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ROMA.27-2-05. El Papa, que se recuperaba de una reciente operación en la garganta por dificultades respiratorias, se ha desplomado desde la ventana de su habitación de la clínica Gemelli cuando intentaba asomarse para dar la tradicional bendición dominical Urbi et Orbe. Mientras caía, el Santo Padre intentaba evitar pudorosamente que sus hábitos llegasen a subir por encima de los tobillos. A todo el mundo sorprendió este alarde físico y de reflejos, aunque no es de extrañar, dado que ha sido durante toda su vida un consumado deportista. Nadie se explica como ha podido ocurrir semejante desgracia y ya se ha desatado una serie de irresponsables especulaciones similar a la surgida tras la muerte de su antecesor Juan Pablo I. No obstante, él mismo dará testimonio de lo ocurrido cuando se recupere de las heridas sufridas al caer sobre un grupo de cámaras de la R.A.I.

Publicado el lunes, 28 de febrero de 2005, a las 9 horas y 02 minutos

EL ENANO PELIGROSO. Entro en una habitación donde todavía huele a gente durmiendo. La ventana está semiabierta. El aire mueve las cortinas con desgana. De pronto ceden y descubro al enano, que ha ido a colocarse en el rincón más secreto de la casa. Permanece inmóvil, mirándome divertido y aparentemente tranquilo. Viste una chaqueta de cuadros enormes que por supuesto le queda grande. Sonríe con tanta seguridad que empiezo a sentirme violento. Para colmo me pregunta:
-¿Sabes a donde vas?
Es evidente que no-pienso-y miro a mi alrededor intentando controlar la situación porque, para empezar, no sé como he llegado hasta allí. Aún no he decidido si este personaje supone algún peligro o simplemente, alguien que me está poniendo a prueba.
Si una presencia inesperada entraña siempre una amenaza, la mala memoria acarrea peligros aún mayores.
Recuerdo el olor de una calle por la que solía pasar hace treinta años, pero esta noche es un archivo borrado. Cero bites. Irrecuperable.Nada.
¿Debería conocer a este tío? ¿Había quedado con él?
Bien, él a lo suyo y yo a lo mío ( ¿qué es lo mío? ) .De todos modos procuro no perderle de vista.
¿Qué hace? ¡Baila! Se ha puesto a bailar dando vueltas sobre sí mismo sin dejar de reír; ahora con la boca abierta poblada de dientes planos, amarillos y desproporcionados. Me siento ridículo con tanta prevención porque además he descubierto que lleva un zapato ortopédico con un tacón descomunal. Una pierna más corta que la otra. ¡Pobre diablo!
No le falta de nada. Seguramente ha perdido la chaveta. Debe ser cierto lo de la reencarnación. Algo ha tenido que hacer este tipo en otra vida. Algo atroz.
De la calle sube hasta la ventana el rumor de una conversación. Es la policía. Se ha cometido un asesinato en el hotel. Bueno ahora al menos se que estoy en un hotel. Creen que el asesino aún se encuentra en el edificio.
El enano deja de bailar. Ya no sonríe. Ha cerrado la boca, apretando fuertemente los labios, para que yo no lea sus pensamientos ¡El cabrón ha conseguido hacerme perder un tiempo precioso! Ambos sabemos quién es el asesino, porque él es el muerto.

Publicado el sábado, 26 de febrero de 2005, a las 11 horas y 30 minutos

BERLÍN. 24-11-05. El equipo psiquiátrico dirigido por el doctor Martin Polte ofrece desde hace más de un año la posibilidad de someterse a diálisis cerebral a toda persona que lo solicite. La terapia, consistente en una compleja combinación de drogas y cirugía, permite la descarga de toda la basura mental que ralentiza la capacidad de razonamiento y, lo que es peor, supone un lastre de intolerancia en el desarrollo de las relaciones humanas. Según el doctor Polte existen tratamientos específicos para personas aquejadas de extremismo político, ultranacionalismo, integrismo religioso o ecologismo exacerbado, por poner algunos casos. Sin embargo estas personas se muestran muy reacias a recibir tratamiento, pese a los enormes beneficios que de él se derivan tanto para el individuo como para el cuerpo social al que pertenece.
“También tenemos un tratamiento para demócratas de toda la vida- Ha declarado el doctor Polte- pero éstos tampoco quieren venir.”

Publicado el jueves, 24 de febrero de 2005, a las 11 horas y 59 minutos

LA EXTRAÑA COSTUMBRE. Los domingos eran los días marcados por “la costumbre”. El resto de la semana significaba trabajo y obligaciones. Para mí el trabajo era el colegio y las obligaciones ayudar en casa, como si Dios hubiera dictado: “ahí tenéis seis días para revolcaros en vuestras pequeñas miserias domésticas. El domingo es para que aprendáis a convivir con lo extraño”.

Esos domingos amanecían con todas las ventanas abiertas. Desayunábamos en silencio y en pijama, antes del baño matutino que transcurría penosamente entre escalofríos con la casa ventilándose desde primera hora de la mañana. Según mi madre, el aire puro era más importante que la posibilidad de coger una pulmonía. Así que el momento de vestirse pasó a sustituir al baño en los primeros puestos de mi lista particular de pequeños placeres domésticos.

Por supuesto, la ropa de los domingos era distinta a la del resto de la semana. Era también la ropa que usaba para ir al médico, a los entierros y a cualquier otro tipo de celebración especial.
Recuperaba lentamente el calor perdido bajo el agua a medida que la ropa iba cerrando el paso al aire frío. Al terminar, ya bajo la protección de un grueso jersey de lana con dibujos en forma de ocho, me quedaba un buen rato mirando hacia la calle sin ver absolutamente nada de lo que ocurría allí, narcotizado bajo la caricia de un sol tímido y horizontal que se asomaba sobre los tejados y hacía daño en los ojos.
En el mejor momento de esa ensoñación, se oía a mi madre desde el fondo del pasillo: “Es hora de ir a misa...” y nos encaminábamos hacia la iglesia, envueltos en una cacofonía de aromas mezcla de agua de colonia y jabón, escuchando el roce de un millar de zapatos nuevos sobre las calles.

La misa era un trámite obligatorio, un tributo de acceso a “la extraña costumbre”, una puerta que sólo podía abrirse precisamente el domingo, el día reservado para lo absurdo.
Mi madre sabía que era imposible retenerme un minuto más al salir de la iglesia y me daba permiso para desaparecer hasta la hora de la comida con una última advertencia seguida de tres amenazadores puntos suspensivos: ¡No te manches la ropa...!

En aquel barrio sobrevivía “La Fundición”, un antiguo recinto industrial abandonado que resistía a duras penas el avance implacable de los nuevos bloques de pisos donde vivíamos y con el aroma del incienso aún pegado al paladar corría a perderme con mis amigos en aquel dédalo de construcciones semiderruidas,

No era fácil colarse en la fundición, aunque su mejor defensa contra los intrusos era que a nadie le interesaba acercarse por allí salvo a nosotros. La hierba alta ocultaba oxidadas piezas de maquinaria desterrada del interior de los almacenes. Los postes del tendido eléctrico descansaban en su mayoría inclinados contra las paredes de ladrillo. Los cables reptaban por el suelo, liberados de sus anclajes de vidrio. Ningún camino conducía a ninguna parte dentro del recinto salvo a la confusión. El edificio más grande estaba prácticamente vacío. En el suelo dormía un variado mosaico de objetos entre los que se adivinaban chapas de metal, tornillos, tuercas y herramientas carcomidas por el óxido, cientos de baldosas – ninguna de ellas rota al menos de cuatro partes-, cartones reblandecidos por el agua de las goteras y alguna botella. Todo ello extendido como un tétanos aletargado pero acechante, una amenaza fundida por el tiempo el hierro y la lluvia. Un veneno contra el cual nuestra única armadura era la ropa de los domingos.

En el centro de la nave se elevaba un pequeño montículo. Durante nuestras primeras incursiones no le dimos demasiada importancia y nos referíamos a él como “la basura”, porque su aspecto exterior no era muy diferente del resto de los objetos del entorno. Poco después lo bautizamos definitivamente como “el bicho”, porque se movía.

La costumbre consistía en comprobar que “el bicho” seguía allí y cada domingo después de misa corríamos hacia las ruinas con el temor de que hubiera desaparecido.
Permanecíamos largo rato observando situados en círculo a una prudente distancia. El temor a una posible reacción defensiva por su parte, nos mantenía alejados. Si alguno sobrepasaba cierto límite imaginario, la superficie del bicho comenzaba a temblar como la gelatina y cambiaba la tonalidad de su color en algunas partes. A veces su piel nos parecía camuflaje. Otras, en cambio, hubiéramos jurado que alguien, tras amontonar parte de los desechos del suelo, les había insuflado vida con un soplo.

Nunca se desplazaba, lo encontrábamos siempre en el mismo lugar. Parecía haber enraizado en el suelo de la nave. Yo imaginé que se alimentaba de los escombros de alrededor y llegué a temer que sus raíces pudieran sobrepasar los límites de la fundición bajo las tapias y buscarnos en nuestros cuartos, en la cama, mientras dormíamos.

Algunas veces le arrojábamos piedras para provocar esos cambios de color y ver si sucedía alguna cosa interesante. Las que no rebotaban quedaban incrustadas formando parte de su masa.

En general nos limitábamos a ese pequeño conjunto de acciones caprichosas, pero “el bicho” no parecía poseer facetas más espectaculares y empezamos a encontrarlo aburrido.

No recuerdo cuándo abandonamos la costumbre. Algunos miembros del grupo cambiaron de lugar de residencia, otros empezamos a interesarnos por cosas diferentes. Llegó un momento en que espaciamos las visitas a La Fundición, de tal forma que nunca supimos cuando fue la última.

Pasó algún tiempo. Empecé a fumar. Hice nuevos amigos y un día –un viernes, creo –me acordé del bicho y los arrastré, incrédulos, hasta la fundición. Allí solo había un borracho recostado contra la pared. Antes los borrachos iban a mamarse a sitios como ese. Se sentían felices por unas horas en su pequeño y sucio paraíso, lejos de la mirada de los vecinos. Esos lugares les pertenecían a ellos más que a nosotros pero yo estaba frustrado y le arrojé una piedra. Quiso levantarse amenazando torpemente con cortarnos esto y lo otro, pero solo consiguió parecer aún más triste.Volvió a derrumbarse. Sangraba profusamente y alguien dijo:
-mira, se le escapa el vino por la ceja -pero no me hizo gracia.- Nos miraba impotente con un solo ojo. El otro permanecía cegado por la sangre que manaba hasta empapar una camisa que, hasta ese momento, me había parecido misteriosamente limpia. Nos fuimos sin prestarle auxilio. Antes los borrachos se curaban solos.

Muchos años después quise visitar el lugar. Estuve merodeando un buen rato por el exterior del recinto. Lo que llegué a ver a través de los agujeros de la tapia me pareció igual que entonces, solo que más pequeño. No pasé de ahí, no estaba seguro de lo que iba a encontrar, por otra parte hace mucho tiempo que no voy a misa y ya no tengo la ropa adecuada.

Publicado el lunes, 21 de febrero de 2005, a las 11 horas y 30 minutos

VIENA.18-2-05. Werner Winkel, el afamado psiquiatra vienés, ha dado a conocer a la prensa especializada el extraño caso del doble clónico. Un paciente suyo, Edyh M, padre de familia, amante esposo, trabajador y profundamente religioso, sufre el conocido y literario síndrome de la doble personalidad, con la particularidad de poseer dos identidades exactamente iguales conviviendo en su mente torturada.
-“Éste no es el conocido caso del lado bueno y el lado malo-ha declarado el doctor-aunque Edyh ha demostrado ser, bajo su segunda personalidad, un auténtico energúmeno.”

Publicado el viernes, 18 de febrero de 2005, a las 18 horas y 14 minutos

PRAGA.15-1-05. Una cucaracha sufre una extraña mutación, durante la madrugada del pasado lunes, mientras dormitaba tranquila en su agujero.
Al parecer el pobre animal se ha convertido en un hombre de mediana edad, calvo y con bigote, que estuvo deambulando desorientado por la casa hasta que se levantó la dueña. Ésta, ante la inesperada presencia del nuevo inquilino, que se llama Gregorio, avisó de inmediato a la policía para que lo echaran de allí.
-“Una cosa es una cucaracha y otra muy distinta un fulano barrigudo que se pasea en pelotas por la casa y anda casi todo el tiempo husmeando en la nevera”- dijo la buena señora.

Publicado el miércoles, 16 de febrero de 2005, a las 19 horas y 17 minutos

LOS CIEGOS. Dos hombres juegan una partida de ajedrez. Cuando entro en la habitación se clavan en mí las cuencas vacías de sus ojos. Después vuelven a concentrarse en la partida.

Sobre el tablero reposan cuatro globos oculares que han descargado algún líquido que desconozco. El resto de las piezas ha ido a parar a la caja que los jugadores tienen a su izquierda.
Es evidente que han alargado la partida.

De vez en cuando uno de ellos coge sus ojos y los levanta unos centímetros por encima del tablero. Contempla la situación general del juego, vuelve a depositarlos en sus casillas y se rasca la frente planeando estrategias.

Pasa el tiempo lentamente. Miro por la ventana unos segundos pero cuando vuelvo a la partida, sólo queda un jugador sentado a la mesa. El otro sale por la puerta en ese momento. El perdedor cabizbajo parece negarse a admitir su derrota y continúa mirando ciego al tablero. Me voy antes de que me pida ayuda.

En la calle hace frío. Entro en un bar a tomar un café.
Hay un hombre sentado en la mesa del fondo que me resulta familiar. Al principio no había reconocido su mirada. Se levanta y viene hacia mí. Saca dos ojos del bolso de su chaqueta y mostrándomelos en su palma abierta me dice: ¿Una partida?

Publicado el lunes, 14 de febrero de 2005, a las 2 horas y 48 minutos

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Ilustración de Toño Benavides
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