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CAMPEONES DEL MUNDO. De buena se han librado las fuentes. Menos mal que ayer no sucedió la noticia más importante del año. Y de lo que llevamos de siglo. Ayer podría haber sucedido un hecho extraordinario, sin duda alguna un hito que siempre habría permanecido en nuestras memorias, que jamás habríamos podido ni querido olvidar. Nuestra selección de fútbol podría haber ganado ayer el Mundial de Alemania. ¿Se lo imaginan? Los delfines de la Plaza de España habrían amanecido esta mañana con más resaca y achaques que nunca.
Si hubiéramos jubilado a Zidane el 27 de junio, si nos hubiéramos cepillado a Ronaldinho y compañía el 1 de julio, si hubiésemos eliminado a Figo y sus muchachos el 5 de julio, algo más factible de lo que parece con alguna que otra ayuda arbitral y una pizca de suerte, y si ayer, 9 de julio, hubiéramos batido a las huestes de Buffon, ¿qué habría ocurrido?
Olvidémonos, aunque apenas podamos, del berenjenal en que nos han metido los políticos cuando se han puesto a hablar de realidades nacionales, estados plurinacionales y demás nacionecedades. Por eso, sin malicia, no nos pongamos a especular sobre si se celebraría o no la machada en Hernani, en La Seu d'Urgell o en la barriada ceutí de El Príncipe. Por ahí no van los tiros, esta vez. No se trata de sembrar cizaña. Tampoco nos pongamos a hacer conjeturas acerca del número de personas que festejarían la hazaña alrededor de la Cibeles y de Canaletas. Simplemente, dejemos volar la imaginación: ¿no creen que se habría producido la mayor explosión de alegría de la historia reciente española?
Ahora bien, no sé cómo evaluar ese estallido de alborozo que pudo pasar y no pasó. Se supone que debemos sentirnos conformes en una sociedad sin apenas sobresaltos; pero, sin embargo, en el fondo nos gustaría contar con motivos menos pueriles para montar una jarana descomunal, ¿no?
Publicado el lunes, 10 de julio de 2006, a las 23 horas y 01 minutos
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