 
|
|
|
|
|
|
www.bestiario.com/eddivansi
|
|
|
HONESTAMENTE. Esta entrevista que me remitió Blanca Salvatierra días antes de la entrega de premios del concurso de marras, nunca verá la luz en su periódico, pero aquí sí, básicamente porque me da la gana. Porque es algo mío, y fui lo más honesto posible. Porque tal vez no gusten ni mis formas, ni lo que digo ni cómo lo digo, pero en cualquier caso soy yo, y no sé ser de otra jodida forma.
Y no hay más cera que la que arde.
Si hubiera ganado el concurso de blogs habría sido la hostia, a qué negarlo; pero esa guerra iba más con Marta que conmigo, y de todas formas yo me doy por vencedor absoluto si he ganado siquiera un jodido lector con esta historia, y no he perdido ninguno de los que venían conmigo desde antes.
Ellos son el premio de todo escritor que se precie, qué cojones.
Y a todos ellos les debo, como poco, un aplauso, unas letras, una ronda, muchas gracias.
Joder, porque no es tan fiero el ogro como lo pintan.
Y, en fin, ahí va eso:
BIOGRAFÍA DEL AUTOR:
Nombre: Eddi Vansi
Edad: 44
Lugar de residencia: Madrid
Edad del blog: Un año y seis meses.
Profesión / Estudios: Camarero y Noctámbulo.
CUESTIONARIO:
¿Por qué comenzaste a escribir tu blog?
- Era su momento y Bestiario su lugar. Y, por lo demás, más bien es el blog el que me escribe a mí.
¿Cómo elegiste su temática?
- Tengo la costumbre de mirarme todos los días al espejo.
¿Podrías recomendarnos 3 blogs en castellano? ¿y decirnos otros 3 que detestes? ¿por qué unos y otros?
- No me gusta dar recomendaciones, ni perder el tiempo detestando a nadie. Que cada palo aguante su vela.
¿Cuánto tiempo dedicas a mantener tu bitácora?
-El que me queda.
¿Qué significa tu blog para ti? ¿qué te aporta?
- Un momento entre un Tanqueray y otro. ¿Debe aportar algo?
¿Te sientes parte de una comunidad de blogueros?
- No.
¿Qué te parece la blogosfera en España?
- No tengo opinión al respecto, más allá de que será redonda…
¿Crees que los blogs son una moda pasajera?
- Creo que las modas son pasajeras por definición.
¿Sabes cuál ha sido el post de mayor éxito de tu blog? ¿sobre qué trataba?
- Ignoro el éxito o el fracaso de mis posts. Yo los escribo, que bastante tengo.
¿Qué opinas sobre que se cree un código de comportamiento en los blogs? ¿Cómo te comportas ante los comentarios de trolls?
- ¿Alguien va a crear tal cosa? ¿Trolls?
¿Has establecido una relación personalmente con alguien a quien has conocido a través del blog?
- No.
¿Cuál es tu blog favorito de los que participan en el concurso (además del propio)?
- Mi favorito era, a pesar de la decisión del Jurado, “El Gabinete del Dr. Strangelove”.
¿Ganas dinero con tu blog? ¿Esperas poder vivir de él algún día?
- ¿Vivir algún día de mi blog? ¿Cuánto me pagarían para ello? Sería cuestión de cifras.
¿Podrías comentarnos alguna anécdota que te haya surgido a raíz de escribir en tu blog?
- Me apuntaron a este concurso, apenas pude escribir en estos meses, y he sido nominado para no sé cuántos premios... Anécdota o no, prometo celebrarlo.
Publicado el jueves, 17 de mayo de 2007, a las 16 horas y 26 minutos
|
|
|
RESIDENCIA EN LA GINEBRA. Y para qué coño voy a escribir yo, me digo a veces, alguna noche, frente a mi bitácora y sus telarañas, si, joder, llevo un mes releyendo a saco a Neruda y las comparaciones son odiosas e inevitables, y yo salgo siempre tan mal parado en ellas que se me quitan las ganas siquiera de coger un puto boli para ya no saber a qué enfrentarme exactamente.
¿Pero con qué jodido permiso o entusiasmo puedo yo ponerme a aporrear el teclado, si al lado de este cabronazo mi prosa es una mierda tan grande como un día de fiesta, si me siento un enano aprendiz bajo su sombra, si le envidio y le admiro a más no poder, y así no hay quien se concentre ni se estime ni se escriba?
Porque este hombre es un gigante, coño, y leerle es asistir a un espectáculo como de magia, a una borrachera como de ginebra pero con palabras y con todas las voces de todos los silencios del mundo.
Y yo sólo piso sus huellas, y le sigo haciendo eses y no me acerco a él ni de lejos.
Porque aunque me comparen con Bukowski y me pongan a parir por ello, y se queden con el puto borracho al que idolatré en la época en que se idolatra a Bukowski, no es él el único que me influye, ni me siento el genio que quisiera al lado de todos mis dioses.
Y en lugar del boli cojo el puto tabaco y termino con otra botella que me hace más alcohólico pero menos consciente, porque tal vez soy el borracho más gilipollas del mundo, o un puto masoca venido a menos que ya no disfruta ni con su jodido goce hecho de golpes morales.
Tal vez me he hecho más viejo aún de lo que creía y me jode darme cuenta de que he llegado a este punto siendo el mismo de siempre.
Entonces cierro sus libros porque ya estoy hasta los cojones, y me pongo algo de la música de Boris Vian, o de Chet Baker, no sé, con la esperanza de que me dicten a través de sus pentagramas el párrafo adecuado que me saque de pobre, o que al menos me hagan volar como ellos saben.
Y me sigo conformando con joder con mis putas, y mirando a Marta esperando que la tortilla dé una doble voltereta, y que me pille mirándola.
Y escribiendo cuando la apatía o la botella me dejan.
Y me encabrono porque me encanta escribir y no tengo un duro ni dónde caerme muerto, y el bar no da para tanto, y los números rojos siguen en rojo, y mis vicios no me los fían, ni puedo comprar las putas ideas que no vienen a mi cabeza, y que ni siquera, joder, están en venta.
Pues eso, coño.
Publicado el jueves, 10 de mayo de 2007, a las 0 horas y 02 minutos
|
|
|
PLAYBACK. La otra noche terminé tarde de trabajar. Tan tarde que era demasiado temprano para volver a casa y ver a esa Marta que se deshace de mí entre pegote y pegote de rimel. Por eso, decidí dar un paseo, deambular por donde los pies me llevasen, sin más brújula que la pura suerte, a cualquier tugurio, daba igual, joder, era viernes.
Caminé un buen rato contándome mis cosas, mirando al suelo, al margen, sin prisa, como suelen hacer los que van a suicidarse o a comprar el pan o a entrar en un colegio y liarse a tiros con la gente.
En un momento dado entré en un bar a comprar tabaco. En otro, me paré a mirar dos piernas y un culo formidables... La calle hervía de gente aún a esas horas, y yo solo era jodidamente feliz, qué pasa.
En una acera cualquiera, al parar a encenderme un pitillo, vi un neón impresionante que rezaba: “Karaoke”…, así, con todas sus letras de luz dando por saco.
Cavilé un largo rato como si, más que entrar a un garito hortera, estuviera decidiendo mi declaración como imputado en alguna causa y es que, joder, uno tiene una mala reputación que conservar. Intenté resistirme, mirar a otra parte, pero allí estaba ese reclamo inexorable y, total, no tenía nada que perder, tampoco nada que ganar, y qué coño, entro donde me sale de las narices.
La primera impresión fue la de un puticlub cutre, uno de esos de mala muerte en los que las prostitutas más que insinuarse se resisten, por más que sepan que les vas a pagar de sobra.
La segunda es la que te hace preguntarte de nuevo qué cojones estás haciendo allí, por qué a veces haces cosas en las que no te reconoces y te preguntas quién coño es ese tipo con tu nombre que anda contigo y te lleva a donde no irías ni borracho.
Y, lo más jodido, lo que no tiene vuelta atrás ni explicación alguna es que, además, lo estás haciendo sobrio.
Me acerco a la barra como el que se acerca a un salvavidas y le pido Tanqueray con dos hielos a una camarera exuberante que ni se inmuta.
O está sorda (cosa que sería de agradecer en un sitio como éste), o le trae al fresco todo, como si pido arsénico, porque la cabrona se toma su tiempo para ponerme la ginebra.
- ¿Viene usted solo? –me dice, cuando me la sirve.
Miro a ambos lados.
- Si no me ha seguido nadie, sí...
- ¿Va a cantar algo, caballero?
¿Cantar algo? ¿Yo? Coño, claro que sí. Para empezar algo de copla y ya, cuando caliente las cuerdas, me pongo con algún tema serio. No te jode…
- No, no gracias. Pasaba por aquí, sólo eso...
- Pues tiene usted una voz excitante...
Vaya, qué suerte, me dije: puede que esta noche no vaya tan mal como pensaba.
- ... Podría probar... Seguro que se gana el aprecio del público y, no crea, de vez en cuando entra algún productor musical en busca de talentos... No sería el primero que...
- Prefiero ser el primero que se acaba esa botella de Tanqueray, niña... Y después te canto lo que quieras... –la corté sonriendo.
Su sonrisa acompaña mi último trago.
- Ponme otra, anda...
- Tendría éxito, estoy segura…
- No sabes lo que dices...
Me sirve la copa y un idiota al fondo de la barra la reclama justo en el momento en que pensé que tal vez, si ella quisiera...
Y me deja solo. Joder.
Miras indiscreto alrededor. Te vas haciendo el cuerpo y reconoces que más que un puticlub, aquello es el “Hogar del divorciado”, con sus cuarentonas calientes en busca de alguien que las rellene y los borrachos pasados de rosca haciendo de aprendices de Bisbal. ¿Pero es que esta gente nunca ha tenido veinte años?
Un grupo de colegazos canta a voz en grito una canción de Estopa, desentonados y felices, con dos cojones, ahí, desgañitándose. Como si el mundo se acabase y tuvieran que salvar a la humanidad a base de chillidos.
Me concentro en la bebida porque, con la edad, de lo que te das cuenta es que lo único que tienes en común con las estrellas del rock es tu devoción por el alcohol.
Al otro extremo de la barra, una rubia despampanante hipnotiza con su lengua a un chaval que bien podría ser su hijo. “Qué suerte tiene ese cabrón”, me digo con envidia.
Este sitio es la hostia, joder.
Cuando ya estoy pensando en irme la camarera se acerca por mi espalda, me sorprende, me dice:
- ¿No se anima?
- ¿A qué? –respondí con sarcasmo- ¿A suicidarme?
La chica se ríe de nuevo. Hablamos. Se llama Vicky. No debe de tener más de veinticinco años. También tiene un culo estupendo y unos pechos enormes y unas medias de red que me ponen cachondo, y que me provocan una necesidad apremiante de meter mis manos entre sus piernas y pegarle un buen pellizco. Me tengo que contener. Pero qué coño, me animo al menos a intentar conquistarla siquiera por el gusto de perder.
Y ya me importa un carajo que la luz rojiza del antro me recuerde a mis peores pesadillas puteras, o verme reflejado en las conductas de algunos de los varones allí presentes, o que la rubiaza le de sopas y tetas al chaval con suerte y, a la vez, a mí me saque obscenamente la lengua.
- Ponme otra, anda... –le digo-. No sé cómo puedes trabajar aquí, joder...
- Sólo los viernes y los sábados –me dice-. Tampoco está tan mal, no crea. A veces te ríes, y a veces entra una voz como la suya y la noche gana muchísimo...
- ¿A qué hora terminas?
Un tipo con la misma voz que Nino Bravo con cáncer de garganta interrumpe este momento crucial desentonándose con emoción incontenida, y apenas me deja escuchar las palabras de Vicky.
- ¿A las cinco? –le pregunto contrariado-. Perdona, no te oí...
- No, no no... Mi chico, que mi chico viene a buscarme a las menos cinco…
- Ah... –exclamo muy bajito.
- Trabaja de portero en una discoteca de esta misma calle, más arriba...
- Ya, ya... Entiendo...
Entiendo que son las siete menos veinte, que corro cierto peligro, que los porteros de discotecas suelen ser jodidos armarios de cuatro puertas curtidos en cientos de peleas con borrachos, que yo soy un borracho, que no tengo nada que hacer con esas medias de red sino masturbarme soñando que las desgarro con los dientes, no sé, y que como su chico me pille intimando con ella de la hostia que me va a dar voy a cantar mejor que Camarón.
Acepto la derrota, claro, qué remedio. Uno es alcohólico, pero no gilipollas.
Joder, qué mayor me siento a veces.
- Ha sido un placer conocerte, niña....
- ¿No se anima entonces? De verdad que tiene una voz...
- Otro día, Vicky. Otro día...
Apuro la copa. Pago mi cuenta. Le sonrío. Echo un último vistazo al garito, más deprimente según pasan los minutos. Miro la hora. Menos cuarto. Debe hacer un frío de la leche en la calle, pero la bebida me abriga lo bastante como para que me importe una mierda.
Amanece.
Madrid es la hostia, coño. La noche no se acaba en todo el día. Sigue habiendo un montón de gente por la calle, mayormente borrachos. Las piernas de vértigo y los culos formidables han desaparecido de la escena, a buen recaudo encima o debajo de sus príncipes, o de lo que creyeron príncipes y cuando despierten no serán sino ranas. Y qué me importa.
La cosa es que tardo casi veinte minutos en coger un puto taxi y que pasada la ginebra, comienza a hacer un frío del carajo.
En casa Marta no me espera, pero está. Me da que por poco tiempo, pero mientras esté reconforta tumbarse en la cama y correrse hacia ella y abrazarla aunque proteste, y sentir su calor en la sábana, y su culo desnudo siempre tan redondito y apetecible pegado a mi sexo, que empieza a moverse por sí solo.
- Déjame, Eddi, déjame –me medio gruñe entre sueños pero dejándose hacer-. ¿Qué tal, dónde has estado?
- En un karaoke...
- ¿En un karaoke? No me jodas, Eddi Vansi... –y se da la vuelta, me sonríe con los ojos cerrados, me besa despacito-. Estás como una cabra...
Le beso los párpados, la nariz, le muerdo los labios...
- Ya ves... No tenía sueño...
Estoy cachondísimo.
- Y qué tal...
- Bueno, coño... No es un antro peor que los grandes que he conocido…
- Nunca me has llevado a un karaoke, cabrón...
- Tampoco al Bolshoi, Marta...
Y de la última vez que fuimos al cine juntos hace ni te cuento.
Y si te pones a pensar, Marta, la jodimos haciéndonos esto, dejándonos llevar por la rutina y la desidia y el me da lo mismo, ve donde quieras, no me apetece...
Pero no se lo digo, porque nos estamos riendo imaginándonos en el Bolshoi y ya da igual; porque se sube encima de mí, frotando su sexo contra el mío, y por unos segundos nos vemos como lo felices que fuimos alguna vez, y después hacemos el amor como en los viejos tiempos, cuando no existían karaokes y ninguna camarera se me resistía, y joder, Marta, sigue, coño, sigue...
Publicado el jueves, 29 de marzo de 2007, a las 16 horas y 37 minutos
|
|
|
EL DIABLO ES ELLA. -¿Sí?
Estaba tumbado en el sofá escuchando música, a mi rollo, y no sé por qué cojones contesté al teléfono impertinente, por qué nunca aprendo a no descolgarlo, a dejarlo que suene hasta el aburrimiento, y no escarmiento y casi seguro que puede ser cualquiera y joderte la tarde.
Marta, para no variar, me había dejado solo en casa, porque ya no me aguanta y se lo pasa mejor haciendo su vida, entrando y saliendo sin contar conmigo más que para discutir o echar algún polvo a deshoras, joder, ¿cómo coño hemos llegado a esta situación que sostenemos de milagro?
-Eddi Vansi, ¿todo bien?
Carraspeé, porque supe de quién era esa voz y de pronto se me secó la boca. Apagué la música. Busqué rápido el vaso de ginebra que debía estar en algún sitio, lo encontré, le pegué un trago largo que me supo al agua de los hielos derretidos. Parece mentira que aún a mis putos años se me salga el corazón por la boca, pero fue lo que me pasó en esos instantes.
-Cleo… -contesté, porque era Cleo.
-¿Estás bien?
-Sí, lo estaba -le dije, con esa sinceridad que me sale justamente de los cojones en los momentos más inoportunos-Quiero decir...
-Vaya… -me interrumpió-. Entonces, de follar ni hablamos…
Y me reí porque menos mal, porque sólo Cleo es capaz de pensar en un polvo cuando es el fin del mundo y ella es la próxima en declarar ante el juez de guardia.
-No es eso Cleo –le expliqué, recuperando la seriedad y la consciencia que esta mujer consigue extirparme de cuajo- Es que no te esperaba, joder, entiéndelo...
-Qué decepción, Eddi Vansi –debió poner un mohín cuando me dijo esto-. Pensaba que no te habías olvidado de mí...
-Quiero decir... –dije, como si pudiera arreglarlo-. Que no te esperaba ahora mismo, así, tan de sopetón en esta tarde gris.
-Qué cuento tienes, joder... Sigues siendo el mismo cabrón de siempre.
-No te enfades, niña... Oye... ¿Estás en Madrid?
-Sí.
-¿Y eso?
-¿Desde cuando haces tantas preguntas a una conocida?
-Desde que te conozco, Cleo –no te jode-. ¿A qué has venido, anda, dime?
Porque Cleo es sinónimo de que algo va a pasar si es que no ha pasado ya. Porque si Cleo aparece el resto no importa. Y porque soy incapaz de resistirme a su perfume de lilas.
-Negocios, Eddi.
-¡Ah! –exclamé con interés-. Negocios...
-¿Quedamos?
-Me dan miedo tus negocios...
-No temas por mí, que sé cuidarme sola.
-De eso no me cabe la menor duda, Cleo.
-Bueno, Eddi Vansi, ¿te tengo que rogar aún más para poder verte?
-Un poco.
Y se río la muy puta. A sonora carcajada limpia.
-Eres el único hijo de puta al que he rogado algo en mi vida... Lo sabes, ¿no?
-Sí, lo sé, pero el resto no son Eddi Vansi, nosajodío… ¿Dónde te recojo? - Porque ya basta, y me muero de ganas de ver su melena pelirroja y de tenerla entre mis piernas.
Al cabo de una hora estoy puntual en el hall del hotel donde se aloja.
La veo bajar con su figura esbelta levantando la mirada de todos los varones con su pisar seguro sobre sus tacones de aguja y su media sonrisa inclinada hacia la izquierda y sus piernas interminables. Y la imagino de mi brazo y me queda bien imaginarlo: Cleo me sienta bien, aunque sólo sea de abalorio. Si fuera un utensilio útil en mi vida, me la habría arruinado.
Me besa en la mejilla con sus labios rojos.
La beso en los labios para saborearla.
Se coge de mi brazo. Nos ponemos a andar despacio y yo pienso que estoy en racha, que últimamente las mujeres, menos Marta, se me están dando de puta madre, joder, que me quejo de puro vicio y que su perfume de lilas me está poniendo cardiaco, así que me paro y le digo:
-¿Hablamos ya de follar, Cleo?
-Hablemos, Eddi Vansi.
Y sin dudarlo, deshacemos los pocos pasos que distan de su habitación.
Y la desnudo despacio mientras me va desnudando.
Y me hundo en sus pechos mientras ella aprieta mi cabeza contra ellos.
Y la beso y la muerdo y la babeo bajando hacia su ombligo.
Me excito tanto que la penetro casi sin darle tiempo a pensarlo.
Y ella gime, se mueve, me muero de gusto.
Como me gusta follarte, Cleo…
Porque follarse a Cleo es un puto placer de unos pocos, pero a esta mujer deberían jodérsela todos los hombres y mujeres de este asqueroso mundo, para que supieran antes de diñarla a qué sabe la jodida gloria.
Porque tiene un culo cojonudo hecho para el sexo, y una boca delicada en la que correrse es algo así como un nirvana místico.
Sé lo que me digo.
Sé lo que expreso porque he follado más de lo que hubiera querido, y con Cleo siempre es único.
Eso es, coño: Cleo es un polvo único.
Y tras el polvo, besé esa boca roja que antes me follaba, y creo que me estaba ofreciendo un cigarro cuando me quedé dormido.
Cuando desperté, no estaba.
Me levanté. Entré en el baño. Meé. Me vestí. Y, como años atrás, volví a salir por la jodida puerta sin saber muy bien qué cojones estaba haciendo, ni qué me estaba haciendo Cleo.
Y no ha vuelto a llamarme, joder. Y esto es lo que hay.
Publicado el miércoles, 21 de febrero de 2007, a las 20 horas y 20 minutos
|
|
|
TRES. Nunca he ganado un duro escribiendo, ni un euro, ni ningún jodido mecenas me ha ofrecido nunca una vida muelle a cambio de que escriba.
Es una putada porque sé que si me pagaran sería el mejor escritor, igual que soy el mejor camarero porque me pagan. Pero nadie se ha dignado nunca, y yo ya no me esmero gratis.
Lo normal en estos casos, y a estas alturas, y con este carácter que tengo y mantengo, es que me cagara en todo lo que se menea, que pusiera el grito en el cielo, que acusara a los editores y a los críticos de necios, de ciegos, de inútiles y de bastardos, y que, como un Ignatius J. Reilly con mandil y más delgado, clamara por las esquinas la conjura de los necios; pero no, no es ésa mi guerra, ni mi forma de entender este jodido asunto.
Nunca ha ido conmigo eso de hacerse la víctima, y tal vez por eso he tenido siempre la suerte de los perdedores. Y puede que haya perdido, joder, pero uno tiene que tener la dignidad suficiente para no dar pena.
A fin de cuentas, si no vivo de lo que escribo es porque soy un vago, porque apenas lo he intentado, y no porque nadie me comprende y todas esas mierdas que gritan los escritores mediocres a los cuatro vientos.
Tengo millones de cosas al día que no hacer, y soy feliz mirando al techo, fumándome un cigarro sin pensar en nada, dejando que transcurra el tiempo en una suerte de zen que no es sino desidia.
Llegado a este punto, sólo me muevo por dinero y por alcohol, y por unas piernas bonitas subidas a unos taconazos de vértigo.
Entonces, sí.
Entonces no hay nada que se me resista, qué coño.
Pero para cualquier otra cosa siempre necesito un empujón en forma de cheque a fin de mes; o un par de hostias, a qué negarlo.
Tal vez algún día cambie mi suerte, o siga igual de perro y de pobre, pero mientras tanto yo me basto sólo para fracasar, joder, y ese mérito es mío, y no tiene precio.
Publicado el viernes, 16 de febrero de 2007, a las 21 horas y 01 minutos
|
|
|
YOLANDA Y EL ARDOR. Se abrió la puerta del bar.
Entró un frío áspero, duro y, atenuándolo, una voz de mujer que reconocí al instante, y que esperaba oir desde hacía tantos días que qué coño importaba ya que fuera invierno.
Yo estaba de espaldas a la puerta, cortando el puto pan en rebanadas, y al oír su “Buenos días” tan jovial casi me rebano un dedo con la tontería de que esta mujer, sólo con su voz, ya me pone de los nervios.
Me giré con el cuchillo en la mano cual Norman Bates haciendo horas extras, y la vi.
Era Yolanda, claro, con su acento tan característico, su sonrisa y sus jodidas y hermosas caderas.
Era Yolanda, otra vez, por fin, abriendo de par en par mi día de suerte.
- Buenos días, Diablo –me dijo tan tranquila, como si su boca no fuera mi vicio, y yo no me volviera loco mirándola- Vengo a por mi café, ya sabes...
Dejé el cuchillo en la pila, me limpié las manos en el mandil, sonreí, carraspeé, me quedé sin habla durante medio siglo, y al fin, casi en un tartamudeo, le dije:
- Qué bien; ahora te lo pongo.
Y aunque volví a esmerarme con el tema de la espuma, no tuve éxito.
Y se lo puse.
- Ya tocaba, ¿no? –le dije, cogiendo carrerilla.
- ¿Tú crees?
- Bueno... Sí, lo creo...-le dije, titubeando como un jodido principiante.
- ¿Has vendido mis chicles?
No había vendido sus chicles, claro. Ni de coña. En dos meses, apenas tres o cuatro jodidos paquetes de menta, un par de fresa, una mierda. Mis amenazas a Susana la Bohemia no surtieron efecto alguno, y los demás clientes no se entusiasmaron lo más mínimo ante la nueva adquisición de mi bar. El expositor se había puesto amarillo con el humo que despide la plancha, eso era todo.
- Ya ves que no, Yolanda –le contesté, señalando el expositor, un poco avergonzado de mi fracaso como vendedor de chicles-. Yo creo que la gente que viene por aquí no tiene dientes...
Se rió sonoramente. Cuatro o cinco clientes de alrededor se nos quedaron mirando, pero me importó un carajo: esa mujer con mayúsculas estaba jodidamente guapa cuando reía y su boca, con ese gesto, encontraba la forma perfecta de la puta belleza, coño.
- En serio... –le dije- Ya lo ves...
- Eres muy gracioso, Eddi...
¿Gracioso?. En ese momento me podría haber dicho que era el portero del infierno, que me hubiera sentado lo mismo de bien.
- Algún arma tendremos que tener los feos, ¿no te parece?-
- A mí me pareces el diablo, te lo juro. Ahora que vuelvo a verte y a mirarte más despacio, estoy más segura. Ni guapo ni feo; eres el puto Diablo, Eddi.
Bien, no supe qué contestar a eso, la verdad.
Debí poner cara de interrogación, y luego de imbécil, supongo. Pero qué más daba, si en aquel instante era el hombre más afortunado del mundo en cuestión de faldas, y no era cuestión de joderla con la basura que suele salir del subconsciente. Así que disfruté del momento, y me pusé a atender a clientes como si su presencia allí fuera cotidiana.
Al rato, no sé muy bien cómo empezó a liarme con la compra de unos putos caramelos, porque le sale tan natural la venta que nunca parece que te está vendiendo nada, la cabrona. Que eran los mejores del mercado, me dijo, y yo le dije que no olvidara el fracaso de los chicles. Que no era lo mismo, y yo que sí. Que era invierno, y yo que no. Que sí. Que la gente los necesitaba para vivir, y joder, yo sin enterarme.
- Venga, vale...
¿Cómo iba a decir que no?
- Voy al coche a por ellos
Y añadió, como quien no quiere la cosa:
- Te voy a traer un expositor más bonito y un poquito más grande, para que puedas poner también los caramelos.
- ¡Yolanda! ¿Y dónde coño lo pongo? –le pregunté, pero ya salía casi por la puerta, y sólo me dijo adiós con un gesto.
Como la otra vez, volvió tras unos minutos lentísimos hablando por el móvil, y llevando en la otra mano un expositor el doble de grande que el que ya tenía.
- ¿Dónde coño lo pongo? –volví a preguntarle, cuando colgó el teléfono.
- Joder, Eddi –me respondió casi indignada-. ¿No ves que te lo he subido para que puedas poner debajo las botellas que tienes ahí?
- Pero va a quedar muy alto, ¿no?
- Así se verá más, Eddi. Y se trata de eso, de que se vean. Esto de los chicles es impulso, ¿sabes? La gente entra a tu bar porque haces unos cafés estupendos, porque eres un tío simpático, no sé... Y si ven los chicles, los compran.
- Si es cuestión de impulso… Entonces, tú tienes algo en común con los chicles…
- Pues eso, Eddi –agregó, arreglándose la melena-; cuestión de impulso… Ahí te va a quedar el expositor estupendamente...
- Como quieras...
Porque es así.
Porque esta mujer consigue lo que quiere, se ve a la legua, y más de mí, que estoy rendido a sus putos pies y me la quiero follar a toda costa, a qué negarlo. Y ella lo sabe, qué coño.
Le puse otro café para entretenerla, para que no se fuera, e intenté saber de su vida, de sus cosas, no sé, joder, saber algo sobre ella; y cuando, con el tacto de un león marino, le pregunté qué años tenía, me dijo:
- Tengo los suficientes para no tener que pedir permiso a mis padres cuando me invites a cenar, Diablo.
- Te toca a ti invitarme –le dije-. ¿O es que mis cafés con espuma a medias no se merecen una buena cena?
- Que te crees tú eso –me respondió, levantándose para irse-a ver si te piensas que todo el mundo se atreve a estar al lado del diablo, Eddi; y yo me voy a arriesgar a estar unas horas compartiendo mantel con él.
- Joder Yolanda, te invito, vale...; pero no te vayas aún... –y volví a enseñar la patita de cordero por debajo de la puerta, como un inútil.
- Tengo que vender más chicles, ya sabes. Hablamos para eso...
Y se fue, claro.
Se fue sin dejarme un teléfono, una pista, nada. Sólo unos jodidos caramelos que no voy a vender nunca.
En fin... Cosas que le pasan a un hombre cuando siente que sin más ni más tiene una vida detrás de la bragueta.
Publicado el viernes, 9 de febrero de 2007, a las 0 horas y 36 minutos
|
|
|
EDDI VANSI S.L. Ahora en el puto invierno, el bar, por las tardes, termina de perder el escaso brío que tiene de costumbre, y a partir de las siete y media, que ya es de noche y hace un frío del carajo, se puede decir sin complejos que no entra ni Dios, si exceptuamos a algún despistado aterido, o tomamos por diosa a Susana La Bohemia, que no es que entre en el bar, sino que nunca sale.
A veces hablamos un rato los dos, y las más, yo me hago el loco porque a mí me gusta hablar lo mínimo cuando voy sobrio, y prefiero perderme en mis cosas y mis mundos.
Fue por eso, tal vez, que me dijo la otra tarde:
- Eddi Vansi... ¿Sabes?... Eres el tío más solitario que he conocido nunca.
- Vaya... –contesté bien jodido-. ¿Me lo tomo como un cumplido, Susana?... ¿A qué cojones viene eso?
- No te lo tomes a mal, gruñón; que eres un gruñón –así, con toda confianza- Por nada. No sé... Vengo aquí tantísimas tardes y tú siempre pareces estar metido en una puñetera burbuja, en tu jodido mundo, como si no te rozara nada de lo que te rodea...
- Ya –la interrumpí-... Eso es el orujo, joder.
Pero no es el orujo.
- ¡No es el orujo, coño! –gritó indignada- Es que llevo una hora y media aquí y apenas nos hemos dirigido la palabra.
- Locuaz no soy, desde luego, y eso ya debería usted saberlo.
- No te gusta la gente, Eddi Vansi. Eso es lo que te pasa.
- Me gustan las personas, algunas, a veces.
- Ya...
- Y a solas.
- Eres un perro verde...
- No tenga pena por mí, Susana, que yo tampoco la tengo.
Porque aunque a veces me espanto de lo solo que estoy, y me descubro en el espejo a primera hora como un jodido canalla bien jodido, y todo me queda lejano, me suelo recomponer y sacar pecho y escupir por el colmillo, y le saco partido a la puta soledad que tengo, porque es mía, la he buscado yo, me gusta estar solo, joder, sólo es eso.
Y cuando digo solo, quiero decir un singular corrosivo de la cabeza a los pies. Un puto uno, una soledad portátil que llevo conmigo adonde vaya, por mucho que me rodee de mis colegas, o que Marta se pegue a mis riñones mientras duermo, o que mi bar amontone clientes por la mañana o que los pechos de María sean el último refugio en caso de guerra.
Pero no es eso, joder…
Tiene razón Susana La Bohemia.
Es más bien una actitud. Una vocación. Una independencia.
Solo por elección y convencimiento, ¿qué pasa?
Solo porque soy un ególatra sin remedio, y me creo el superviviente de mi propia guerra y el resto, una reunión de vencidos.
Solo porque no quiero dar cuentas a nadie.
Solo porque me da la real gana.
Por eso, no titubeo al terminar de retirar la espuma al afeitarme y mojar mi cara dura tan suave.
No titubeo al coger el jodido coche y volver al bar que regento.
Ni me tiembla el pulso si veo a Cleo cuando me estoy follando a Marta, o a María, o a cualquiera de las putas que frecuento.
Ni me arredra ninguna madrugada, en fin; por más que sólo me acompañe la ginebra y unos cigarrillos.
Sí, soy un solitario sin pena; y que conste que he visto cosas peores.
Publicado el domingo, 28 de enero de 2007, a las 15 horas y 58 minutos
|
| < 1 2 3 4 5 6 7 8 9 10 11 > |
|
|
|
| L |
M |
X |
J |
V |
S |
D |
|
|
|
|
|
1 |
2 |
| 3 |
4 |
5 |
6 |
7 |
8 |
9 |
| 10 |
11 |
12 |
13 |
14 |
15 |
16 |
| 17 |
18 |
19 |
20 |
21 |
22 |
23 |
| 24 |
25 |
26 |
27 |
28 |
29 |
30 |
|
|