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DOS. Y mientras tanto...

- ¿Tú cómo ves la botella, Eddi Vansi...? –me preguntó la otra tarde un cliente en horas bajas-. ¿Medio llena o medio vacía?

- Doble, joder –contesté sin muchas ganas-. La veo doble.

Publicado el jueves, 11 de enero de 2007, a las 0 horas y 20 minutos

UNO. Yo no soy un escritor maldito, entre otras cosas porque ni sé lo que eso significa exactamente, ni sé los requisitos que uno debe cumplir para que le adjudiquen esa etiqueta de mierda que, como todas, por otra parte, sólo señala el precio, y no el valor.

Y a día de hoy yo no estoy en venta o, lo que es lo mismo, aún no han acertado con mi puto precio justo.

Yo ni siquiera soy un escritor, porque apenas escribo, porque yo no vivo de esto y me puedo permitir estas licencias. Porque no tengo esa disciplina que tendría que tener, coño.

Yo lo que soy es un vago reconocido, con todas las letras y todo el fracaso que conlleva, y todo su cinismo.

Yo no busco, y a veces ni encuentro. Y tampoco me hace falta.

Y casi siempre me basta con media botella de Tanqueray para que el mundo me importe un carajo, con toda su literatura y su oropel.

Y a veces no tengo bastante con nada y me sueño que soy el mejor escritor del mundo.

Y es entonces cuando me bebo el resto de la botella y me pregunto qué coño estoy haciendo en un puto bar sirviendo cafés y repatriando borrachos, y no escribiendo como un cabrón día y noche, como se supone que lo hacen los grandes, los que ven sus libros en la sección de novedades, y se quedan tan panchos publicando mierda y media una vez al año.

Sí, coño. Soy capaz de hacer lo mismo, me digo, no puede costar tanto.

Y me pregunto qué me impide llegar a la puta cima de este mundejo.

Y la escalada se me antoja como el ascenso al Everest en manga corta.

Y ojalá me encuentre algún bar en el camino.

Publicado el sábado, 30 de diciembre de 2006, a las 20 horas y 32 minutos

MINUTOS MUSICALES. Sólo soy constante en mi inconstancia, y así me luce el pelo. Pero con la música, como con la bebida, es como si fuera otro hombre, y me preocupo y me informo, y me busco la vida para conseguir tal disco de tal tipo si me han dicho que está de puta madre, o me paso las horas mirando como un gilipollas el e-mule para bajarme la rareza más inencontrable de Boris Vian.

De hecho, de las personas que me rodean me interesa mucho la música que escuchan. También sus lecturas, su corazón, su forma de gesticular o su sintaxis; pero más sus canciones, y casi diría que la música que les gusta también tiene que ver en que me importen.

No llego al punto de retirar el saludo a nadie porque le gusten los jodidos Rammstein, o cualquier baratija de esas que se bailan en las discotecas hasta el culo de vete tú a saber qué; pero sí me da una idea de cómo es una persona según la música que le gusta, y así, hace que me acerque o me aleje más de ella, como si fuera una jodida pista que me condujera siempre a acertar.

Nunca me hubiera casado con Marta si, además de estar borracho cuando consentí el asunto, no estuviera enamorada de Schubert, o no se hubiera interesado con afán maníaco por Miles Davis, o no aborreciera, como yo, el hit parade.

Ismael no sería tan amigo mío si no hubiéramos devorado juntos, cuando éramos jóvenes, la discografía de Dylan, de Lou Reed o de Tom Waits, por poner ejemplos que unen para siempre.

O Cleo no sería mi Cleo si no me hubiese descubierto a Krahe en aquellos años de movida.

Soy así de melómano o de imbécil, que nunca se sabe, y que a mí me da lo mismo, porque disfruto que te cagas.

- Es el disco más triste del mundo –me dijo, en fin, Isabel, allá por el verano, en su piso de Granada, ofreciéndome un cd grabado minutos antes de que nos despidiéramos-. No sé por qué te lo doy pero, joder, Eddi, es que creo que tú también debes oírlo.

Y me lo alcanzó con una cara de interrogación que no supe bien como encajar.

Isabel es una buena amiga, de las pocas mujeres en quien tengo plena confianza. Si no he hablado antes de ella es por mi pereza y mi desmemoria, pero esta jodida mujer es importante en mi vida, por más que nos veamos de cuando en cuando y a veces casi nunca y apenas nos llamemos por teléfono. Nos unen, no sé, ciertas ideas, ciertas dotes artísticas (hace unas acuarelas de puta madre), ciertos desacuerdos, muchas conversaciones etílicas, y la música, claro, la jodida música.

Cogí el cd que me estaba dando, le di las gracias en plan autómata, y me la quedé mirando perplejo.

- Isabel –le dije-. Es el disco más triste que has escuchado nunca... ¿y me lo regalas?

- Ya...

- Así, ¿quién quiere enemigos?

- Es que este cd está hecho para ti.

- Eso... Eso es una prueba de amor, no me jodas... El jodido disco más triste del mundo…

- Se llaman Antony and the Johnsons, y el disco “I am a bird now” –me dijo así de carrerilla-. No sé mucho de ellos. Me lo han pasado hace poco. Son americanos, me parece; y el tal Antony, si es que es él, tiene una voz maravillosa.

El cd se quedó en mi coche medio olvidado durante mucho tiempo, un poco adrede, a qué negarlo. Joder, es que es difícil encontrar el momento adecuado para escuchar un disco con esas credenciales. Ninguno parecía bueno para decirse: “…ahora que estoy así, o asá, y no tengo nada a mano para suicidarme, voy a escuchar el disco más triste del mundo...”

Coño, cualquiera se atreve.

Pero, bendita la hora en que lo hice.

Recuerdo que iba conduciendo. Volvía de no sé dónde por la autovía de Barcelona camino de Madrid.

Iba yo solo y era de noche.

Conduciendo en una recta interminable de pronto me acordé, parecía que era el momento, que ya daba igual si Madrid quedaba cerca o lejos, o que en la próxima curva diera un jodido volantazo que me dejara en vía muerta, puse el cd y sonó esa gente, Antony and the Johnsons...

Y el puto viaje ya fue por otras carreteras, otras compañías y paisajes: los campos de algodón traídos a mi coche, los coros de las iglesias, las aceras de Nueva Orleans, el lamento borracho de los bluesman en sus tugurios de mierda, todo lo que es la jodida esencia de la música negra allí conmigo, en ese disco que me acompañará siempre, y que me dejó al borde de mi acera con la sensación de ser más libre.

Por todos los dioses del puto Olimpo... ¿De dónde había salido esa voz tan antigua? ¿Y qué más da que sea triste?

¿Quién coño dice que no se hace música ahora mismo?

Joder, ¿habéis escuchado esto?

Publicado el domingo, 24 de diciembre de 2006, a las 18 horas y 40 minutos

LA MALA REPUTACIÓN. No sé si he descrito alguna vez mi bar.
Si no lo he hecho, ha sido más por ahorrarme una descripción insulsa que por otra cosa, porque es un bar normal y corriente, tirando a pequeño, con su barra cromada, sus vitrinas, sus banquetas negras, sus estantes con botellas, su plancha, su espejo, unas pocas mesas y sillas, y un camarero con mandil detrás de la barra, con cara de pocos amigos según la hora y el momento.

Por las mañanas, aunque tampoco abro muy pronto, es cuando tengo más gente, por los desayunos y tal; pero luego, ya por la tarde, en mi bar se está tranquilo, sin agobios, y te puedes tomar un algo y ver pasar el tiempo despacito en el jodido reloj.

Entre semana, suelo cerrar cerca de la media noche, aunque casi siempre lo tengo crudo, y me cuesta repatriar a sus hogares a los cuatro jubilados de turno que creen que mi garito es su pensión completa.

Hace un par de noches, sin embargo, el bar se quedó vacío a eso de las once. No tenía ganas de seguir trabajando, pero tampoco de irme a casa ni a ninguna otra parte. Conecté un disco de Baker que tengo para estos casos en los que me apetece que todo sea pausado y dedicar un tiempo a pensar mientras recojo.

Bajé a la mitad la persiana como señal inequívoca de que allí no se servían más cafés ni coñács hasta el día siguiente.
Me encendí un pitillo, me puse un lingotazo y de nuevo la tarea de subir las sillas, limpiar la barra…

-Eddi… Buenas noches... ¿Puedo entrar?

María se asomaba por la puerta contorsionando su cuerpo.

-María… ¡¿Qué horas son estas?! –le pregunté, casi frotándome los ojos- ¡Pues claro que puedes entrar, niña...!

Abrí la persiana… Entró, la volví a entornar…

-¿Qué tal?

-Lo de siempre- dijo, soltando sus apuntes sobre la barra- Eddi, ponme una caña… Joder, estoy cansada hasta decir basta…

-¿Quieres comer algo?

-No, no tengo ganas… ¿Qué hacías?

Y se quitó la chaqueta dejándome ver un jersey negro entallado y unos vaqueros que le hacían una figura de vértigo.

- Ya me ves... Medio cerrando...

-Siéntate conmigo, coño, que no muerdo- me espetó de frente, acercándose peligrosamente como una gata encelada.

-Ya, joder…

Nos servimos unas cañas. Me contó entre sorbos y sonrisas cómplices historias de la facultad, de sus compañeras, de sus compañeros, de sus profesores, de la fotocopiadora, de la cafetería. Yo hacía como que la escuchaba interesado, asentía, carcajeaba, parecía estar al tanto de toda su narración, pero no. Definitivamente no. Mi cabeza estaba entre sus piernas. Lamiéndola despacio. Apartando su melena, surcando su espalda, besando sus tobillos.

-Eddi, ¿me estás escuchando? Estás como ido.

-Es que estás muy buena María, y yo no soy de piedra, joder.

Nos reímos.

Me besó.

Así, sin más; como si lo hubiera hecho siempre.

Me pasó su lengua puntiaguda por los labios y la metió dentro de mi boca.

Yo me hice el fuerte el primer instante, y el segundo me derretí, a qué negarlo.

Zas... Como un zarpazo de un destino lascivo hecho solo para nosotros, tenía a María entre mis piernas, de pie. Sentado yo en la banqueta asiendo su cintura. Besándola. Tocando sus pechos que se me antojaban lo más excitante que había magreado hacía tiempo, y sobando un culo que podría llevarme al jodido cielo.

-Disculpa un segundo, María…

La ocasión requería la persiana cerrada por completo, y que no viniera un gilipollas a joder la noche.

Me esperó de pie, al lado de la banqueta, fumando un cigarrillo con tanta ansia que daba miedo pensar cómo succionaría mi sexo.

Me acerqué decidido a ella. La estreché con tanta fuerza que sentí un quejido… ¿Para qué esperar? Literalmente arranqué el jersey de su cuerpo. Comencé a desabrocharle el pantalón a la par que hacía lo mismo con el mío…

Dejé mi sexo al descubierto y comencé a lamer unos senos que asomaban hinchados por el sujetador…

-Eddi… Eddi…

-Dime María…

-Es que…

-Dime, niña…

Es que era virgen. Me paró suave en mi quehacer para mirarme a los ojos con sus ojos grandes y decírmelo con una voz entre tímida y asustada.

Yo, que he ido tanto de putas que me siento una más entre ellas.

Yo, que he recorrido tantas camas durante estos años que hasta he añorado la mía, que me siento todo lo cabrón que soy, sin más mentiras en el espejo que las que no le cuento ya ni a Marta, me separé de ella para sentarme en la banqueta con mi miembro erecto y sin saber qué hacer.

-Eddi… Yo quiero, de verdad…

Y yo, joder. ¿Cómo no iba a querer ese jodido cuerpo que se me abría como un puñetero tesoro?

Debo de estar haciéndome viejo, pensé; o a lo peor gilipollas, o al final es cierto que con los años la moralidad emerge como un jodido fantasma de las entrañas del inconsciente y me paraliza, me deja como el perdedor que soy pero al descubierto, con todos mis prejuicios y mis miedos y mi cansancio.

-Eres virgen… ¿virgen del todo?- conseguir decirle, más para reasegurarme que esperando su respuesta.

María asintió tapándose un poco y encendiendo un cigarro.

-Quiero hacerlo contigo, Eddi Vansi… De verdad…

Entendí que tenía miedo. Que estaba acojonada hasta los tuétanos. Que esa puta diosa se había bajado del olimpo al saberse arrinconada en el ring del sexo. Cuando ya no había salida y la persiana estaba bajada y yo me la iba a follar…

De pronto esa era la situación, con María era empezar de cero. Era hacer el amor en vez de sexo. Con todos los matices que esto supone. Con todos sus pros y sus contras. Y yo ya estoy de vuelta, joder, y para mí follar ya es otra cosa. Y digo otra cosa, porque follar es follar, con todas las letras. No es un acto de amor, ni contarse lindezas en la cama, ni profesarse estupideces mientras lubricas a la acompañante. No, joder, que yo ya no estoy para eso.

¿Qué coño hacer entonces? ¿Seguir, pararse, mandarla a casa con dos palmaditas y a la cama, follármela como no me había follado a nadie?

-No tienes que hacer nada que no quieras, María… -le dije, mientras alcanzaba mis pantalones en el suelo.

¿Qué otra cosa podía decirle en ese momento?

Pensé si en su facultad no habría una jodida tuna llena de postadolescentes con ganas de meterla y que me ahorraran el trabajo.

-Yo quiero hacerlo contigo. No te creas que no lo he pensado, Eddi. Quiero follar contigo y que seas tú.

Y sí que me la follé, claro; porque la reputación está por encima de las dudas existenciales.

Me la follé sintiéndome una mezcla entre Humbert y un jodido Bukowski en horas altas. Me la follé con la seguridad que ella necesitaba que tuviese. Sin dilación ni dudas, ni escarceos, ni más miramientos de los necesarios.

Y vaya si me folló. Como si se hubiera dedicado toda la vida a ello. Supliendo con cada gemido cualquier atisbo de incomodidad o dolor. Disfrutando del sexo como una experta, intuyendo cómo, por dónde y hacia dónde.

Mucho menos complicado de lo que había pensado a priori porque no le dimos tiempo al tiempo. Porque ella quería y había venido queriendo.

Porque la persiana estaba a la mitad, y eran las once y porque de fondo sonaba el jodido Chet Baker y a las mujeres no hay un dios que las entienda, joder.

Publicado el lunes, 18 de diciembre de 2006, a las 16 horas y 39 minutos

¿A QUIÉN LE AMARGA UN DULCE? Estaba preparando un café la otra mañana, a lo mío, bajo ese ruido de frenos de tren que hacen las cafeteras de los bares, cuando oí un “Buenos días” que me sonó diferente, un acento distinto que no encajaba en el de los clientes habituales del bar.

Me di la vuelta y la vi.

Bueno, sólo vi una sonrisa de anuncio y unos ojos que me miraban con tanta picardía que yo tuve que bajar los míos. “Joder, ¿quién coño será esta tía tan echá p´alante?” pensé en los segundos que duró mi azoro.

Luego la miré de nuevo, saqué del bolsillo mi mejor sonrisa, esa que guardo para las conquistas, recorrí su altura, su boca, sus pechos, le devolví el saludo, qué menos, y a continuación ella, con una verborrea increíble, me soltó una parrafada sobre no sé qué putos chicles.

Era como una explosión rubia, la carne y el deseo hecho mujer.

No es que fuera sexy...: Ella era sexo. Todo el sexo. Treinta y tantos años de sexo y una boca que debió dibujar dios en un momento de lujuria. Nada que ver siquiera con María, ni con ninguna top model al uso, distinta a todos los pesados que entran a vender chorradas a mi bar.

-¿Chicles? –le dije.

Pero si aquí no se venden, pero si los regalo, pero si ya tuve, pero si no quiero. Pero que daba igual lo que pusiera como excusa. Ella me las rebatía todas, y me hizo ver con claridad que mi negocio sin sus jodidos chicles no llegaría muy lejos.

Los compré, claro, qué remedio, y si me hubiera vendido una parcela en la luna habría empeñado hasta la camisa.

Me dijo que salía un momento al coche a por un expositor que me iba a quedar de puta madre justo ahí, al lado de la máquina registradora. La cabrona contoneaba su gran culo camino de la puerta sabiendo lo que se hacía, y fue Susana la Bohemia quien leyó mis pensamientos y me dijo:

-Ésa es mucha mujer para ti, Eddi Vansi. Mucha mujer.

- Ya le digo...

-Con ésa no pueden ni dos como tú, te lo digo yo, Eddi Vansi, que he visto de todo en esta vida. Ésa necesita un HOMBRE con mayúsculas.

-Haré lo que pueda, Susana...

La Bohemia hizo un gesto como de resignación, luego otro de incredulidad, apuró su orujo, pidió otro, yo eché hielos en mi copa, y los dos nos quedamos en silencio como tontos esperando a que volviera.

Volvió a los diez minutos, hablando por el móvil, y con un expositor de chicles en la otra mano.

Lo dejó encima de la barra.

Obediente, lo coloqué donde me dijo.

Me sonrió.

Le sonreí.

Me quedé absorto mirando su escote de vértigo, el principio de sus pechos y de la perdición de cualquier hombre.

Terminó de hablar por teléfono y me dijo:

-¿Ves qué bien te quedan con su expositor?

-Desde luego...- afirmé como si realmente mi importara.

-Bueno, pues, ahora, después de todo este rollo, me podías invitar a un café, que con lo duro que has sido conmigo, yo creo que me lo he ganado.

-No sabes tú nada...

Sabía todo. Aquella mujer sabía todo lo que una mujer debe saber para hechizar a un hombre. Tenía que vender chicles a espuertas, la cabrona.

La invité al café; intenté que le quedara con esa espuma que les gusta tanto a las mujeres, pero no lo conseguí. La verdad es que nunca lo consigo, pero esta vez sí que me hubiera gustado sólo por sorprenderla. Ella, de vuelta casi de todo, pareció intuir mi esmero…

-Está riquísimo el café, de veras –me dijo-. Si los haces siempre así, me has ganado para todas las tardes de mi vida...

Joder, qué suerte tengo, me dije. Luego me quejo, pero ya la quisieran para sí muchos ganadores de mierda. Lo peor de todo es que se me quedó una sonrisa idiota digna de un principiante. Y que no sabía qué decirle.

No sé qué cojones me había hecho esta mujer, que aliño me había embrujado, ni por qué perdía el tiempo con un cuarentón en horas bajas. Sólo quería que no se fuera nunca. Nunca.

Entonces le dije, a bote pronto:

-Oye, ¿y qué hace una mujer como tú en un sitio como éste?

Y en el mismo segundo pensé: “Mierda; ¿pero cómo se me ocurre decir una frase tan llena de fracaso?” Pero ella me sorprendió con una carcajada ruidosa que le salió de dentro y que, lejos de hacerme sentir ridículo, me llevó de su boca al puto cielo, como si esa risa fuera sólo para mí y yo el hombre más afortunado del mundo.

Cuando por fin pudo hablar, me dijo, sensual y muy seria:

-Te buscaba a ti, que te pareces al diablo.

-No me jodas.

Yo creo que se me cortó la respiración en ese instante, y que de verdad se paró el mundo, y que sonaron violines en el puto infierno, y que se murieron de envidia los guapos y los malos.

-¿Qué años tienes, niña? –terció la Bohemia, metiéndose donde no le importa como de costumbre.

-Señora, con todos mis respetos... –dijo ella- acabo de encontrar a mi diablo... Permítame que le cuente mis intimidades otro día...

Y siguió diciéndome toda convencida que le parecía un demonio, que sólo me faltaba el tridente, y yo flipaba porque nadie, nunca, me había hablado así, con esa fuerza, con esa boca que no paraba de humedecerse y que me estaba poniendo tan cachondo.

Le pregunté su nombre:

-Yolanda. ¿Y tú?

-Eddi Vansi...

-Vaya nombre más raro, ¿no? –me dijo, poniéndose de pie y estrechándome la mano- pero me gusta, diablo... Me gusta...

-¿Ya te vas?

-Me pasaré en unas semanas, sí, a ver qué tal te ha ido...

-Oye, ¿y si me quedo sin chicles?

-Los compras en el Macro.

-Joder, ¿no tienes una tarjeta?

-Si te doy una tarjeta te vas a volver loco. Déjame a mí, Eddi Vansi... Una tarde de estas igual vengo a tomar un café de esos tan estupendos, ¿vale?

-Como quieras...-dije ya acorralado.

-Hasta otro día, señora –le dijo a La Bohemia- Y perdóneme por lo de antes...

-No hay nada que perdonar, guapa, me caes bien. Y ten piedad de este hombre, que tiene el corazón muy tierno...

Las dos soltaron sendas carcajadas, y entonces yo sí me sentí ridículo, fuera de su contexto de complicidades femeninas. ¿Qué coño se habían creído estas dos mujeres?

-Bueno... Venga... Va...

-No te enfades –y me hizo como un mohín-. Seguro que eres más fuerte que lo que dice esta señora....

Y se fue, hostia; se fue moviendo su culo y su perfume y yo me quedé con tres palmos de narices mirando la puerta vacía.

-Es mucha mujer, de veras, Eddi Vansi... No lo pienses.

-Cállese, joder, Susana…

-Bueno, me callo... Pero ponme un orujo, anda.

Me quedé mirándola todo lo serio que pude.

-Chicles, joder, Susana, qué coño orujo... A partir de ahora en este puto bar sólo se van a consumir chicles.

Y le puse su orujo y nos echamos unas risas, y desde entonces no puedo olvidar a esa mujer, con sus jodidas mayúsculas.

Publicado el domingo, 19 de noviembre de 2006, a las 15 horas y 41 minutos

DESVELO. - ¿Me quieres aún?

La pregunta sale de la boca de Marta, atraviesa mis oídos y rebota durante unos segundos de una pared a otra de la habitación hasta caer rendida en la almohada. Una vez allí la recojo con pinzas, me medio incorporo en la cama, abro los ojos, miro a Marta…

Preguntas de este tipo y a estas horas pueden hundir a un hombre en la miseria, así que prefiero no dudarlo, y que lo peor pase primero.

-Sí.

-¿Cómo el primer día que me conociste?

Estamos buenos, joder. ¿A qué viene esto? El primer día que te conocí yo no te amaba, coño. ¿Cómo te lo digo sin que te duela?

-Sí, cariño; como el primer día que te conocí.

Se queda callada contemplando el techo, sopesando mi respuesta o el silencio o vete a saber qué. Parece que al fin hay una tregua, que el interrogatorio ha terminado por esta noche, que vamos a dormirnos, pero no, pasa el tiempo y no escarmiento, y no me convenzo de que siempre hay algo por venir, que Marta no se conforma con un interrogatorio a medias y descarga toda su artillería como una ametralladora…

-¿Te sigo pareciendo atractiva?

Tienes un amante coño, te lo follas prácticamente todos los días de la semana, ¿aún quieres que te reafirme que estás cañón, hijadeputa, si no pasas desapercibida ni para tu santo padre?

-Estás buenísima. Además, no sólo me lo pareces a mí, ¿no?

-Bueno, sí… Eddi…

-Qué quieres Marta…

-¿Crees que somos una pareja que funciona?

-¿Qué?

-Que si aún sigues creyendo en nuestro matrimonio, en nosotros.

Ah, ¿aún hay nosotros? Joder, pero qué sorpresa. Un nosotros con ramificaciones, pero nosotros, claro, sin duda.

Un nosotros que se va de putas y otro que tiene un amante, que se ve por casa y comparte lavavajillas, y una libreta con números rojos. Y una hipoteca que pagar eternamente.

Un nosotros con sus puntos y a parte, y silencios y vino escondido en la cocina y clases de Tai chi para digerir los malos tragos.

-Sí, aún creo en nosotros.

-Vale…

-¿No tienes sueño?

-Es verdad... Es muy tarde...

Me doy media vuelta. De espaldas. Si cuento hasta tres y no habla podré dormir esta noche. Una, dos…

-Nos equivocamos, ¿verdad, Eddi Vansi?

No me jodas, Marta… Mi úlcera y mi mujer nunca se han llevado bien, sabe cómo hacer para que mi estómago se retuerza de mil formas distintas.

-¿Qué quieres decir con “nos equivocamos”?

-Que si estábamos hechos el uno para el otro, que si era nuestro destino casarnos y llegar a viejos juntos…

Joder sí, nos equivocamos. Tú te equivocaste. De cabo a rabo. Te enamoraste de mí, y eso es contraproducente. No estoy hecho para amar a nadie, y eso que con los años te amo, a mí manera, pero joder, te amo. Pero sí nos equivocamos. Yo no debería compartir cama contigo ahora, era a Cleo a quien le correspondería estar aquí. Ni debí seguirte el juego, y la boda, y huir a Madrid contigo en vez de solo, y prometer que compartiríamos dentadura postiza. Pero, ¿qué no consigue una mujer cuando se lo propone?

-No Marta, no fue una equivocación. ¿Crees que sí?

-Creo que sí.

-¿Quieres agua, algo? Me voy a levantar a echarme un cigarrillo...

-Ya he bebido agua… Deberías dejar de fumar.

-Lo pensaré mañana.

Me enciendo un cigarro en el salón, a oscuras, sin pensar en nada, sólo viendo cómo se consume. Espero lo suficiente para que se duerma. Para que me deje en paz de una puta vez y supere su desvelo mientras imagina que se está tirando a su amante o yo qué sé. Para que termine esa pantomima que tiene lugar de vez en cuando en nuestra cama.

La vecina está gritando a su marido, la oigo como si tuviera un amplificador al lado de mi oreja.

Vuelvo a la cama.

-¿Sigues pensando en Cleo?

Sí. Todos los días. Todas las horas desde que terminó aquella noche, aunque ya no esté más que como una sombra en mi vida, un lastre, un volver recurrente a un pasado que ya no tiene cabida ni futuro.

-A veces.

-¿La quieres?

La quiero como el primer día que olí su perfume de lilas. Como no he querido a nadie. Ni siquiera a ti, Marta, joder, pero eso ya lo sabes, no me hagas que te lo vuelva a decir. Me duele más a mí que a ti, y lo sé, y lo sabes, masoquista del sentimiento.

-Marta, yo qué sé… Ha pasado mucho tiempo mujer…

-¿Me dejarías por ella?

Y tú por tu amante si estuviéramos ya en la cuerda floja, en mitad de un puente que se cae y no hubiera marcha atrás. Pero qué más da ahora, si tu amante seguro que está casado y es un feliz padre de familia y Cleo no está, y si está, es para joderme la vida. Además, ¿para qué quiero un divorcio a estas alturas?

-No, no te dejaría por ella Marta.

-¿Con cuántas putas te has acostado últimamente?

Joder, esto es un tercer grado en toda regla… Maldito desvelo.

Las veces que me he ido de putas estas semanas equivalen a los polvos que has pegado tú con tu estúpido amante. Sólo que yo no sirvo para soportar a una mujer en casa y otra fuera: diversifico mis riesgos, y mis amores, y mi sexo. Es lo mismo, sólo que a mí me sale un poco más caro, mi querida Marta.

-Con ninguna…

-Eddi Vansi…

-Tú sabes cómo soy, joder, y sabes mis razones. ¿Para qué me preguntas si sabes la respuesta? Hay veces en las que no te entiendo Marta, coño… Me conoces mejor que mi sombra. ¿Por qué insistes?

-Es que no puedo con ello. No puedo.

-No tiene nada que ver contigo. Lo hemos hablado millones de veces…

-Yo te quiero Eddi Vansi.

-Yo también a ti, Marta.

Porque ya no me complico la vida. Porque quiero dormirme. Y porque es verdad, joder, que la quiero. Que ya no sabría vivir sin ella, sin sus manías ni sus formas. Aprendería, pero sería otra vuelta a empezar, y no tengo ganas.

-¿Dónde dejé el Orfidal?

-Ni puta idea, cariño.

Se levanta como un espectro delgado. Vuelve dopada. Maldiciendo su desvelo y lo poco que falta para que amanezca.

Se mete en la cama.

Me doy la vuelta y le pregunto si quiere que hagamos el amor.

Siempre hace falta hacer el amor después de estas conversaciones, cuando el amor se ha hecho añicos y anda por los suelos y tenemos que recogerlo, o por lo menos, hacer el intento.

Y me dice que no, que está cansada. Que prefiere dormir.

Mejor, tampoco a mí me apetece.

Y doy gracias por el silencio de la noche, porque haya terminado su desvelo y todo vuelva a la jodida mediocridad de pareja.

Y, a duras penas, consigo dormirme con la misma extraña sensación de un jodido reo al que acaban de conmutar la pena de muerte.

Publicado el miércoles, 1 de noviembre de 2006, a las 16 horas y 53 minutos

PRÓXIMA ESTACIÓN LAS MUSAS. No sé si ha sido por las hostias que me dio el subnormal aquel que acosó a María, o por algún golpe en la cabeza que me di de pequeño, o porque el pozo se ha quedado seco, o que realmente no tengo ni he tenido dentro de mi jodida cabeza ni una puta idea que plasmar en un papel, pero la verdad trasvisible, como diría Salinas, es que de un tiempo a esta parte no escribo ni a tiros, coño.

No sé qué pasa, porque lo he intentado de todas las maneras, a todas las jodidas horas, borracho y sobrio, sentado y de pie, en el bar o en mi cuarto, con ganas o sin ellas, y el puto relato redondo que debería escribir, ése que me va a arrancar de cuajo la rutina, no me sale.

La creación tiene estos riesgos, claro, y no tienes más arnés que tu paciencia, ni más red que la de tus lectores.

Escribir no es lo mismo que encofrar o que servir copas, o que cualquier otra profesión digamos más tangible. Uno no tiene la misma seguridad de que va a hacer bien su trabajo, ni siquiera de que lo vaya a hacer.

Uno confía en que será capaz de hacerlo, tiene esa esperanza, pero se mueve a tientas dentro de una niebla, y más si trabajas mil horas de camarero y te pones hasta arriba de ginebra, y tienes la cabeza llena de jodidos pájaros y de Marta y Cleo y María, y cualquier mujer como medida de todas tus cosas.

Ojalá escribir fuera tan fácil como pegarse un buen polvo.

Que a uno le invita Bestiario a escribir un blog como dios manda y dice que sí, que sin ningún problema, como si tuvieras los textos archivados en tu cabeza y fuera tan sencillo como cortar y pegar. Pero luego te pones delante de un papel a sacarlos, casi siempre a deshoras, y a veces es fácil y a veces cuesta y otras veces es imposible sacar nada digno, te pongas como te pongas.

Y da igual lo que hayas escrito antes.

Da igual que seas un autor consagrado o un santo desconocido.

Da igual que te acompañe Miles Davis.

Da igual que te fumes mil cigarros y eches el humo como haría Henry Miller.

No puedes.

Hoy (y ayer, y anteayer, y a lo peor mañana) no puedes.

Y no hay más que rascar.

Así que, más te vale irte de putas que empeñarte en esto, Eddi Vansi, te dices.

Y, vale, eres consciente de que todos los artistas atraviesan épocas de sequía; que de pronto se quedan varados como barcos en desiertos o botellas vacías, y que ya pueden intentarlo, que no hay un puto dios que le saque una palabra al boli. Sabes que le pasó a Cervantes y a Boris Vian, a todos los grandes, y que eso tendría que servirte de consuelo; pero yo soy un puto camarero, joder, no me dedico a esto, y a mí no me consuela nada ni nadie en estos días que llevo intentando manchar una cuartilla siquiera con dos párrafos, y no puedo quitarme de encima la jodida sensación de que, en mi caso, no hay más cera que la que arde, y que el último texto que escribí va a ser definitivamente el último texto que escriba Eddi Vansi.

Eso pienso, joder, en estos días: que soy un jodido perdedor a tiempo completo.

Nadie lo nota, ni siquiera yo cuando me afeito; pero con esos pensamientos vivo y me levanto y voy y vengo y entro y salgo y soy.

Y me voy de putas o de copas a vivir lo que no escribo con el deseo inconsciente de que pase el tiempo, qué remedio, y que aparezca la musa y no vuelva a jugar al escondite conmigo. O que se materialice en una ramera pelirroja de ojos profundos, cojones, y por lo menos me haga feliz en una cama de pago.

Y sé que vuelve. Sé que al final la inspiración vuelve, qué coño, como siempre; y que me pillará trabajando. No como querría Picasso, claro, sino detrás de una jodida barra de bar, como suele ser costumbre.

Pero sigo entrenándome.

Y sé que después en mi casa pondré jazz, me sentaré donde siempre, cruzaré las piernas como las suelen cruzar los escritores, abriré una botella de vino bien fría, brindaré por ti y por todos los ausentes, daré un trago, me encenderé un cigarro, y con todo el regusto de ese fracaso donde vivo, escribiré un texto de putísima madre.

Pero no me acostumbro, joder.

Publicado el sábado, 28 de octubre de 2006, a las 0 horas y 02 minutos

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Ilustración de Toño Benavides
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