarnos de que era verdad. Que íbamos a follar de nuevo, que estábamos allí y que eso era más cierto que cualquier otra cosa en este asqueroso mundo.

Llegó al bar con su melena pelirroja para hacer que rompiera dos vasos al verla, que dejara el café quemarse y derramarse. Para hacer voltear como un resorte a Susana la Bohemia de su tranquila esquina. Para que el puto repartidor de Tanqueray entrara justo en ese momento mirándola como si hubiera abierto por un momento la puerta del cielo.

Y allí estaba ella. Con su bolso. Sus tacones. Sus promesas de nunca jamás y su carmín rojo que pronto sería el color de mi polla.

-Eddi Vansi, no torpees de esa manera. No eres ningún principiante.

Y la muy zorra sacó un cigarrillo y se lo encendió. Así, sin más, saltándose todas las normas que dicen que no, en algún sitio, a alguna que otra cosa.

-Dame un cenicero, ¿o quieres que eche la ceniza al bolso?

Su sonrisa siempre me ha parecido el oásis que me salvaría en esta vida y que sería el bonus extra para la próxima.

-Claro Cleo- alcancé a balbucear como un primerizo en estos menesteres- ¿qué te trae por aquí?

Me miró despacio, perdiéndose en mis ojos cansados de verlo todo, incluso a ella.

-Aquí me traes tú. A cualquier otro sitio, cualquier otro hombre.

Nunca sé qué decir ante las verdades absolutas que salen de esa boca que es el mejor pecado que encuentro en el que poder estrellarme.

-Termina y cierra cariño.

Y como un jodido autómata, eché a los clientes del bar que solo eran dos y que llevaban allí todo el día. Susana me miró condescendiente sabiendo que iba a caerme de nuevo para no levantar en un tiempo. El otro cliente, se llevó de recuerdo las piernas de Cleo para su paja nocturna oculto bajo la sábana que también tapaba a su mujer.

Cerré la persiana decidido. Nos quedamos dentro. La miré con la misma intensidad que miro siempre a ese diablo encarnado en profecía de todavía.

Mi paso se hizo firme. Llegué a su taburete y abrí sus piernas con mis dos manos. Apretándolas, con fuerza.

Joder Cleo, joder. Me vuelves loco.

Publicado el lunes, 4 de marzo de 2013, a las 1 horas y 23 minutos

MODO REINICIO. Volvemos. No desespero. Constante solo en mi inconstancia.

Publicado el lunes, 21 de enero de 2013, a las 12 horas y 21 minutos

DE HOTELES Y COSAS MUERTAS. Bajé corriendo las escaleras un piso tras otro. Saltando escalones a grandes zancadas con tal de llegar lo antes posible al exterior.
Esquivé a las putas y los clientes que intentaban negociar un buen precio por horas con un recepcionista de vuelta casi de todo dispuesto a regatear y alcancé la acera casi jadeante.

Por fin en la calle.
Ya allí respiré profundamente mirando a ambos lados una avenida que cegaba con sus neones y sabor inconfundible a noche. Ahí supe que me había hecho viejo de golpe.

Pero solo necesitaba eso. Respirar. Percibir como el aire contaminado que los coches dejaban a su paso a velocidad de vértigo, entraba por mi nariz para llenar unos pulmones negros y ajados.

Sólo necesitaba eso... ¿les parece poco acaso, joder? Es constante en un fracasado que sus pretensiones nunca lleguen a mucho más.

Recuperé el pulso y algo de cordura y solo entonces decidí que debía desandar mis pasos.
Me crucé con los mismos clientes enfadados y sus putas que miraban sus relojes y hablaban entre ellas en una rutina afable y entretenida. Estuve tentado de invitar a alguna a subir, porque total, yo tenía toda la noche y no me acompañaría nadie.

Subí a la Habitación 301... Podía haber sido la 300 o la 302. Pero no era así: Era la jodida 301 en la que había pasado las últimas noches de los últimos meses encerrado con Cleo agotando con ella todos los momentos, todos los alientos, todas las posibilidades.

La habitación era sórdida. Un desvencijado cubículo en el que había ido desgastando mi moral y mi salud entre las carnes de Cleo.
En ella, había despojado al amor de ternura, al sexo de amor y a nosotros de nosotros mismos.

Cuando cruzábamos ese umbral, los dos sabíamos que ya nunca seríamos los mismos que saldrían a la mañana siguiente... Y solo por eso valía la pena, porque en esa habituación estábamos exentos de pecados y culpas, de presente, de pasado y de futuro. Estando allí los dos, el resto del mundo podía explotar que nos seguiría importando una mierda.

En la 301 había atado y desatado a Cleo.
La había amado más que a nada en el mundo.
Allí, yo había sido el hombre entre los hombres, dios de los infiernos, arcángel caído. Un Dominante con pose enjuta y seria. Su castigador y su guardián a partes iguales.
Había sido todo junto a mi diosa de carne y de huesos, y de un pelo rojo diabólico que me encadenaba junto a ella por los siglos de los siglos.
Allí, la había azotado y humillado. Allí habíamos sido animales en lucha encarnizada.
En esa estancia fue donde Cleo me regaló una entrega con fecha de caducidad al amanecer. Donde yo me había esparcido, y vaciado y derramado sin rendir cuentas, sin pedirlas, sin exigir más cambio que la sonrisa de ella.

Dejé mi chaqueta en el respaldo de la única silla que descansaba junto a un minúsculo escritorio y una televisión demasiado antigua para ser considerada incluso reliquia.
Me asomé por la ventana. Siempre pensé que unas vistas como aquellas no se merecían una habitación tan triste como esta. Pero no sé, a veces el universo te hace regalos inesperados como recompensa a tanta lujuria, tanta desesperanza y tantas noches en vela.

Alcancé el tabaco.
Saqué un cigarrillo.
El cielo seguía siendo negro y aún no se había desplomado. Eso me reconfortaba: algo debía estar en su sitio dentro de tanta locura y, que el cielo siguiera siendo endemoniadamente negro y siguiera allí, era prueba de ello.

Al encender el cigarrillo me recorrió un escalofrío y tomé consciencia de que esa noche iba a estar completamente solo. Solo en mi soledad sórdida. Dentro de una soledad de esas que no caben en el alma y que uno se busca porque quiere. Solo en mi autosuficiencia canalla y ególatra.
Solo y sin Cleo. Y sin putas. Solo.

Sentí en mi estómago la pesadez de todos mis miembros. Una especie de nudo similar al que aparece en los duelos y una punzada amenazante amago de infarto que recorrió toda mi espalda sin piedad.

Después llegó la nada. Un vacío inexplicable que hasta a los cabrones como yo nos deja sin aliento.

Cerré las ventanas y corrí las cortinas. Ya no había nada más que ver. Aparté la chaqueta de la silla como si así ganase un poco de espacio dentro de esa oscuridad íntima en la que me encontraba. Opté por estrellar la chaqueta en la cama, esa que podría contar todos los detalles de nuestros encuentros.

Pensé en conectar la radio para encontrar con ella una compañía anónima que hiciera de esa noche un lugar más agradable. Pero no joder. No lo merecía. No merecía más que lo que tenía: ese regusto en la boca a Tanqueray, a humo, a cosas muertas.

Esa noche yo no me había ganado ningún pedazo de cielo y tampoco creo que en el infierno me hubiesen dejado entrar por gilipollas. Tampoco la radio me daría consuelo... Ni la radio, ni los gatos que maullaban como para darle más empaque a la escena, ni las putas a las que pudiera pagar en ese momento para hacerme olvidar mis fracasos en sus coños... No hay redención para quién ya está condenado.

Porque esa noche, una vez despojado de toda clase de humanidad que pudiera haber ido cosechando con los años, me sabía merecedor de la completa ausencia. Por fin, joder.

Reposé la espalda en la silla incómoda que siempre intentó dar un calor de hogar impostado a la estancia. Remangué la camisa hasta los codos, aflojé el nudo de una corbata que ya no sabía ni que llevaba y dejé caer la cabeza entre mis manos.

“¿Qué frase lapidaria me diría Susana si la tuviera aquí ahora?” me dije... Y dibujar a Susana y su orujo en la barra de mi bar me hizo esbozar una sonrisa... “Quiero a esa vieja roja...” y me consoló ese hilo de calor que surgió de dentro...

Nunca me había fijado en la trama de las baldosas de nuestra habitación 301. La postura en la que me hallaba me invitó a ello... Al observarlas creí descubrir una absurda metáfora de mi propia vida: blancos y negros, grises intrincados, enfrentados en angulosas y puntiagudas formas geométricas... Un laberinto infinito sin principio y sin fin.

No sabría decir cuanto tiempo invertí en la investigación de las juntas, en sus formas, en lo descascarillado del paso del tiempo pero, algo fue seguro: solo con Cleo había sido capaz de atender de manera tan precisa, y poniendo todos los sentidos en los pequeños detalles... Y cada detalle era una parte de su infernal cuerpo.

Estoy loco por ella.

Entonces me empezó a faltar en aire de nuevo y me sentí jodido. Para paliar esa asquerosa sensación que subía reptante desde mi diafragma hasta la boca, busqué afanado otro pitillo en la chaqueta, el mechero en el pantalón y joder, todo ello me supuso un esfuerzo sobrehumano...

“Bang... Estás muerto...”

Es una putada cuando los fantasmas se empeñan en no abandonarnos del todo, en martillearnos con sus apariciones en las esquinas.

Aspiré una calada larga y profunda de mi lucky, porque soy así de chulo ¿y qué? Me despojé de mis tirantes dejándolos caer sobre mis caderas.
Hacía años que no usaba tirantes, que no me ponía ese adorno por puro snobismo, pero la ocasión lo requería así que tiré de ropero y rescaté estos negros muy propios para la ocasión.
Al verlos colgando, la corbata desanudada, descamisado, me sentí más fracasado que nunca: ya no importaba lo impecable que fuera mi vestimenta, a esas alturas de la noche, nada importaba ya...

Llamaron insistentemente a la habitación. Golpearon con los nudillos tan fuerte, con tanta desesperación que estuve tentado de abrir. Luego lo pensé mejor y decidí que fuera quien fuera, que se jodiese tanto como lo estaba yo. Y los golpes fueron disminuyendo en intensidad hasta hacerse imperceptibles...

No importa - me dije como para reafirmarme- no espero ni me esperan... Tanto si abro como si no, no será solución para nadie...

Publicado el jueves, 11 de octubre de 2012, a las 12 horas y 35 minutos

DE CANAS Y ESPEJOS. Algunas mañanas, digamos que aproximadamente una vez al mes, y siempre mientras me afeito, me da por filosofar sobre el sentido de la vida, de la mía en particular que es la que me tocó en esta partida de dados de los dioses; sobre el tiempo que me queda que siempre creo menos del que realmente será al final, y en qué cojones malgasté el que ha pasado: todo ese que se fue entre los dedos y que ya no volverá por mucho que me empeñe en reencarnarme un par de veces más. Ese que al final hace que te conviertas en lo que eres y que lleva de manera inequívoca a joderme una vez al mes mientras me afeito, como si pensar sobre todo esto solucionase algo, moviese alguna pieza de mi tablero o me llevase a algún sitio.

Pienso en vasos medio llenos que seguramente están medio vacíos: Nada es verdad ni es mentira. No hay axiomas, nada se puede afirmar de manera certera ni apostar que tienes la mejor mano. En definitiva, me digo para autoconvencerme, que toda esta mierda que suele acompañarme en días como estos son los efectos secundarios de las primeras canas mentales. Esas que si fuera lo suficientemente cabrón, luciría para las putas con la mejor de mi sonrisas en vez de mirarme al espejo como un idiota.

Podría ser peor y decidir no afeitarme, y así no tener que dedicar un día al mes a hacer balance de todavía no sé qué exactamente. Mi vida tiene pocos caminos que recorrer ya y en casi todos ando de vuelta.

Pero cuando pasa, ando todo ese día absorto en mis cavilaciones, y a veces se diluyen tras tres o cuatro tragos, como una flema insistente. Las más, para qué negarlo, acabo necesitando esas copas para poner todo en su sitio y cerciorarme que no existe estado mental más óptimo que el que me otorga la ginebra.

Últimamente parece como si se hubiera encendido el piloto de la extrema miseria, y siento la necesidad de dar un giro al timón, aunque sea por unos instantes.

Entrar a una iglesia a escuchar el silencio, robar “Qué bello es vivir” en unos grandes almacenes y quemarla tras haberla visto, beberme un vaso de leche para mantener a raya mi úlcera o cualquiera de esas gilipolleces que se supone que hace la gente más pura, menos corrompida que yo, que debe ser mayoría, o minoría, pero lo disimulan cojonudamente.

Y solo cuando termino ese afeitado y me pongo el After Shave que aún huele a Marta y a la rutina y a la vida que dejé antes de volver a ser el mismo calavera, me doy cuenta de que no hay más que lo que tengo delante, por más que cavile, y piense y me afeite y me ponga el puto After Shave. Y que mis pasos no me conducen a otro sitio diferente del bar, de Susana, de esa gente de mal vivir que me acompaña siempre y que me hacen sentir menos cabrón y más persona.

Entonces… Solo entonces, pienso en Cleo y en iniciar el camino de regreso.

Publicado el lunes, 8 de octubre de 2012, a las 13 horas y 00 minutos

ANOTACIONES EN SERVILLETAS. Pasan los años sobre mí a modo de apisonadora. Con toda su fuerza, con un rugir ensordecedor que determina seco el paso del tiempo. Y pasan sin saludarme, en una mezcla de rutina y devenir. Porque así debe de estar escrito en esa barra de hielo en que consiste esto de estar vivo.

Deshago mis pasos. Vuelvo sobre ellos para encontrar el momento en que me perdí de vista, en que dejé de reconocerme en el espejo; en que ese extraño que digo ser yo ya es alguien que apenas conozco. Pero no llego a ese punto en el que ya no hay vuelta atrás, ni punto de partida ni hostias que lo entienda.

Sigo abriendo mi bar a diario. Desistí de hacerlo renacer como un Gran Café de esos que tiene olor a fresa de lata para dejarlo como está, con su fragancia a fracaso y a humanidad en vías de extinción.

Me aqueja una pena profunda amago de infarto el subir la persiana. Supone para mí un esfuerzo sobrehumano, requiriendo para ello más dosis de ánimo que de testosterona. Pero no queda otra, esta era la suerte de los pobres, la mía en definitiva, y por más que imploro un cambio de vida, éste no aparece por ningún lado.

Lo que circunda mi vida, lo que la rodea, todas las personas que conforman esta realidad que a veces no sé siquiera si es mía, siguen aquí. Tal vez para confirmarme que no soy un espectro, que soy real, y que si me pinchan me duele joder, incluso sé llorar si la situación lo requiere. Y reírme, pero las menos veces y casi siempre de mí. Y no sé si esta es la vida que pensé mía, si la he ido eligiendo conscientemente o es la partida de dados de un ser superior que se descojona a mi costa, así que, me conformo con pensar que estar vivo era esto.
Sin otro adorno, sin más. Así, a quemarropa.

Por tanto, no está de más que sepan que no deben esperar de mí gran cosa porque yo tampoco lo suelo hacer de mí mismo.

No volví con Marta. Lo intentamos. De veras que fue así y que puse todas mis intenciones en que funcionase, pero los perdedores tenemos nuestra condición marcada a fuego y uno puede escapar de todo menos de lo que es. Me instalé de nuevo en la casa que había sido mi casa y que ahora era de ella, en mi sillón y en la nevera cargada de alimentos macrobióticos con la esperanza de que todo fuese como empezar de cero, sin pasado, con presente y una mínima esperanza de futuro: pero nunca se puede cambiar la mano que te ha tocado en mitad de la partida de póker. Así que, ahora nos llevamos bien, y quedamos, y follamos. También vamos al cine, y comemos palomitas y compartimos todas esas cosas triviales que nos hacen tan necesarios el uno para el otro. Lo que no puede ser, no puede ser, por más empeño que uno le ponga.

María, esa María que devolvió a mis noches el sexo salvaje, volvió a su vida. Y yo a la mía, por ende, no quedaba otra. Ya no tengo edad para invertir demasiado tiempo en causas perdidas. Demasiado joven para soportarme y demasiado guapa para ser eternamente mía. Era tan previsible para ambos que lo nuestro no iba a ningún sitio, que lo que nos sorprendió es que no sucediera tras nuestro primer polvo y eso que puedo jurar que fue glorioso.

Susana la Bohemia está cansada y vieja. Más cansada y más vieja que de costumbre. Es como si de golpe le hubiera caído el peso de su vida y de la vida de toda la humanidad sobre la espalda y que ya no fuera capaz de soportarlo. Ahora anda enrolada con los “indignados” porque, como ella dice, “una se indigna cuando le da la gana y con la edad que le sale de su mismísimo,” (que para eso es suyo y esas cosas). A Susana le parece que no encontrará mejor ocasión para cambiar el mundo y proclamar la Tercera República que éste. Cómo me sorprende su capacidad de ver el mundo como si lo descubriera por primera vez, de una manera tan ingenua, tan naïf, como si lo que se nos viene encima tuviese arreglo y ella pudiera participar de él. Así que allá van Susana y sus ideales haciéndome un poco más rico trayéndome al bar a sus camaradas (que bien podrían ser sus bisnietos) indignados y haciendo de mi antro un lugar un poco más habitable. Al final, voy a acabar por tomarle cariño a esta mujer.

Segis sigue con la prensa. Afirma tajantemente que no entenderá nunca a Hegel y que no existe un pensador más lúcido en la actualidad que Woody Allen. Y casi todas sus teorías las formula sin despeinarse apenas, meneando su café sin azúcar lentamente y esperando a que mi contestación surja como un Demiurgo de entre los platos del lavavajillas.

Mi colega Ismael sigue siendo el testigo de todas mis vidas, de una detrás de otra. Salidas de la nada y silenciadas en miles de noches de borrachera. Es una suerte de resurrección encontrarme con él.

Y Cleo... Cleo… Cleo… Cleo siempre merece una mención de honor en la categoría de “Imposibles”. Por eso me sigue pareciendo tan fascinante como la primera vez que la conocí. Sobre ella tengo mucho que decir, pero no ahora, todo tiene su momento. Pilar ausente en mi vida.

Yo. Eddi Vansi. Afincado en Madrid por obra y gracia de Marta. Con más años de los que pensé que llegaría a vivir cuando me parieron, otra cosa es las condiciones que me ofertaron en aquel momento y que nunca leí del todo ni llegué a firmar muy convencido. Con más vidas que los gatos, aunque ya me he comido una de una manera no muy consciente. Triste noctámbulo de las tretas de otros. Camarero a jornada completa con el corazón triste. Contador de historias varias. Escritor fracasado. Follador excelente, porque uno sabe para lo que sirve, y mira, tal vez mi destino ande por otro derrotero. Eddi Vansi. Que abre la persiana del bar para que mis clientes se vayan acomodando. Haciéndose hueco en este vacío inmenso que acaba siendo estar vivo. Con menos pelo que canas. Fumando mucho más que hace treinta años ahora que parece un sacrilegio hacerlo. Lector en sus horas libres… Inconstante firme. No he cambiado mucho desde la última vez, más pálido, más enjuto y con más mala hostia pero mucho más socializada. Supongo que esto debe ser hacerse viejo: aprender a que lo que te duele te duela menos y a infringir un dolor tan placentero que el dañado vuelva a por más porque le quedó algún atisbo de duda.

Por ahora me basta con levantarme a diario y tocarme la polla, que es lo más real entre todo lo que me queda, o lo más mío. Y entender que si aún está ahí, entre mis piernas, es que esto no ha cambiado tanto.

Publicado el miércoles, 2 de noviembre de 2011, a las 13 horas y 33 minutos

EFECTOS COLATERALES DE LA CRISIS. Uno tiene sus manías: por más que se empeñe en no hacerlas suyas, en disimularlas o en esconderlas detrás de virtudes; A fin de cuentas, uno es quién es y de eso no puede despojarse, por más que las manías sean la parte de uno mismo que uno más odie.

Y ya saben ustedes de mis manías y de mis vicios. De que unas y otros a veces se dan la mano y se unen en mis perversiones (de las que ya no hablo apenas, aunque sé que no me costaría si quisiera. Pero ya me conocen…)

El caso es que soy así.

-¿Así cómo?- me pregunta Susana sacándome de mis pensamientos y haciéndome dudar en qué momento los he verbalizado- ¿un fracasado ensimismado en sus pensamientos o un camarero en crisis existencial?

-Así, coño, con sus cosas, sus vidas, sus historias- le digo mientras intento poner orden en el cajón de los cubiertos- Así con todos sus peros… Así, joder, Susana.

-Ya, ya… Así como eres tú, más o menos.

Y da por terminada la conversación entendiendo que mi “así” es el así que ella ya suponía.

-Hola Eddi

La voz de Marta poniendo sobre la barra su bolso (ese que le regalé justo al volver del viaje de casados) me devuelve de mi soliloquio sobre “ser o no ser así”.

-Marta, buenos días… ¿Todo bien?
-Todo lo bien que se puede estar en el puto paro, Eddi Vansi…

Y no me jodas Marta, que estás en el paro, que no tienes para llegar a fin de mes, que te sientes sola, que si ya no tienes pareja, que si follamos juntos y eso…

-Joder Marta lo siento… No sabía nada… Pero, ¿cómo ha sido?
-Un puñetero ERE
-Jodidos ERES…
-No, si jodidos Somos, Eddi Vansi…

Y la veo perder esa sonrisa que siempre delata su buen ánimo.

-En fin, que sólo era eso, que ya se lo había contado a todo el mundo, que no sé cómo hacerlo ahora, que qué cuesta arriba…

Pero yo no puedo ayudarla si no con mi deseo y volviendo a descubrir sus ojos; no puedo no porque no quiera, más bien porque ando como ella: en una especie de paroxismo visceral, de status quo justo en el centro de la nada, en una cuerda floja que me lleva por mi bar como un fonambulista.
Porque soy un puto pobre que no lleva más que lo que lleva y no aspira más que a que lo dejen en paz.

Por eso, sólo puedo ofrecerle mis brazos, mi catre y mi sexo, que sé que no es mucho, pero que ya es algo más de lo que tiene ahora.

-Lo siento Marta, de veras… Si en algo puedo ayudarte...- y traspaso la barra con mi mano agarrándola por el hombro como para darle veracidad a la frase…
-Lo sé Eddi… Lo sé… Aunque no acabásemos del todo bien sé que eres un amigo…

Y me pongo un tanqueray a palo seco que Marta observa con indeferencia monótona…

-¿Sabes Eddi Vansi? A veces me planteo volver contigo

El tanqueray se me atasca justo en el centro del gaznate: me quema con ímpetu toda la traquea y cae en mi estómago como un yunque.
Marta, venga, no me jodas… Pienso para mis adentros… Una cosa es la puta crisis y otra que me vengas con estas milongas sentimentales… Que hace ya mucho tiempo, que esto es agua pasada, que cómo vamos a volver… Y que ojala, que total, volver a tus brazos sería como un bálsamo a tanta dejadez y tristeza, que qué punto serían incluso nuestras broncas, tu pilates y mis putas de nuevo…

Porque yo a Marta la quiero a mi manera; Más bien y para no ser demasiado deshonesto conmigo, la olvidé para volver a quererla. Y ahora ella es otra mujer a la que no veo como “mi exmujer”, es una mujer desquebrajada, sin un rumbo fijo, sin su rimel y sus tacones ni su paso firme de sargento en pie de guerra… Es la Marta que me llevó al atar en un momento de enajenación mental, de tanqueray en exceso y de belleza… Porque la Marta que toma el café en la barra es el mismo pájaro bello sin maquillar que me engatusó con veinte años… Y es raro joder, pero es lo que hay, y nadie está libre de sentir lo que le salga de los mismísimos cojones en cada momento.

Y me digo para mis adentros que Marta es ahora una mujer que tiene que estar muy desesperada para buscar consuelo en alguien como yo, que le he fallado tanto que debería estar en el libro guiness de los records, que la he hecho sufrir por pura pereza, sin intencionalidad siquiera, porque ella sabía que Eddi Vansi era así antes de que Madrid nos invadiera con su hastío y que los fracasados llevamos este puto sello de hacer infelices al resto marcado a fuego.

-Yo también he pensado a veces, las menos, en volver contigo…

Y trago saliva despacio… Y me muerdo el labio inferior mentalmente castigándome por poner mis piezas sobre el tablero…

-Ya, supongo que es algo inevitable en quienes se han querido- me contesta ella entornando sus ojazos y rozando la taza con su dedo de excasada…- Pero en fin… Aquí estamos…

Y podríamos estar mejor si tu estuvieras encima y yo debajo, pero esa idea prefiero no exponérsela: y es que aún está buenísima la cabrona, y tiene ese porte regio que la hace tan vulnerable, y me siguen poniendo esos ojos que me desmontaron en mis noches tristes, y porque ella ya no es ella…

-Sí, aquí estamos…

Y de fondo, en TV, nos refrescan unas cifras del paro que no tiene nada que ver con lo que nos pasa a Marta y a mí y que, sin embargo, no nos pasan desapercibidas…

Y con el ruido de fondo de las noticias, nos sentimos parte de ese todo de fracasados que, a fin de cuentas, no les van quedando más lujos que desahogar sus penas en la cama.

Publicado el viernes, 7 de enero de 2011, a las 23 horas y 30 minutos

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Ilustración de Toño Benavides
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