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www.bestiario.com/mantenido
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ANDER IZAGIRRE. Embarcado en su Vespaña, proyecto literario y periodístico subtitulado Viajando vespacito por los caminos capilares de España, hace escala en el burgalés Valle del Mena y se encuentra, después de sobrevivir a un café con sabor a virutas de ataúd, con un cartel que reza: « Los verdaderos amigos se hablan en silencio».
Publicado el martes, 5 de septiembre de 2006, a las 19 horas y 08 minutos
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¿NEURAS?. «Entro en tu blog de vez en cuando, y ya veo que sigues igual, con tus neuras», me dice un amigo. No replico (soy lento), pero unas horas después me quedo con las ganas de volver a hablar con él. ¿Neuras? ¿Neurótico yo? ¿No era yo, precisamente yo, el elemento estable del piso? ¿No lo sigo siendo? Entonces, ¿antes qué era? En todo caso, si alguna vez vomitara lo que llevo dentro, ¿pensarías que soy un neurótico, o dirías algo peor? Dice el diccionario que la neurosis es una «enfermedad funcional del sistema nervioso caracterizada principalmente por inestabilidad emocional». ¿Pero hay alguien estable, hay alguien medianamente estable en este mundo desquiciado? En fin...
Publicado el jueves, 7 de septiembre de 2006, a las 19 horas y 37 minutos
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LA VIDA SIGUE IGUAL. «Es necesario que todo cambie para que todo siga igual», escribió el conde de Lampedusa. Aunque la gente cita de memoria a este gran escritor italiano, así que a veces dice que todo cambia para que nada siga igual, que nada cambia para que todo siga igual y cosas del estilo, variaciones sobre un mismo tema; rara vez estas palabras de «El Gatopardo», una de las mejores novelas del siglo pasado, se repiten al pie de la letra; en cualquier caso, suelen servir tanto para un roto como para un descosido, es decir, para intentar recalcar que todo cambia o para tratar de subrayar que todo sigue igual.
Así que todo cambia, que todo sigue igual, o que nada cambia, o que no sabemos cómo digerir los cambios, o cómo interpretar lo que nos pasa, y entonces desembocas en septiembre sin sacudirte la resaca de las vacaciones, desconcertado, cargado de buenas intenciones pero cansado, como siempre; de nuevo al tajo, al andamio, detrás del mostrador, a las órdenes de la pantalla del teléfono, del cliente, siempre tan razonable y con toda la razón del mundo; vuelves, si es que te habías ido, si es que habías huido, y los primeros días, sobre todo, parece que el que ha vuelto es otro, no el que sesteaba en la tumbona, allá en la playa o el pueblo, ni tampoco el intrépido que se aventuraba por el mundo.
Al cabo de unas semanas (o de unos días, o incluso de unas horas) todo cambia. O todo sigue igual. Como antes. Parece que nunca te has ido. Inmerso en las pequeñas alegrías y las grandes preocupaciones (o viceversa, para los afortunados) de la vida cotidiana, más pronto que tarde percibes cómo el paréntesis de las vacaciones se inserta velozmente en el pasado y se distancia de tu presente, de tus rutinas. El espejismo de vivir sin trabajar se disipa.
Decía Groucho o Karl Marx que el trabaja aliena, nos hace otros. Se equivocó: las vacaciones alienan.
Publicado el domingo, 10 de septiembre de 2006, a las 23 horas y 26 minutos
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SOPRANO EN BURGOS. ¿Cómo se ganaría la vida Tony Soprano en Burgos? Si el mafioso más célebre de la historia de la televisión viviera aquí (aquí, palabra tótem para cualquier nacionalista, por cierto), en vez de en la Nueva Jersey ficticia de la serie norteamericana que emiten la Sexta y el Plus, ¿a quién extorsionaría? ¿Y a quién untaría?
Me lo imagino entrando a saco en el mundo de la construcción, tan goloso, o convulsionando las cloacas de la ciudad, sacando tajada de bares y burdeles, diciendo a sus colegas que Burgos es una ciudad sin ley, donde si no pisas te pisotean, mientras Carmela, su esposa, no se pierde una misa de guardar en San Lesmes y llena el monovolumen en Hipercor.
En este mundo tan moderno y funcional todo se confunde. Molan el mestizaje, los maridajes, la fusión, los cubatas y el calimocho, el caso es mezclar, ya sea en un restaurante de tres estrellas Michelin o en una plaza botellonera. En este mundo nuestro, como en el de nuestros abuelos y tatarabuelos, como siempre, la ficción forma parte de nuestra realidad. Si no, que se lo pregunten a cualquier niño: los Lunnis o el rey León de turno forman parte de sus vidas, les pertenecen, y no sólo porque tengan el deuvedé, la mochila, el cuaderno o los calzoncillos de sus personajes favoritos. Puestos a mezclar, juguemos a plantar en nuestras vidas a nuestros personajes favoritos, juguemos no sólo a disfrutar de sus vidas cuando les contemplamos en el sofá o en el cine, sino también a fantasear plantándolos en nuestro hábitat.
¿Se imaginan al doctor House en el Yagüe? Yo no, la verdad. ¿Y a Jack Bauer salvando al mundo durante 24 horas de vigilia, ayuno y abstinencia por las calles de Gamonal? Tampoco, ¿no? Las series yanquis nos gustan pero resultan lejanas, aunque aquí también tengamos mujeres desesperadas o «friends» a destajo. Sin embargo, Tony Soprano es uno de los nuestros. Aquí, allá y en cualquier otro sitio.
Publicado el lunes, 11 de septiembre de 2006, a las 13 horas y 50 minutos
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RAFAEL SÁNCHEZ FERLOSIO. No sé dónde leí esta frase suya que apunté hace tiempo en un cuaderno:«El presente se pone en manos del futuro lo mismo que una viuda ignorante y confiada se pone en manos de un astuto y deshonesto agente de seguros».
Publicado el jueves, 14 de septiembre de 2006, a las 13 horas y 35 minutos
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CAYUCO. ¿Cuál será la palabra del 2006? Los medios de comunicación, los portales de Internet y otros chiringuitos como el servicio de publicaciones de la Universidad de Oxford quizá nos digan en diciembre que la palabra del año fue alguna modernez, como en su día lo fueron «podcast» o «blog». Pero aquí, aunque naveguemos por la Red como piratas curtidos en mil batallas y nos jartemos a enviar «sms» por teléfono, aquí la palabra del año sólo puede ser cayuco, a no ser que otra palabra dé el campanazo en estos meses que restan hasta las campanadas.
Cayuco: ¿había oído esa palabra el siglo pasado? No creo, si la rastreamos en Internet y en las hemerotecas puede comprobarse que se ha popularizado este año; antes aparecía en reportajes caribeños, turísticos, no en noticias teñidas de dolor y sufrimiento. ¿Que por qué ha prosperado y no deja de aparecer en periódicos y telediarios? Podríamos decir «porque sí» y quedarnos tan anchos, como cuando nuestros hijos nos interrogan sin compasión preguntándonos el porqué de cualquier cosa. Las palabras, como casi todo, se ponen y se pasan de moda.
Según la Real Academia, un cayuco es una «embarcación india de una pieza, más pequeña que la canoa, con el fondo plano y sin quilla, que se gobierna y mueve con el canalete». Aunque poco importa que las personas que padecen mil penalidades mientras tratan de llegar a Islas Canarias naveguen en cayucos, lanchas, pateras, barcos o yates. El nombre, en este caso, es lo de menos, ¿no? Importa el hecho.
Imagínate (¿puedo tutearte? Aquí siempre tuteamos a los inmigrantes, ¿no? Llamas por teléfono, te dicen «la señora no está, ¿qué desea?» con acento suramericano, y replicas, «¿sabes cuándo volverá?») dentro de un cayuco. Mar adentro. A la deriva. Sediento. Hambriento. Tu futuro, incierto, si es que vives para contarlo. Tu familia, a miles de kilómetros. Imagínatelo.
Publicado el lunes, 18 de septiembre de 2006, a las 10 horas y 17 minutos
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RAULISTA. Me gustaría ser, qué sé yo, anarquista, comunista, oenegista, progresista, cualquier cosa acabada en ista que sirva para presumir o para que, al menos, te critiquen con fundamento. Pero ya ni siquiera soy periodista. Sin embargo, desde hace unos pocos años, más o menos desde que el Madrid fichó al gran Ronaldo, ha ido creciendo en mí un sentimiento que ya puedo revelar: soy raulista. A pesar de todo. Digan lo que digan. Aunque no vuelva a marcar un gol.
Publicado el martes, 19 de septiembre de 2006, a las 10 horas y 20 minutos
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HUEVOS. Anteayer iba por el Espolón cuando pesqué estas palabras que un chaval le decía a su colega: «... No son huevos de aves, son de animales. Los castran y luego nos los...»
Publicado el jueves, 21 de septiembre de 2006, a las 10 horas y 37 minutos
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OBRAS. Ahora que están construyendo una rotonda en la Avenida de la Paz (una avenida tan pacífica como cualquier otra supongo, a pesar de su nombre), se me ha ocurrido una chorrada que, en los tiempos que corren, cualquiera podría aprovechar para montar un tinglado que dé que hablar (que es de lo que se trata). Digamos que alguien podría intentar batir el récord Guinnes de vueltas a una rotonda (si no existe ese récord se inventa), y decir que va a llevar a cabo tal sobrehumano esfuerzo para defender los derechos de los grandes simios o criticar la deforestación de la Amazonia. Seguro que el plusmarquista lograría, como poco, más publicidad que la mayoría de las muchas personas que trabajan anónimamente para conseguir que este mundo nuestro sea algo más habitable.
Sigamos dando vueltas a la rotonda. Digo que están construyendo una… porque lo leí en el periódico, no porque las obras que han cortado la calle Belorado me permitan deducirlo o porque hayan colocado un cartel explicativo. Se han limitado a poner: «carretera cortada por obras», y santas pascuas. No sabemos cuándo terminarán los arreglos ni para qué sirven tantas tuberías y tractores (aunque mi niño y yo estamos encantados, nos gustan tanto las obras que llenaríamos la ciudad de obras todos los años, no sólo cuando se acercan las elecciones).
Ahora que caigo en ello, no lo entiendo: si se quiere mantener a los ciudadanos contentos, qué menos que contarles con todo lujo de detalles qué se está haciendo, indicando precios, presupuestos y plazos.
A un par de manzanas de la futura rotonda, por ejemplo, hay un cartel bastante preciso. En Reyes Católicos están recuperando las márgenes del río Vena, podemos leer; además, piden perdón por las molestias. Eso está bien, a pesar de que indican que el proyecto cuesta 5.815.349,32 euros y aunque se han comido el acento de márgenes, ojalá que nada más.
Publicado el lunes, 25 de septiembre de 2006, a las 10 horas y 30 minutos
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ÁLEX GRIJELMO. El viernes se nos rompió una cosa de la lavadora, la palanquita de la puerta. Ayer vino un señor para sustituir la pieza y, quizá porque aún tenía fresca la entrevista de Juan Cruz a Álex Grijelmo, estuve pendiente de sus palabras: oquedad, orificio, arandela... El autor de La gramática descomplicada comentaba: « La gente sin excesiva instrucción habla bastante bien. La gente instruida es la que peor habla. Quieren parecerse a los que hablan en inglés». Aunque no sé si el fontanero había recibido más o menos instrucción que yo, no albergo ninguna duda sobre su capacidad expresiva: hablaba bastante mejor que el pretencioso universitario que a duras penas escribe estas líneas.
Publicado el martes, 26 de septiembre de 2006, a las 12 horas y 02 minutos
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