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VIDA DE REYES. Antes de subir la persiana al público, tras atender a los proveedores, llenar las cámaras, poner a lo largo de la barra los platitos con sus tazas y sus cucharas y sus bolsitas de azúcar, y etcétera, me pongo un carajillo de coñac de puta madre, hojeo la prensa que acabo de comprar en el kiosko de Jose, y, ¡zas!, me doy de bruces, así, sin anestesia, con su cara.

Sé que no está bien criticar a nadie por su aspecto físico, que es injusto y todo eso, pero cada uno tiene la jodida cara que se ha ganado a pulso, la que le sale de dentro, y lo cierto es que la cara de esta mujer futura reina me atraganta el carajillo, con su mirada ambiciosa y soberbia, y esa sonrisa tan llena de cansancio y de rencor y de una profunda tristeza, como si su cuento de hadas no fuera sino una pesadilla o una cruz.

Aunque va por gustos y por barrios. De hecho, el periodista que cuenta la noticia de que la princesa ha vuelto al trabajo, un jodido pelota al servicio de la ceguera, opina todo lo contrario, y afirma que está guapísima, que como nunca antes se la había visto, de tan bella. Vamos, no me jodas, me digo. Que a lo peor es mi envidia la que está mirando, que no soy psicólogo, pero que, incluso yo, que no soy hombre de sonrisa fácil, juraría que tengo un gesto mucho más amable que el suyo, y en peores circunstancias. Cualquiera diría que, en lugar de a su trabajo muelle, vuelve a picar a la puta mina.

A ver ese protocolo dónde coño se ha metido.

A ver si, encima que sufragamos sus gastos y sus lujos, tenemos que aguantar también caras de palo.

Que luego dicen que si advienen revoluciones y repúblicas, y por menos.

Que si hacer de princesa resulta más duro que compartir curro con Urdaci o Susana la Bohemia, con abdicar, joder, se acaba el asunto. Que yo no me traumatizaría ni pondría grito alguno en el cielo. Que no necesito que me representen familias reales ni de cuento, que yo con un presidente del gobierno ya tengo bastante, y que por mí se podría ir al pairo hasta Bakunin.

Debería, en fin, prohibirme leer ciertas noticias a primera hora de la mañana, porque en lugar de abrir el bar, joder, me dan ganas de tomar la Bastilla.

Viva la República, coño.

Publicado el sábado, 11 de marzo de 2006, a las 8 horas y 45 minutos

SERAFÍN IZCUETA. Ayer el bar, ya por la tarde, se llenó de gente.

No sé qué pasó en la calle, qué cataclismo, qué ventolera les dio a los jodidos transeúntes para ponerse de acuerdo y llegar a mi bar, y entrar, y verme, y, aun así, quedarse.

Uno tras otro fueron entrando y ocupando las banquetas, la barra, las cuatro mesas llenas de polvo; en quince minutos mi bar, de por sí medio vacío y silencioso, se convirtió en un hervidero de conversaciones cruzadas, humos, risas, cañas y copas, y yo no daba crédito ni abasto.

La Bohemia que, absorta en una suerte de éxtasis tipo vivo sin vivir en mí, no salía tampoco de su asombro, fue haciéndose cada vez más minúscula al fondo de la barra.

Como en los viejos tiempos, me dije, cuando venía de cliente a este puto bar y el encargado no era mi jefe, y yo era uno más de los muchos que encontrábamos aquí un confortable refugio donde esperar no se qué exactamente, como si el bar fuera también la calle, su frontera, su último reducto.

Y entre el gentío que apabullaba con sus voces, y sus prisas y sus cafeses, Serafín Izcueta, un hombre peculiar, se abrió paso hasta la barra como un puto fantasma, silenciosamente, con su indumentaria funeral y su rictus.


-Dichosos los ojos –le dije, con el mismo tono con que suele decirse: “No me jodas”.

-Buenas tardes, Eddi. Qué de gente, ¿no?

-De momento, sí, Serafín –contesté con cautela, mientras me acercaba al final de la barra a recoger vasos del lavavajillas-. ¿Qué te pongo?

-Un café solo, Eddi Vansi. Sin azúcar. ¿Todo bien?

-Todo bien.

Le puse el café solo.

Algunos clientes empezaron a mirarle con recelo, y a bajar el volumen de sus conversaciones. Le pasa siempre, dice. Donde vaya. Y no me extraña. Su aspecto tan de capilla ardiente, al principio sorprende, y al ratillo incomoda. Corta el rollo, como se dice.

Serafín Izcueta es, como poco, un personaje de interés, sin duda.

-Coño, el que faltaba, el gafe- dijo La Bohemia, que no se corta y que, contra todo pronóstico, no se pierde una-. Eddi, ¿te apuestas mil duros a que se vacía el bar antes de que se termine el café?

-Susana, buenas tardes –saludó Serafín, incómodo.

-No juegue con eso, Susana –dije yo.

-Va, Eddi: Mil duros a que se vacía el bar.

-La última vez que tuvo usted mil duros fue cuando Atapuerca era el centro del mundo.

-Qué manía tiene usted con llamarme gafe, Susana... Yo no creo en supersticiones. Tengo esta pinta porque acabo de salir del trabajo, se lo he dicho mil veces.

-Usted y su jodido trabajo –replicó Susana.

Serafín Izcueta es, en principio, escritor.

Un escritor bueno, por lo que sé; un jodido escritor sin suerte al que el destino le ha construido un puente de canalización para su vocación frustrada: Serafín escribe “Panegíricos –epicedios”, como a él le gusta decir-, esto es: escribe discursos para funerales de “difuntos de bien”, de fiambres millonarios.

Echándole ganas, se forra a base de alimentar el ego de los muertos, y de aliviar el cargo de conciencia de los herederos que ya andan acuchillándose por las herencias.

Que ya tiene cojones el asunto.

Y lo hace encantado. Que para eso le pagan, dice. Que si le pagasen para hacerles reír, les escribiría lo mismo. Que esa gente está harta de todo y les da igual ocho que ochenta. Que la hipocresía es un arte y que le sale de puta madre. Eso dice.

Y redacta unos responsos, o como se llamen, que te cagas. Y la viuda o el viudo lloran como plañideras, y sacan los pañuelos de diseño para sonarse los mocos, tan vulgares y tan verdes comos los tuyos y los míos.

Y es que hay gente para todo, desde luego.

Y con ese jodido nombre, ¿qué iba a hacer Serafín Izcueta, sino eso?

-¿Tú crees que soy gafe, Eddi Vansi? –me preguntó, apurando el café.

Miré alrededor: para ese momento, el bar apenas llegaba a la media entrada, y bajando. Miré luego a la Bohemia, que se estaba riendo por lo bajini.

-Hombre, Serafín... Qué quieres que te diga…Las cosas como son. Y, cuando el río suena... –dije.

-Desde luego que vaya par de dos, joder. No sé para qué narices vengo a este bar...

-A mí no me importa que vengas, Serafín. Tú mismo. Eres un tipo raro, y a mí me gustan los tipos raros. Ahora, reconoce que me espantas a la clientela.


-Pues te jodes, Eddi Vansi –y soltó una carcajada sincera, que en su cara tuvo muy mala pinta -. ¿Qué te debo?

-Uno diez.

-Ya nos vemos más despacio. Cuídese, Susana.

-Salud Serafín- dijo la Bohemia mientras descruzaba los dedos.

Y se fue como un espectro hacia la puerta. La abrió. Dejó salir primero a tres señoras maduras que le miraron como con angustia, y tras ellas se fue, dejando el bar tan en silencio casi como de costumbre.

-Me debes mil duros, Eddi Vansi –me dijo, sin perder un segundo, Susana.

-Y una mierda. Aún quedan cinco clientes. Mire.

-De milagro. Pero ese hombre es un jodido gafe, Eddi Vansi. Se ve a la legua.

-Gafe o no, cuando me vaya al otro barrio, le diré a Marta que le encargue un discursito de esos que escribe, y que le diga que mienta sobre mí lo que le venga en gana, a ver si de una puta vez tengo una historia brillante, ¿no cree, Susana?


-No es mala idea –dijo, y se quedó como pensando-. En todo caso –continuó-, si no me vas a dar los mil duros, al menos invítame a los orujos de esta tarde...

-¿Usted se cree que soy una ONG?

-¿Por qué no?

Y eso.

Publicado el domingo, 5 de marzo de 2006, a las 20 horas y 25 minutos

ENSAYO SOBRE SU ENSAYO. Por éstas, que no vuelvo a leer en mi vida una novela de Saramago. Ya puede ponerse como se ponga, blandir su propaganda o su bastón o su premio nobel, que no pienso leer ni uno más de sus jodidos libros, así me maten. Que todo tiene un límite, coño. Hasta mi paciencia.

Y el caso es que la cosa empezó bien, sin embargo. Marta, que es menos detallista que compradora compulsiva, me regaló hace tiempo una edición de bolsillo de “Ensayo sobre la ceguera”.

- Me gustó la sinopsis – creo que me dijo-. Tal vez te guste. Es un premio nobel.

- Tal vez, Marta. Qué detalle.

- Lo vi de casualidad. Iba buscando un libro de esos de autoayuda para una amiga. ¿Te acuerdas de Cati? Bueno, cómo no vas a acordarte, si la misma noche que te la presenté te la quisiste follar.

Marta tiene la mala costumbre de sacar a relucir los trapos sucios en los momentos más inconvenientes, y yo la habilidad de hacerme el sordo, con lo que, casi siempre, nuestros rollos acaban en tablas. Y, sí, la tal Cati estaba para ponerla un puto piso. Cualquier hombre en su sano juicio y sobrio querría follársela; no digamos un borracho como yo.

- Yo nunca te regalo nada, joder –dije, en plan evasiva culpable.

- Como no lo haces nunca, tampoco lo echo en falta.

Y añadió, antes de darme un beso y salir pitando hacia sus cosas:

- En fin, échale un vistazo, si quieres, y así, además de aburrirte y beber, tienes otra cosa más que hacer en el bar.

Y le hice caso.

Y entre cafeses y ginebras el puto “Ensayo sobre la ceguera” me deslumbró, nunca mejor dicho. Estoy seguro de que hoy no pasaría de su quinta página, pero entonces me enganchó la historia, su estilo me pareció más original que pesado, y sus defectos, ahora tan evidentes, entonces, quizá por la novedad y el brillo de su idea, me parecieron virtudes.

Un espejismo, para seguir con las metáforas visuales.

Una mierda, para inaugurar las escatológicas.

Ya con “Ensayo sobre la lucidez”, el siguiente que leí, estuve tentado de tirar a la basura el libro decenas de veces, cansado del naufragio de su idea, de sus párrafos larguísimos y farragosos, de su punto de vista paternal, en fin, que te hace sentir, como lector, un gilipoyas; y lo terminé por pura lástima, que mira que es triste.

“La caverna” ha sido el colmo, el hasta aquí hemos llegado. No estoy por la labor de tragarme su morralla. Lo compré en un kiosko por un euro y no vale ni eso. Tendrían que pagar a los lectores por la pérdida de tiempo, qué coño.

Imagino que este hombre tendrá una legión de seguidores, y no discuto que tiene unas ideas brillantes, la valentía de llevarlas a cabo, y un estilo reconocible a kilómetros de distancia, pero, joder, que es un coñazo. Que acabas harto. Que naufraga. Que como escritor de relatos cortos no tendría precio, pero que sus novelas mayormente aburren a las moscas, y no es justo, joder, que nadie le diga que es imposible llevarle el hilo.

Que escriba lo que dé la gana, en fin; pero que conmigo no cuente. Que si pasa a la Historia, que pase; pero que a mí ni me interesa, ni me entusiasma, ni me encanta, ni me entretiene.

Que será un ochentón cojonudo y una buena persona, que no lo dudo; pero que como escritor le pueden dar morcilla.

Publicado el miércoles, 22 de febrero de 2006, a las 23 horas y 32 minutos

EN ENTREDICHO. Ayer al mediodía apareció Patricio por el bar, a saludarme, a echar un rato, y a proponerme un servicio de catering para dentro de dos semanas, en el chalet de unos jodidos duques o marqueses que celebran la mayoría de edad de una de sus hijas.

Patricio regenta una empresa de catering que, gracias a los contactos de su segunda mujer, que con anterioridad fue primera mujer de un conocido empresario, se encarga de muchas de las bodas y bautizos y pedidas de mano y demás saraos que celebran las mayores fortunas de este país, así como de algún que otro cóctel de esos que dan los artistas empesebrados para presentar sus libros o cuadros o canciones.

Se acuerda de mí porque sabe que soy un camarero de puta madre, y un compañero de ginebras aún mejor. Y porque sabe que nunca me viene mal el dinero y pagan bien, qué coño. Y porque el trabajo es fácil, a mí me gusta, te diviertes con esos ricachones, se ven unas mujeres que te cagas, y casi siempre terminas borracho con los compañeros en algún club de carretera, y a veces detrás de un puto seto de la finca follándote a una perraca de esas de modelazo de Dior que, una vez levantado, te ofrece una fulana más con la que pasar el rato.

-Cuenta conmigo –le dije, mientras servía unos cafeses y unos churros a una pareja de abuelitas con toda la pinta de haber sido jóvenes-. Y tómate conmigo un par de cañas o siete, si no tienes prisa.

- Como mínimo, Eddi.

En la tele hablaban de la que se está armando en el mundo con lo de las caricaturas de Mahoma y las hordas de musulmanes fanáticos asaltando embajadas, manifestándose como energúmenos, y muriendo como gilipoyas.

Como a metro y medio de Patricio, Segis, kioskero de más abajo de la calle, filósofo de guardia, lector empedernido, que almuerza aquí casi todos los días, me pidió otro tercio, cogió el toro por los cuernos, y planteó el asunto con la boca llena, de manera difusa, y aun así, con una entonación digna de la entrega de los putos Goyas.

- ¿Has oído? ¿Pero qué se cree esta gente? ¿Por qué su profeta se puede librar del juicio de los hombres? Yo pondría todo en entredicho, en subjetivo, Eddi Vansi.

Y trasladó su caña y su bocata y su banqueta a nuestro lado, con su cara de asombro continua.

Susana La Bohemia que, como el jodido dinosaurio de Monterroso, todavía estaba allí, al fondo de la barra, y que profesa admiración por el kioskero, al que considera cabal y culto, se dio por aludida, salió de sus quimeras y dijo a gritos, como de costumbre:

- Me encanta cómo habla este hombre.

- No digo que no, Susana –le dije-. Para algo le tiene que servir tanta lectura. Lo malo es que no se le entiende.

- Claro que se le entiende –replicó, indignada- A Segis le entiende cualquiera. Tú lo que pasa es que tienes la cabeza muy dura.

- Doy fe –añadió Patricio.

La confianza da asco, desde luego. Allí, la gran familia de entendidos de a pie, sienta cátedra a menudo.

Me puse una copa. Le puse un orujo a Susana la Bohemia. El tercio a Segis. Otra caña para Patricio.

- Yo pondría todo en subjuntivo, en condicional, Eddi Vansi- me dijo Segis como aclarando el asunto.

Porque él es así, más raro que un perro amarillo. Elabora mentalmente su discurso y lo va soltando en plan pequeñas pinceladas, como si los demás fuéramos sus jodidos discípulos. Le importa una mierda si le atiendes o no, lo que digas o dejes de decir. Él piensa lo que dice y dice lo que piensa. No discute. Y usa mi bar como si fuera un ágora.

- Empezando por mí mismo y acabando en Dios –continuó Segis-, y abarcando en el trayecto todas las cosas y las acciones y las creencias y las morales y el mundo entero con todos sus conceptos.

- Yo lo que pondría es una puta bomba atómica en el culo de todos los integristas –dijo Patricio, que apenas tiene diplomacia ni paciencia.

- ¡Y yo derrumbaría todas las iglesias! –gritó, enardecida, Susana la Bohemia.

- La que se va a derrumbar de la banqueta es usted, Susana –le dije-, si sigue bebiendo a ese ritmo.

- ¡Ni Dios ni amo, Segis; ni dios ni amo!

- Qué razón tiene, señora –dijo Segis-. Y ponme otro tercio, Eddi, que tengo que irme y con esta mierda de noticias no me pasa el bocadillo.

- No me extraña –dijo Patricio mirando de soslayo al kioskero– No sé qué es más indigesto.

Y añadió:

- ¿Qué se debe, Eddi Vansi? Yo también debo irme.

Y volvió todo a su sitio.

Y me dio por pensar, así, de pronto, con mi copa apoyada en su filo, que qué jodida broma sería que Dios existiera, y Alá, y Buda y toda esa cuadrilla de vagos, y allá en su cielo estuvieran tomándola en un bar como éste descojonándose de nosotros.

Como un asqueroso personaje de Unamuno, me entró una angustia existencial que desatraganté con un buen trago de Gordon´s.

Y, qué coño: Fue ver al George Bush en la pantalla graznando no sé qué exactamente, y a la tal Condolezza como una segurata a sus espaldas, y darme cuenta que ni Dios, ni Mahoma, ni Alá, ni Buda, ni hostias: es el jodido diablo quien está campando a sus anchas por este estúpido planeta.

Publicado el domingo, 19 de febrero de 2006, a las 23 horas y 33 minutos

WAKE UP EDDI VANSI. Trabajo doce horas al día.

Me levanto a las siete de la mañana puntualmente.

Me desperezo, voy al baño. Meo, la sacudo.

Vuelvo al dormitorio. Me enciendo el primer cigarrillo.

Miro a Marta, que duerme sin quitarse el maquillaje del día anterior. A veces no sé bien qué hace ahí eso. Parece una muñeca hinchable tras una despedida de soltero.

Regreso al baño. Me doy una ducha. No me relaja. Me afeito como todos los días, y como todos los días me hago el mismo corte al lado de la oreja. Creo que esa herida nunca cicatrizará del todo. Es como una marca de guerra de mi lucha cotidiana.

Voy a la cocina, pongo la cafetera. El café sabe mejor si se hace con la cafetera de lata de toda la vida. Además, tampoco tengo otra.

Rescato una taza de entre el cerro de platos sin fregar. Busco en la despensa algo que acompañe al negro solo.

Me sirvo el café. Las magdalenas del DIA están duras. Ella ha vuelto a dejar la bolsa abierta; su bulimia ha llegado de nuevo a deshoras. Las mojo, total, no saben a nada.

Ojeo la prensa de ayer. Más de lo mismo.

Mierda, me tiro el café encima. Me limpio con un paño.

Vuelvo al dormitorio. Me cambio los calzoncillos.

Ella duerme aún, ronca como una perra. ¿Qué tiene dentro?, ¿un animal?

Me visto: pantalón negro, camisa blanca. Pajarita.

Cuando me la pongo siento subir un calor desagradable del estómago hacia la garganta: la hiel se me remueve y solo entonces descubro, mirándome al espejo, el psicópata que podría llegar a ser.

Ya son las ocho y cuarto. Cojo las llaves del coche. La cartera. El puto dinero.

La besaría, pero huele demasiado a mi propio infierno.

Enciendo un pitillo para no pensarla.

Recorro el pasillo esquivando libros esparcidos como cadáveres abandonados en el suelo.

Salgo de casa.

En el rellano de las escaleras coincido puntualmente con las tres estudiantes del piso de al lado.

Buenos días, les digo.

Buenos días, me dicen con la estupidez de sus putos dieciocho años.

Les abro la puerta del ascensor. Les miro el culo mientras entran. Entro. Se cierra la puerta. Quedamos pegados y las huelo.

Deslenguadas, descaradas, parlotean sobre los temarios y asignaturas. Miro sus botones, miro sus pechos, miro el techo, la advertencia del peso máximo. Y pienso, sobre todo, en lo bueno que sería jodérmelas allí mismo, una por una apoyadas frente al espejo color sepia, y en ver el goce de sus caras cuando les metiera mi polla.

Llegamos al bajo, les abro la puerta y salen diciéndome un adiós que se les descuelga de sus labios pintados con brillo hortera.

Salgo tras ellas como un autómata al ritmo de sus nalgas.

El coche está en la esquina, al fondo de mi calle. Me encamino hacia él. Otro jodido día al que hacer frente está al acecho montado de copiloto.

Publicado el lunes, 13 de febrero de 2006, a las 23 horas y 12 minutos

MALAS COMPAÑÍAS. A Marta le ha dado por el último disco de Sabina, “Alivio de luto” se llama, y sería en verdad un alivio de puta madre que Marta no lo pusiera a todas horas. Porque esto no hay un dios que lo aguante, coño; que se me quitan las ganas de llegar a casa.

No digo que igual una audición tranquila, pausada, serena del susodicho disco tal vez lograse que me gustara; pero a ese volumen y con esa persistencia, es imposible no odiar a Sabina con todas mis ganas, y más a éste de este jodido disco, en plena decadencia, convertido ya en una especie de folclórica inofensiva, una Rocío Durcal, una caricatura de sí mismo que ha perdido el rumbo y que, aunque escribe aún algunas letras buenísimas, se dedica a vivir de las rentas.

Que puede hacer lo que le plazca, que a mí no tiene que rendirme sus cuentas, pero que su música de ahora apenas me parece la sombra de sus mejores días. Y su voz es horrible. Que alguien se lo diga, coño. Que por más que nos vendan la moto de la voz del viejo que está de vuelta de todo, el verdadero problema de Sabina es que le falla justamente eso: la voz, la mucha o poca que tuviese en sus buenos momentos.

- Así que –le digo a Marta-, que no nos vengan con estupideces de que si es que tuvo una mala noche… Vamos, no me jodas…

Y Marta no entra en razones.

-A mí me gusta –me dice, sin cuestionar mis argumentos-. Es un puto genio.

- Tú llamas genio a cualquier cosa.

-A mí me sigue poniendo la piel de gallina; es lo único que puedo decirte.

(Claro que sabiendo que también le pone la carne de gallina Hilario Pino, no es mucho decir a favor de Sabina)

-¿La piel de gallina? Será más bien un sarpullido, Marta.

-Vete a la mierda.

-Y no puedes ponerlo a todas horas, joder, que aburres a las moscas…

-Pues si tú te consideras una de ellas, ya sabes: puerta, Eddi Vansi!

Y me da la espalda. Y sigue a lo suyo porque sabe que me aburre discutir, que me canso pronto, y que los dos estaremos más a gusto si ella se alivia sola con su Sabina y sin mí, y yo me bajo a beber al bar de enfrente o me voy de putas o yo qué sé, donde sea, pero con una sola condición: no ver al jodido Sabina ni estampado en un billete de 500 pavos.

Publicado el martes, 7 de febrero de 2006, a las 23 horas y 08 minutos

EVO MORALES Y YO. No tengo espíritu de dirigir a nadie, ni tampoco de dejarme dirigir, y todo eso de la representatividad y el liderazgo me da que es un camelo que venden los listos a los tontos. Nunca he tenido vocación política ni he seguido a nadie (a Miles Davis, tal vez), y siempre me he sacado yo las castañas del fuego. Cuando gano no puedo creérmelo. Cuando me quemo los dedos no le hecho las culpas a nadie. Allá cada uno. Yo voy a lo mío y me represento a mí y porque no me queda más remedio. Y porque ya tengo bastante.

Esto, sin embargo, a mi comunidad de vecinos, directamente, se la suda. Su Secretario saliente, en la Asamblea que tuvimos el pasado jueves, y tras escuchar con atención fingida mis argumentos y evasivas, no me lo dijo con esas palabras, pero me lo dejó muy claro.

Que sí, que le parece estupenda mi ideología, que él de joven también fue romántico, pero que, si yo vivo en el séptimo izquierda, y todo indica que es así, este año me toca ser Presidente de la Comunidad de Vecinos me ponga como me ponga.

- Pero, joder –les dije, a la desesperada, poniéndome de pie para darme más énfasis-, que soy Eddi Vansi, coño. Que no tengo yo ni tiempo ni capacidad para dedicarme a este asunto, señores.

- Que se joda, -escupió de pronto un vecino rancio y rencoroso-; si no sabe o no puede, que pague un jodido administrador como hizo la señora Milagros.


- Eso, eso –dijo la señora Milagros por encima del murmullo aprobatorio de la mayoría de los asistentes.

- ¡Además, es un borracho! –gritó otra, elevando el murmullo aprobatorio.


- Por eso no deberían elegirme, coño –respondí, cargado de esperanza-. No pueden dejar su comunidad en manos de un borracho.

- ¡Que se joda! –volvió a decir el cabrón de antes.

- ¡Silencio, silencio! –gritó el Secretario saliente, dando golpes en la mesa-. ¡Que se note que somos civilizados!

- Usted cállese –le espetó a éste otro vecino que, al parecer, le odia desde que pusieron los cimientos del edificio-, que después vamos a hablar de la fonda que tiene en su casa.

- ¡Y el agua, ¿eh?!. ¡Que a ver por qué tengo que pagar yo a medias el agua que gastan sus inquilinos! –gritó, desde el fondo de la mesa, una señora que siempre que me ve en la escalera me saluda, a la que tenía aprecio, y que nunca pensé que fuera tan feroz.

- Que soy Eddi Vansi... –mascullé mientras me derrumbaba encima de la silla.

- ¡Y usted, señora, no ponga la tele tan alta, coño! –le dijo a esta última otro imbécil que tengo por vecino.

- ¡¿Cómo dice?! ¡Hable más alto! ¡¿Que yo...?!

- ¡Sí, usted!

- ¡Orden, orden! –imploró el Secretario saliente, sin ningún éxito.

Así, hasta el hastío y la vergüenza ajena. Hasta la náusea. Y me quedo corto.

Y, sí: vivo en el puto séptimo izquierda, no he podido escaquearme, y este año me toca ser Presidente de mi Comunidad de Vecinos.

Joder, qué marrón. Qué ganas de pedir socorro o una guillotina o una masacre.

Qué panda de cabrones.

En fin, me consuela que peor está Piqué, y todavía aguanta.

Habrá que darlo todo.

Publicado el martes, 31 de enero de 2006, a las 22 horas y 59 minutos

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Ilustración de Toño Benavides
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