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LAS MEJORES PELÍCULAS DE 2005 (1) El comienzo de 2006, en que Luces de Babilonia sopla su primera vela de cumpleaños, coincide con los inevitables balances de las mejores y peores películas del año. De las segundas, fabricadas a menudo con celuloide en serie y fácilmente reciclable, este cronista ha preferido olvidarse. Seguimos así la norma moral que aconseja un piadoso silencio ante los fracasos, lo que acaso supone aún mayor condena que el exabrupto o la puñalada trapera con giro de muñeca. En cambio, no queremos arrinconar en el baúl de los recuerdos los buenos filmes estrenados a lo largo del año que acaba de extinguirse. Para desmentir el titular que preside esta página, no se trata de elegir las mejores películas del año, sino aquellas que han calado con mayor intensidad en la retina de este cronista. Por lo demás, que cada espectador haga su propio recuento: en la discrepancia está el gusto. Antes del inventario de las películas, un par de advertencias para navegantes. Quien suscribe es un asiduo visitante de las salas de cine, pero (por suerte o por desgracia) no se le permite morar en ellas. Sirva esta afirmación como descargo para señalar que uno no siempre consigue ver todas las películas que merecerían su atención y, quizá, un puesto destacado en el cuadro de honor. Así, a bote pronto, a este espectador se le ocurren varios estrenos que se le escaparon del desfile de la cartelera, aun cuando resultaban sumamente prometedores: American Splendor, de Shari Springer y Robert Pulcini; Gerry, de Gus Van Sant, o Tú, yo y todo lo demás, de Miranda July, serían, por tanto, algunos ejemplos de ausencias involuntarias. Por otra parte, como ya hicimos el año pasado, dividimos este repaso a las películas de 2006 en tres apartados: cine made in USA, cine europeo y cine de otras voces, otros ámbitos. Sin más dilación, ahí van los títulos que integran el primer bloque

1. Flores rotas, de Jim Jarmusch. Dos veteranos son los protagonistas de esta pequeña cinta para paladares exigentes: el realizador Jim Jarmusch y el actor Bill Murray. Este extraño híbrido entre road movie desencantada, comedia romántica francamente lánguida y parodia del donjuanismo supone todo un tratado sobre cómo incorporar elementos del cine de vanguardia dentro de la todopoderosa industria del cine. En pocas palabras: mejor que Lost in Translation.

2. La novia cadáver, de Tim Burton. La continuación espiritual de Pesadilla antes de Navidad es un festín para los sentidos: animación con marionetas según la técnica de stop-motion, un argumento macabro sacado del retorcido magín de Burton y unas canciones pegadizas que recuerdan que el mundo de los vivos a veces es más gris de lo que parece. Una advertencia: sólo recomendable para niños grandes o curados de espanto.

3. La guerra de los mundos, de Steven Spielberg. ¿Un blockbuster entre las mejores películas del año? Pues sí. Hace tiempo que el celuloide de Spielberg ha entrado en un territorio que lo aleja de sus cada vez más numerosos seguidores. Tras AI y Minority Report, La guerra de los mundos es el último eslabón de una muy peculiar manera de entender el cine de ciencia-ficción. Spielberg bebe tanto de los clásicos de la serie B como del género de catástrofes para acabar contando un singular relato intimista. Un destilado del «sueño americano» con más sombras que luces.

4. Entre copas, de Alexander Payne. Por una vez, la sorpresa independiente del año logró ser ambas cosas: sorprendente e independiente. Una road movie acerca de hombres maduros en crisis que combina la mala baba de Jóvenes prodigiosos y el humor marciano de Los Tenembaum sobre un trasfondo estético deliberadamente kitsch. Con todo, se trata de una comedia absolutamente personal y transferible.

5. Una historia de violencia, de David Cronenberg. A diferencia de lo que afirma la crítica gacetillera, para este cronista Una historia de violencia no recupera al mejor Cronenberg, que, en nuestra opinión, es el de El almuerzo desnudo y Crash. Sin embargo, las claves estilísticas del realizador —desde un depurado aspecto visual hasta cierta delectación morbosa por la sordidez— se dan cita en un filme que supone, en muchos aspectos, el reverso de aquella maravilla llamada Blue Velvet. Absténganse almas impresionables o propensas a la empatía con los personajes de ficción.

6. Charlie y la fábrica de chocolate, de Tim Burton. El segundo Burton de nuestro inventario encuentra en la literatura de Roald Dahl el pretexto perfecto para un despliegue imaginativo que oscila entre el homenaje y la parodia del género infantil. No se pierdan los fabulosos números musicales de los oompa-loompas, dignos de figurar en cualquier antología del último cine.

7. (ex aequo) Sin City, de Robert Rodríguez, y La tierra de los muertos vivientes, de George A. Romero. Más allá de su fascinación por los universos degradados y violentos, poco tienen en común ambos filmes. Mientras que Sin City es un descenso a los infiernos del lumpen que se inspira estéticamente en los tebeos del dibujante Frank Miller, La tierra de los muertos vivientes oculta bajo su revisitación del cine de zombies un nítido mensaje social. Dos películas duras que ocupan un archipiélago propio en la cartografía del celuloide posmoderno.

8. Million Dollar Baby, de Clint Eastwood. Como ya tuvo ocasión de expresar en su momento este cronista, el último Eastwood se le antojó en cierta medida decepcionante. Aunque la maestría, contención y clasicismo en la puesta en escena del filme son indiscutibles, uno no puede sino percibir las costuras entre dos guiones tan distintos que nunca llegan a fundirse. Sólo una realización a lo John Ford consigue redimir este cruce naturalista entre Rocky y Mar adentro.

8. Match Point, de Woody Allen. Aunque para casi toda la crítica es el mejor Allen de los últimos tiempos, a quien suscribe Match Point le parece un policíaco sólido pero un tanto desangelado, al que sólo animan algunos destellos de maestría en su tercio final. Es cierto que no se le puede exigir a Allen que siempre haga el mismo filme, pero este cronista agradecería que no sacrificase sus señas de identidad. Por suerte, uno tiene la certeza de que el neoyorquino, como siempre ha hecho, seguirá rodando lo que le venga en gana.

10. Star Wars III: La venganza de los sith, de Geoge Lucas. La última entrega de la última trilogía de La guerra de las galaxias ni siquiera rozó el cielo de la saga original, pero fue, con mucho, la mejor de la nueva serie. Entre los dilemas shakesperianos de los personajes y las prolijas escenas de batallas, una secuencia para el recuerdo: el asesinato de los maestros jedis, cuyo montaje paralelo recuerda a esas dos joyas de Scorsese que son Uno de los nuestros y Casino.

Como de costumbre, terminamos con un desordenado inventario de imágenes de otras películas que no podemos obviar en el repaso anual: las escenas de filmación aérea de El aviador, de Martin Scorsese; el viaje virtual por el Nautilus de Steve Zissou en Life Aquatic, de Wes Anderson; los trucos jamesbondianos de Batman Begins, de Christopher Nolan; las referencias a los cuentos tradicionales en El secreto de los hermanos Grimm, de Terry Gilliam; la bruja prerrafaelita de Las crónicas de Narnia, de Andrew Adamson; el diálogo entre Alfred Molina y Steve Coogan en Coffee and Cigarettes, de Jim Jarmusch, y los enfrentamientos encadenados entre los humanos, el gorila y la fauna y flora de la Isla de la Calavera en el King Kong de Peter Jackson.


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Publicado el miércoles, 4 de enero de 2006, a las 17 horas y 44 minutos

ENORME. El King Kong original era una película reducida a escala, una de esas miniaturas exóticas que poblaban las pantallas y las imaginaciones infantiles, y que el tiempo ha acabado elevando a la categoría de mito. Más de setenta años después, en el nuevo King Kong todo es enorme: la isla de la Calavera, el monstruo y hasta el metraje, que excede las tres horas. Para su realización, Peter Jackson invoca el espíritu de Cecil B. DeMille, que aparece citado explícitamente en el filme. No en vano, Jackson es un realizador de la vieja escuela, uno de esos tipos que aún creen que el director de cine debe ser, ante todo, un demiurgo. De ello dio prueba en su brillante y excesiva trilogía de El señor de los anillos, cuya espectacularidad retoma ahora en un proyecto largamente acariciado por el autor.

El King Kong versión reloaded es una película ejemplar para estudiar la estructura del relato tradicional, pues en ella resultan evidentes las transiciones entre introducción, nudo y desenlace. El comienzo se ofrece como un minucioso retrato de los ambientes, tipos y esperanzas de la América de la Gran Depresión. Sin embargo, la cinta realmente despega con la narración del viaje de una peculiar troupe cinematográfica a una isla secreta de la que ha tenido noticias el siniestro director interpretado por Jack Black. A lo largo de este trayecto, Jackson se saca de la manga un nuevo referente (en este caso, literario) para explicar el sentido de la aventura de sus personajes: El corazón de las tinieblas, de Conrad. Así, la introducción de King Kong se pone bajo la advocación del libro que inspiró, entre otras producciones, la magistral Apocalipse Now de Coppola.

Con la llegada de los protagonistas a la isla, empieza a desatarse el nudo del argumento y la película exhibe su auténtica naturaleza: un pastiche del cine de aventuras clásico, al que respeta tanto como parodia. El carácter híbrido de esta parte, sin duda la mejor, se refleja en el particular bestiario que surca la pantalla, desde unos zombies caníbales a unos simpáticos dinosaurios recién salidos de Parque jurásico, pasando por la principal estrella de la función: el gigantesco gorila Kong. Jackson se propone no dar ni un segundo de tregua al espectador, para lo que provoca un crescendo de acciones trepidantes cuyo precedente inmediato quizá sea el «más difícil todavía» de la entrega protagonizada por el Dr. Indiana Jones. Con reminiscencias también del entorno novelesco ideado por Sir Arthur Conan Doyle en El mundo perdido, Jackson pone de manifiesto su andadura en el cine de terror a la hora de diseñar un universo poblado por primates bondadosos, torvos pterodáctilos y adorables bichitos con miles de dientes, emparentados genealógicamente con los aliens de antaño.

Tras la captura de Kong y el regreso a la civilización, el interés de la película decae considerablemente. Más próximo al cine de catástrofes al estilo Godzilla, Jackson no sabe, sin embargo, imprimir en el celuloide las dosis de lirismo necesarias, por lo que a veces acaba cayendo en el ridículo que hasta entonces había conseguido vadear (véase la escena de patinaje artístico entre Kong y la Watts). Con todo, la cinta recupera el pulso en su tramo final, con la archifamosa reproducción de la secuencia de combate entre Kong y los aviones en la cúspide del Empire State.

Más allá de su interés intrínseco, King Kong plantea varias cuestiones acerca del nuevo arte de hacer remakes, tanto sobre la pertinencia de rodar nuevas adaptaciones de clásicos del séptimo arte como sobre las contradicciones que ello implica (construir una superproducción multimillonaria a partir de una cinta de escaso presupuesto). Aunque Jackson no responde a estos interrogantes, no nos encontramos ahora ante una vergonzosa operación de marketing, como la Psicosis de Gus Van Sant, sino ante una película que se integra con absoluta coherencia dentro del horizonte estético de su realizador, todo lo discutible que se quiera, pero desde luego nada insignificante.


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Publicado el martes, 27 de diciembre de 2005, a las 16 horas y 55 minutos

ME PASO EL DÍA BAILANDO. El otro lado de la cama (2002), de Emilio Martínez Lázaro, supuso un soplo de aire fresco en el panorama bastante alicaído de la comedia española contemporánea. La receta era sencilla: el soporte de comedia costumbrista «a lo Trueba» que instituyó la «movida madrileña», unas gotas de humor erótico-festivo, varios gags y estereotipos sacados de cualquier teleserie y la inserción de diversos números musicales que funcionaban a modo de comentario de la acción principal. Así, la película se convertía en una revisión posibilista de una cierta corriente del cine europeo que bebe tanto de vaudevil como de la alta comedia, y que acaso alcanzó su culminación con la reciente On connaît la chanson, de Alain Resnais. El resultado, sin ser excelente, albergaba momentos casi antológicos y suponía, desde luego, una combinación atrevida dentro de los cánones del actual cine español.

Tres años después, estrenada estratégicamente en plenas fiestas navideñas, Martínez Lázaro presenta la continuación de aquella película, Los dos lados de la cama, donde repite punto por punto la misma fórmula magistral. Por el camino, el realizador ha sustituido a las dos actrices protagonistas del original (Paz Vega y Natalia Verbeke) por rostros nuevos (Verónica Sánchez y Lucía Jiménez) y ha fichado a una Pilar Castro que sabe exprimir todo el juego interpretativo de un papel en principio no demasiado agradecido. Por lo demás, los actores masculinos reiteran facetas, registros y «vis cómica». El problema es que, una vez eliminada la capacidad de sorpresa inicial, el filme acaba quedándose en poquita cosa. Martínez Lázaro y el guionista David Serrano han decidido proceder por acumulación y liar a todos los personajes entre sí. Pero esta vez ni la trama sentimental (la inverosímil historia de lesbianismo entre Sánchez y Jiménez, que parece un peaje a lo «políticamente correcto») ni todos los números musicales, algunos demasiado mortecinos, provocan la adhesión inmediata del espectador. Ni siquiera los impagables Ernesto Alterio y Guillermo Toledo brillan aquí a la misma altura que en la primera parte.

De este modo, la atención se desplaza hacia el relato secundario protagonizado por Alberto Sanjuán y María Esteve, sin duda lo mejor de la función. Los únicos momentos verdaderamente divertidos de la película se concentran cuando entran en pantalla ambos personajes. Si María Esteve lleva hasta el límite el tono paródico de su «marisabidilla», Alberto Sanjuán encarna el perfecto prototipo del hortera y da pie a los dos mejores gags de la cinta, donde participa un peculiar bestiario compuesto por un gavilán, una paloma y un zorro disecado. La otra baza del filme reside en el juego intertextual de las canciones, pues, ¿quién puede resistirse al encanto de una canción de Alaska en un escenario recién sacado de Los fabulosos Baker Boys, o a la revisión de la inmortal La mataré, de Loquillo? No obstante, éste es un botín demasiado escaso para una película que se limita a calcar anteriores aciertos y que ni ratifica ni desmiente el dicho de que «nunca segundas partes fueron buenas».


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Publicado el sábado, 24 de diciembre de 2005, a las 18 horas y 02 minutos

RESURRECCIONES. A falta de ver aún King Kong, este cronista decide pasarle hoy de nuevo el micrófono a Mario Altares, quien siempre parece tener algo nuevo que contar a los lectores cinéfilos: “Desde Dickens sabemos que cada Navidad trae un milagro. Suele ser un prodigio mínimo, de esos que ni siquiera nos dejan boquiabiertos; si acaso algo perplejos, con la actitud del alumno que frunce el ceño porque no ha comprendido la pregunta, o quizá porque la ha comprendido demasiado bien. Esos milagros cotidianos, en contraste con los grandes relatos que surcan la televisión, sacuden las ciudades de vez en cuando y tienen una sintomatología variable: pueden protagonizarlos mendigos poetas, ejecutivos melancólicos o (tampoco es cuestión de ponernos cursis) palomas que ofrecen su vuelo rasante sobre las fuentes públicas. El milagro de estas Navidades tiene nombre de mujer y cuerpo de cine. Sí, amigo, hablo de la reapertura de los Ana, que han tardado más de tres días en salir del sepulcro pero que al final han abierto de nuevo sus puertas. Además de albergar la filmoteca los lunes y martes, ahora las tres minisalas de la ciudad donde arrastro mis días funcionan, como antes, con una programación autónoma. Es posible que no haya una renovación excesiva en su cartelera, pero al menos su sombra resiste a esos colosos de las afueras donde a uno le inyectan por un módico precio hora y media de celuloide, una ración de palomitas y cuarto y mitad de adolescentes vocingleros. Por eso la pervivencia de un pequeño local en el centro de la ciudad es una auténtica proeza. Por eso hoy escribo estas líneas.

PD: Amigo, huye de Lutero como de la misma peste. Se trata de una miniserie con tufo a europudding embutida en dos horas interminables con mucha tortura interior y do de pecho hollywoodiense. Mejor leer el Apocalipsis, ahora que parece haberse vuelto a poner de moda el fin del mundo. Nos vemos en los bares”.


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Publicado el miércoles, 21 de diciembre de 2005, a las 20 horas y 29 minutos

VISIONES Y REVISIONES. Cuando se aproxima la hora de hacer el inevitable balance anual sobre las mejores películas del año, a este cronista le gustaría reseñar, siquiera brevemente, algunos títulos que no recogió en su día, bien porque se acumulaban los estrenos, bien porque hubo de repescarlos en las sesiones de la filmoteca o en los anaqueles de un videoclub. Ahí van, pues, en un bárbaro desorden de géneros, nacionalidades y autores, cinco filmes que deberían contar entre lo mejor de la cosecha de 2005:

La tierra de los muertos vivientes, de George A. Romero. Pues sí, una de zombies. El veterano George A. Romero ofrece, con escasísimos medios (en comparación, las cintas de John Carpenter parecen superproducciones) una película de terror que contiene un dechado de lo mejor del género, desde escenas de truculencia gore a imprevistos destellos líricos (los zombies confundiendo su reflejo en el agua con la realidad). Pese a algunos trazos de brocha gorda propios de la casa (el personaje del ricachón interpretado por Dennis Hopper), La tierra de los muertos vivientes es indiscutiblemente una parábola sobre la sociedad actual, donde el espectador debe elegir entre situarse al lado de los ambiciosos cazadores de podridos o al lado del ejército de almas en pena que forman los desheredados de nuestro mundo.

Contra la pared, de Faith Akin. A comienzos de 2005 se estrenó esta cinta turca, que ganó el Oso de Oro en Berlín y el premio de la Academia Europea de Cine a la mejor película. Relato violentísimo ambientado en la Alemania actual, el filme combina un discurso social sobre la inmigración con una apasionada historia de amor. Aunque a veces se deja llevar por algunos excesos melodramáticos, el pulso firme del director y los recursos estilísticos empleados (como la utilización de intermedios musicales a manera de coro) apuntalan una de las películas europeas más solventes de este año cinematográfico.

Nadie sabe, de Hirozaku Kore-Eda. Una de las escasas obras maestras de este año fue este pequeño filme japonés sobre unos niños abandonados en la gran ciudad. Con un dominio extraordinario de la elipsis y del tempo narrativo, Nadie sabe se eleva sobre el sustrato real del que parte para entregar un celuloide traspasado por el lirismo, la tragedia y la melancolía.

Tropical Malady, de Apichatpong Weerasethakul. Inédita en las pantallas españolas, el DVD le ha dado a quien suscribe la oportunidad de ver este filme francamente marciano, cruce imposible entre una historia de amor homosexual a lo Almodóvar y una parsimoniosa recreación de las leyendas populares tailandesas. Recomendable sólo para cinéfilos recalcitrantes.

El viento, de Eduardo Mignogna. El director argentino de Sol de otoño, a menudo demasiado blandengue, encontró con esta historia de un gaucho perdido en Buenos Aires un tono adecuado para su narración. Una vez superados los balbuceos iniciales, que parecen una reversión naturalista de El abuelo y la ciudad, el filme encuentra la respiración adecuada para llevar a buen puerto su reflexión sobre el caos de la civilización actual.


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Publicado el viernes, 16 de diciembre de 2005, a las 17 horas y 43 minutos

GLOBOS DE ORO. Hoy se han conocido las nominaciones de los Globos de Oro, la «antesala de los óscars» que suele guiar la fortuna comercial de las películas made in Hollywood. Por lo que puede verse, Bill Murray, Spielberg y King Kong se van a quedar con un palmo de narices. Cowboys homosexuales, cintas políticas contra la «caza de brujas», remakes de películas de Mel Books y hasta un redivivo Woody Allen aparecen en primera línea de fuego. Éstas son, pues, las películas nominadas:

Mejor Película Dramática

Brokeback Mountain, de Ang Lee. Una historia de amores homosexuales entre vaqueros, dirigida por el polifacético realizador taiwanés de Tigre y dragón, que ha levantado ampollas entre el sector más conservador de la población estadounidense.

Good Night and Good Luck, de George Clooney. Una película rodada en blanco y negro que arremete contra la política represiva del Senador McCarthy, quien se ensañó allá por los años cincuenta con algunos profesionales del mundo del espectáculo supuestamente pertenecientes al partido comunista. A los amigos de Bush no les ha gustado nada.

El jardinero fiel, de Fernando Meirelles. La excelente cinta de Meirelles también podría aspirar a algún galardón, aunque parece casi descartada para los premios gordos, acaso por su carga de violencia, su tono de denuncia explícita y su desesperanzado corolario.

Match Point, de Woody Allen. Hollywood por fin parece haber perdonando a Allen, pero lo ha hecho con una de las películas del realizador en que sus obsesiones, filias y fobias aparecen más desleídas. Con todo, un Woody Allen siempre es un Woody Allen.

Una historia de violencia, de David Cronenberg. Pues sí, el hiperviolento thriller de Cronenberg también se ha colado en la categoría de «drama», a falta de mayores aclaraciones genéricas para una película tan excesiva como inquietante.

Mejor Comedia o Musical

Mrs. Henderson presents, de Stephen Frears. Comedia musical dirigida por uno de los mejores realizadores británicos de los ochenta, Stephen Frears, y protagonizada por los «jovencísimos» Judi Dench y Bob Hoskins.

Orgullo y prejuicio, de Joe Wright. Adaptación de la novela de Jane Austen (siempre hay alguna en los Globos de Oro) de la que al menos cabe esperar la pulcritud típicamente british que suelen destilar las versiones cinematográficas del universo literario de la autora.

The Producers, de Susan Storman. ¿Es posible mejorar el filme de Mel Brooks protagonizado por unos inolvidables Gene Wilder y Zero Mostel? ¿Puede haber una interpretación mejor de Primavera para Hitler? La incógnita se desvelará a principios de 2006.

I Walk the Line, de James Mangold. Biopic del cantante country Johny Cash, al que interpreta en la pantalla Joaquim Phoenix. Algunos críticos le han afeado al filme una labor de maquillaje dramático parecida a la del Ray descafeinado del pasado año.

The Squid and the Whale, de Noah Baumbach. Comedia intimista indie sobre unos niños con padres divorciados en el Brooklyn de comienzos de los ochenta. Desde luego, se parece mucho a Serrín con hongos, el imposible filme inventado por los creadores de Agárralo como puedas.

Y… eso es todo, amigos.


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Publicado el miércoles, 14 de diciembre de 2005, a las 21 horas y 03 minutos

BABILONIA, MON AMOUR. Como no sólo de estrenos vive el cinéfilo, mi amigo Mario Altares me informa puntualmente, en uno de sus mensajes épicos, sobre algunas novedades que tienen que ver con el cine y la literatura: “Acaba de salir de las prensas Babilonia, mon amour, un libro de poemas cinéfilos escrito por Luis Bagué Quílez y Joaquín Juan Penalva y publicado por la Universidad de Murcia. El libro tiene mucho que ver con mis gustos fílmicos. Hasta me atrevería a decir que en él están presentes mis películas favoritas. Como los nacidos en la edad del súper 8, mis sueños de celuloide contienen la gabardina de Bogart, el bigote de Chaplin y la falda volátil de Marilyn Monroe, pero también, acaso con la misma intensidad, la máscara negra de Darth Vader, las gafas de Woody Allen y las pestañas de Uma Thurman. En Babilonia, mon amour están muchos de los héroes y antihéroes de la nueva mitología que ha creado el séptimo arte (Ed Wood, Indiana Jones, Christopher Lee), los principales géneros que han forjado su historia (el neorrealismo italiano, el cine negro y de ciencia-ficción, y hasta el reciente filón de terror adolescente) y algunas secuencias que han quedado para siempre grabadas en la retina de los cinéfilos de pro (desde la reconstrucción preciosista de Una habitación con vistas al universo virtual de Matrix, pasando por las fantasmagorías cotidianas de Los otros). También surcan las páginas del libro productores al filo de la demencia (Roger Corman, Dino de Laurentiis), novelistas cercanos al cine (Paul Auster) y demiurgos de los sueños infantiles (Walt Disney). En resumen, amigo Betaville, yo he disfrutado con sus versos igual que si los hubiera escrito.

Por otra parte, todo aquel que quiera conocer las novedades del siempre esquivo cine asiático no debe perderse el octavo número de la revista barcelonesa CineAsia, que alterna las reseñas gacetilleras, las noticias de estrenos en DVD y las entrevistas a directores. En este número, el aficionado puede leer una crónica sobre Siete espadas, la nueva película de Tsui Hark, el Spielberg chino; una entrevista al cineasta nipón Johnnie To acompañada de una crítica de Election, de inminente estreno en España, y una reseña del último Tsai Ming-Liang, El sabor de la sandía. Lo dicho: imprescindible para los espectadores que saben que el cine también existe en los confines del Imperio del Sol.

Por último, Todos los estrenos de 2005 es una cita obligada para quienes coleccionen postales de cine y para quienes quieran recordar, con un punto de sano masoquismo, lo que ha dado de sí un año de cine. Un inventario riguroso con críticas desiguales, pero interesantes, es lo que propone este volumen, que continúa la apuesta que lleva haciendo la editorial madrileña JC desde el año 1988. Bienvenidos sean, pues, todos estos ejemplos que demuestran que el celuloide y la letra impresa no siempre son un matrimonio mal avenido”. No digo más.


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Publicado el lunes, 12 de diciembre de 2005, a las 22 horas y 00 minutos

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Ilustración de Toño Benavides
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