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TELEGRAMA. ALEGRÍAS Y DECEPCIONES. Alegrías en forma de música, Clap your hands, say yeah, el disco de mismo nombre, y The klaxons, idem. Casi lo único que escucho desde hace tiempo. En forma de libro, cada vez me gusta más Stanislav Lem (aquí en Alemania voy ya por la tercera relectura de Aventuras del piloto Pirx, los libros los tengo contados) y Kurt Vonnegut.

Decepciones fueron Kaiser Chiefs y Kasabian, con lo que me habían gustado sus primeros discos...

Publicado el domingo, 10 de junio de 2007, a las 22 horas y 31 minutos

SABIENDO QUE. Los tres que suelen contestar ya han pasado por caja, y los que suelen leer, pero no contestar, también, paso al siguiente post sin miedo a que alguien se pierda algo. Las ventajas de tener una parroquia pequeña.

Y es que hoy he batido un record. Habiéndome puesto al día con mis deberes para con la citada pequeña parroquia, he pensado "qué coño" y he decidido hacer un completo. Sin más dilación, he procedido a reactivar mi correo más bestia (fotocopiado@bestiario.com), dispuesto a responder los ingentes mails de mis fans.

Tras unas breves dificultades para con la conexión, solventadas gracias a la pericia de uno de mis parroquianos, a la sazón programador de este cuaderno de bitácoras, he pulsado el botón de enviar y recibir, y he visto que me esperaba la ardua labor de responder aproximadamente a unos milochocientoscincuentaydos (1852, retiro lo de aproximadamente) mensajes.

Y lo he conseguido, gracias a mi infinita, aunque innecesaria esta vez, paciencia, y al hecho que me hace hablar de récord: todos eran spam. Lo que me lleva a hablar del origen de dicha palabra, que era en realidad mi objetivo final desde el principio. Jamás se vio excusa más larga, aunque puede que exagere al decir jamás. Dentro video:

Spam

Publicado el martes, 5 de junio de 2007, a las 17 horas y 51 minutos

FICCIONES. Desvarío laborioso y empobrecedor el de componer vastos libros; el de explayar en quinientas páginas una idea. cuya perfecta exposición oral cabe en pocos minutos. Mejor procedimiento es simular que esos libros ya existen y ofrecer un resumen, un comentario. Así procedió Carlyle en Sartor Resartus; así Butler en The Fair Haven; obras que tienen la imperfección de ser libros también, no menos tautológicos que los otros. Más razonable, más inepto, más haragán, he preferido la escritura de notas sobre libros imaginarios.

Jorge Luis Borges, Ficciones.

Publicado el lunes, 4 de junio de 2007, a las 23 horas y 54 minutos

BLANCO. Puro, virgen, reciclado, con lineas, de cuadritos, milimetrado, libreta cutre, Moleskine, grande, pequeño, mantel, servilleta, mesa, pared de retrete. Y pantallas.

La inspiración es transpiración. La creación es noventa por ciento transpiración, diez inspiración. La inspiración está muy bien, pero que me coja trabajando. Escribir es fácil, sólo hace falta tener algo que contar.

Alguien, alguna vez, lo dijo. Todos eran más listos que yo, no tengo porqué pensar que mienten.

Hace mucho tiempo que no escribes, ¿por qué?¿Qué te pasa?¿Es que has abandonado? Venga que eso es un momento, y tú sabes cómo se hace. Yo te doy una idea. Todos, alguna vez, lo han dicho. Supongo que lo hemos dicho.

Por ideas no será. Cualquier cosa es una idea, y muchas son una buena idea. Las mejores historias empiezan con las ideas más pequeñas, las más estúpidas, las más sencillas. Por si fuera poco, desde lejos cualquier idea es buena. Desde la distancia, los límites están claros, controlas, tienes el poder. El problema empieza cuando te acercas. Entonces el blanco manda.

Blanco. Puro, virgen, reciclado, con lineas, de cuadritos, milimetrado, libreta cutre, Moleskine, grande, pequeño, mantel, servilleta, mesa, pared de retrete, pantallas.

Manda, y crece, se hace grande, cada vez más. Y tú, o lo que intentas ser tú, más pequeño, y ya la idea no es tan buena, la historia no es tan fácil, las palabras no salen, no te gustan, te trabas, borras, empiezas, tiras, tachas, rascas, mueves, cortas, pegas, lees, entras, sales.

Y los límites ya no están. Sólo blanco, infinito. Y el primer obstáculo, lejos, pequeño, asequible. Vas a por él. Y crece, y ya no lo puedes saltar, intentas rodearlo, le nacen brazos, tiene boca, cada vez es más grande, dientes, aliento, más oscuro, más peludo, más grande, más cerca, peor. Ñam.

Un pitido en los oidos, la vista en el infinito, el dedo en el botón del, el bolígrafo haciendo un charco de tinta, la ventana del vecino, el perro que ladra, la mosca que pasa.

Y una vez tienes el final perfecto, ni siquiera eres capaz de encestar en la papelera.

Publicado el lunes, 4 de junio de 2007, a las 20 horas y 04 minutos

LA CAIDA. .

Y se lanzó al vacío.

Su vida llevaba mucho tiempo yendo a peor. No había nada que pudiera rescatar. Ni amigos, ni trabajo, ni aficiones, nada. Lo había intentado todo, y la espiral seguía siendo descendente, cada vez más veloz, cada vez más oscuro, cada vez más deprimente. Él ponía todo de su parte, pero nada funcionaba. Salvo cuando funcionaba a peor. Cuando pensaba que nada podía superar lo anterior, la realidad le demostraba que se equivocaba. Una y otra vez.

Por eso había subido a esa cornisa. No quería un espectáculo, sólo quería matarse. Abajo, muy abajo, la calle. Su final, su destino, su solución. Algo iba a salir como él quería, había decidido el final. Su final. Dio su último paso.

Y se lanzó al vacío.

El asfalto se acercaba rápido, cada vez más rápido, la felicidad se apoderaba de él, empezó a reir, la primera vez que reía en meses, años quizá, cerró los ojos fuerte, esperando el impacto, las lágrimas de alegría volaban junto a él, y a un palmo de su cara, ya, el final. Su final.

Pero no.

Él caía, pero no llegaba. Se alejaba cada vez más del suelo. No había sucedido un milagro, no había bajado un ángel para salvarle, ninguna voz le decía que era valioso y único. Simplemente el suelo no quería su contacto, no quería que él decidiera su destino. No quería ayudarle.

Y se alejaba de él, rápidamente. Y él seguía cayendo, con sus lágrimas volando a su alrededor.

No las mismas lágrimas de antes, sino otras.

Publicado el martes, 20 de febrero de 2007, a las 14 horas y 33 minutos

SUEÑOS (II) Otra vez volví a acordarme de un sueño, y otra vez no es algo demasiado normal que digamos.

Esta vez hay un restaurante de lujo, mucho lujo. La gente hace colas interminables, espera meses e incluso años para ir. Es lo mejor, inimitable, inexplicable.

Antes el restaurante estaba en otro sitio, y una vitrina te recibía al entrar. La gente se acumulaba ante el cristal, y se pasaba el tiempo que le dejaran mirando al interior. Hubo que contratar unos trabajadores especiales sólo para controlar el tráfico, y evitar que las personas colapsaran la entrada.

Ahora no, el restaurante se ha podido permitir el lujo de cambiarse de sitio, y la vitrina se puede perfectamente desde todas las mesas. Dentro de ella, el espectáculo, aquello por lo que la gente espera, paga y va.

Pero en el restaurante de mi sueño la estrella no es el cocinero. La gente no va por la comida, ni por cómo hacen la comida. La gente va a ver al friegaplatos.

Como muchas veces pasa en los sueños, sabes más cosas de las que ves, y muchas de las cosas que ves y sabes, no eres capaz de explicarlas. No sé lo que hacía el freganchín, ni qué tenía de especial, así que no puedo explicar más.

Fin.

Publicado el jueves, 15 de febrero de 2007, a las 23 horas y 44 minutos

SUEÑOS. No suelo recordar lo que sueño, pero hoy a falta de uno, recuerdo dos.

Ha sido una noche rara. Primero me dormí rápido, pero no sé que sucedió, que casi me ahogo con mi propia saliva (ni siquiera con mi propio vómito, como los buenos rockeros), y me desperté de un salto entre estertores.

Después de eso vino el primer sueño.

Yo miraba la tele. Estaban dando "Qué apostamos" (programa añejo, igual alguno no lo recuerda), pero en lugar de Anita y Ramonchu lo presentaba la mismísima Rafaella Carrá, tan perfectamente conservada como siempre, o como nunca.

Rafaella estaba delante de una piscina, y a su lado permanecía seria y circunspecta Marlene Morreau, envuelta en un albornoz. No era para menos, le iba la carrera en ello: ella era la que proponía la apuesta.

Al más puro estilo qué apostamos, Rafaella sostenía el muñeco de un bebe, de los que beben biberón y se cagan, todo de plástico, con sus morritos haciendo una pequeña imitación de los de Marlen. Rafaella decía que aguantara la publicidad, que el muñeco tenía mucho que ver en la apuesta, que no me fuera a ningún lado, por Dios bendito.

Al volver, Marlene ya estaba en la piscina, completamente desnuda, aunque el regidor cumplía con su deber, y no enseñaba nada de carne lasciva. A su alrededor, un montón de bebés como el que Rafaella sostenía entre sus brazos flotaban. La presentadora decía que Marlene apostaba a que era capaz de sacarlos a todos en no recuerdo qué tiempo, pero sin utilizar sus manos para lanzarlos.

Yo me había perdido algo, no entendía cómo iba a hacerlo, pero el cronómetro arrancaba. Y entonces sucedió: Marlene se puso en posición de hacer el muerto sobre el agua (el realizador mostraba su rostro en primer plano o un plano raso sobre el agua para enseñar lo mínimo, pero ya era inevitable), introdujo uno de los bebés entre sus piernas, puso en marcha toda su maquinaria interna, y lo proyecto con una fuerza asombrosa hacia fuera de la piscina. Y así uno tras otro.

Y entonces me he despertado por segunda vez, esta vez entre carcajadas.

Una vez he logrado parar de reírme, me he vuelto a dormir, y he tenido otro sueño. Esta vez algo menos surrealista, pero no menos raro.

En el sueño estaba en un juicio, como acusado, y justo en la parte en la que me declaraban culpable. Me confundían con un asesino en serie (supongo que el dormirme viendo Scoop tuvo algo que ver, pero no sé porqué cambié a Scarlett por Marlene en el primer sueño; puede que fuera porque si la llego a usar en él, la habría anulado en mi mente para posteriores sueños húmedos), me condenaban a la silla eléctrica, silla que ya estaba preparada en un rincón de la sala, y me decían que me tomara asiento.

Justo antes de sentarme, me llamaban al móvil, y yo respondía. El juez me decía que me saliera fuera, que no había ningún problema. Era una llamada del trabajo, y yo me entretenía en explicarle algo complicado de ordenadores a alguien que tenía problemas incluso para encender el ordenador. Así que mi ejecución se retrasó una hora, no por la llamada del gobernador, sino por la llamada del inepto. Mientras, el asesino en serie planeaba su golpe maestro: sincronizar otra muerte con mi ejecución.

Me desperté antes del desenlace, así que no sé si yo era el inocente que muere a manos de una justicia implacable y ciega, al más puro estilo Clint Eastwood, o el socio de un tándem de asesinos de pelis de grito y teta fácil, tipo Scream (aunque en esa precisamente no haya ni un mísero pecho).

Publicado el lunes, 15 de enero de 2007, a las 9 horas y 01 minutos

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Ilustración de Toño Benavides
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