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FRUSTRACIÓN. La operación había terminado hacía poco, y comenzaba a despertar. Sintió un picor en la garganta, y quiso tragar saliva.

¿Qué sucedía? Él era el que estaba al mando. Su cerebro daba la orden, él sentía cómo los mensajeros la llevaban hasta su destino, incluso recibía la respuesta de misión cumplida. Pero la boca no se había cerrado, la saliva no había podido ser tragada, y el picor seguía ahi.

La anestesia. Era eso, seguía parcialmente paralizado, la mandíbula no quería moverse, los labios no hacían el vacío que debían, y el ciclo no se podía completar. Y los intentos producían unos sonidos cuando menos ridículos.

Intentó que la mano obedeciera, para taparse la boca, succionar y matar el picor, y lo hizo, pero el brazo no. A los ruidos se unieron unos movimientos que no reconocía como suyos. Y la mano terminó por caer de la camilla, a la increíble distancia de un brazo.

Tan lejos y tan cerca, su cuerpo seguía con él, pero amotinado. No respondía, o respondía mal. Todos sus intentos terminaban en fracaso. Pero ya no estaba solo.

Continuó con el espectáculo. El público de blanco reía sus gracias, y la frustración brotaba de sus ojos.

Publicado el viernes, 31 de marzo de 2006, a las 4 horas y 02 minutos

RUTINA. Despertador y sueño, o viceversa. Se levanta, sabiendo que va a morir un día más. Lo de siempre, lo de todos los días, salvo los domingos y las fiestas de guardar. Se dice a sí mismo que de hoy no pasa, que no puede seguir así. No es lo que quiere, y no tiene porqué aguantarlo. Puede dejarlo. Va a dejarlo.

Ducha, acicalado, café, cagada. Como todos los días. La voz rebelde, la voz egoísta que intenta convencerle de que deje su no-vida y empiece algo nuevo, que en realidad lucha porque no se aleje de la cama, se apaga cada vez un poco más. Lo voy a dejar, se dice, pero mañana.

Como todos los días, se aprieta la corbata, se asegura de llevar las gafas, coge el maletín, abre la ventana, sube al alféizar, da un paso, y cae.

Un día más, un día menos.

Publicado el martes, 28 de marzo de 2006, a las 4 horas y 00 minutos

ROBERTO CARLOS. En las ruedas de prensa no se habla, ni se comenta, ni se anuncia. Se comparece. Y es lo que hace Roberto Carlos, jugador del Real Madrid. Los periodistas preguntan obviedades, Roberto Carlos vomita tópicos, hasta que el espíritu de Perogrullo decide entrar en acción. Como periodista aficionado que soy, reproduzco de forma poco fiel lo sucedido:

Periodista: Se acerca el partido de la Champions entre el Barça y el Benfica. ¿Qué podría hacer el Benfica para eliminar al Barça?

Roberto Carlos: Para empezar, yo recomiendo al Benfica que gane a la ida por uno o dos goles en su campo, y a la vuelta que no pierda.

Toma. Si no hay nada mejor que dejar las cosas claras. Queda a la altura de magníficas frases también escuchadas en entornos futbolísticos como:

- ¡Si marcas empatamos! [dicha en un partido donde el equipo del orador iba perdiendo por uno]

- ¡Si entra es gol! [aplicable en cualquier contexto futbolístico, y extrapolable a muchos otros deportes]

Por suerte aún está por superar una orden dictada (en las ruedas de prensa se comparece, las órdenes se dictan) por un ex-entrenador mío durante un entrenamiento:

- ¡Juntaros por parejas de tres!



[Y Lázaro (Carreter) se removió en su tumba]

Publicado el lunes, 27 de marzo de 2006, a las 18 horas y 24 minutos

DE MADRUGADA. Sueño interrumpido, oscuridad, murmullos lejanos, la vejiga llama.

Me levanto, busco la puerta, acierto con la luz a la tercera, tres pasos, la puerta del aseo. Y me paro. Como siempre. El corazón se acelera, la respiración también, enciendo la luz, el baño parece enorme, parece que nunca llego a abarcarlo, y me preparo.

Como siempre no hay sorpresa, como siempre no hay susto, como siempre he podido abrir la puerta sin que algo me lo impidiera, como siempre no hay cadaver en la bañera, como siempre nada de sangre. Meo como siempre, me lavo como siempre, me vuelvo a dormir como siempre, tardo en lograrlo como siempre, y me despierto un par de veces por otros motivos, como siempre.

Hasta que pase lo que no pasa nunca. O hasta que nunca pase.

Publicado el domingo, 26 de marzo de 2006, a las 23 horas y 46 minutos

SUSPIRIA. Empecé a descubrir a Darío Argento casi por casualidad. Los ochenta hicieron mucho daño, y entre otras cosas, tuvieron la virtud de fagocitar a muchos de sus hijos más insignes. Sobre todo a los que les tocó en gracia destacar en el exceso exagerado de finales de los setenta y principios de los ochenta.

El caso es que Darío Argento estaba ahi, y se le quemó como se quemó una pila de vinilos de música disco en el estadio de los Yankees, y se le enterró, acusándole de hortera, vacío, repetitivo, fútil, y demás adjetivos que entroncan con los productos de rápido consumo y sin ningún interés más allá del usar y tirar.

Probablemente muchos de los adjetivos que le dedicaron y que yo he repetido, de forma aproximada y bastante apócrifa, eran ciertos. Sobre todo el de hortera. Ahora mismo estoy volviendo a ver Suspiria, y no puedo evitar alucinar con las imágenes que veo en la pantalla. Asesinatos increíbles, totalmente irreales, que tienen como único objetivo dejar una escena final lo más bella posible. Esteta, lo llamaría alguno cuando intentaba enterrarlo bien hondo.

Huye de lo real para dibujar con colores tan cargados que serían capaces de irritar a un daltónico. Esa sangre no hay quien se la crea, pero es que de eso se trata. Y la música. La música, casi tan increible como las películas, también obra suya, también excesiva, hortera, vacía, repetitiva.

Y aquí estoy yo, hortera, vacío, repetitivo, fútil, de rápido consumo, disfrutando de la compañía de Darío, de todos los detalles, de todos los colores, de los papeles pintados, los peinados, la música, la sangre de plástico, las historias irreales.

Y recomendándolo. Encarecidamente.

Publicado el jueves, 23 de marzo de 2006, a las 2 horas y 16 minutos

COSA RARA LO DE MI MEMORIA.. Suele fallarme, pero a la vez suele funcionar muy bien. Un amigo decía de mí que era la persona más estúpida que conocía, porque era la que más datos estúpidos era capaz de recordar. Buena definición.

El caso es ese, que suelo recordar tan bien como suelo olvidar. Recuerdo cosas vagas, perdidas, sin detalles, pedazos. Y como lo que no suele fallar es la imaginación, el cerebro acaba completando la información perdida. El caso es que no suele avisar, no dice qué parte era la sucedida en el mundo real y qué parte la sucedida sólo en mi cerebro. El caso es que no recuerdo que en la línea anterior había empezado con "el caso es que", y empezar dos frases iguales queda feo (no te digo nada si son tres).

No recuerdo qué escritor era famoso por las mentiras que contaba. Flota en una laguna mental, cómo no; recuerdo que era sudamericano, aunque puede que me lo esté inventando. Y este escritor se vanagloriaba de sus mentiras, de cómo recreaba lo no sucedido, porque decía que, sin duda alguna, su versión era mucho mejor que lo sucedido.

El círculo vicioso es cada vez más grande. Como cada vez recuerdo menos cosas, y cada vez las recuerdo de forma más deformada, cada vez me tomo menos molestia en acumularlas en la cabeza. Y cada vez más, relleno esos huecos con datos de los que mi amigo llama estúpidos.

Ellos, mis amigos, se ríen de mí porque siempre cuento las mismas historias, y nunca recuerdo habérselas contado. Ella, mi señora, disfruta maliciosamente escuchándome recontarlas, porque cada versión tiene cosas nuevas con respecto a la anterior. Y yo ya no me creo nada de lo que digo, pero cada vez escribo más.

Publicado el miércoles, 15 de marzo de 2006, a las 21 horas y 02 minutos

"HAY UN TRABAJO MUY CHULO, CON MUCHO ROLLO" Eso me dijo. Y seguí escuchando. Y pensé que tenía razón. "Tendrás que venirte al estudio, y tu señora si quiere también, que hay mucho y tenemos mucha prisa". Y dije que sí, y mi señora que también.

Una semana más tarde, aproximadamente, hemos asomado la cabeza fuera del agua. Una bocanada de aire fresco, la mirada hacia el fondo, y el sentimiento de que todo ha pasado demasiado rápido y demasiado lento. Tenemos que coger fuerzas, porque después del respiro continuaremos.

Y mientras tanto, nada. Nada de nada. "Llámame y nos tomamos algo" me dijo mi padre. Le contesté que sí, que me podría escapar. Meeec, error. "Sube a comer", dijo mi madre. Meeec. "Dará tiempo a hacer seis" dije a mi jefe. Al final dos y por los pelos. Y mientras tanto otro posible trabajo que se descolgó, mil clases a las que no asistí, unas cervezas, el partido, el sábado, el tiempo libre, los días de sol, el dormir más de la cuenta, el tumbarte hasta pensar que te aburres.

Bueno, hay más días que longanizas. Y echo la vista atrás y pienso que ya son demasiadas las veces que repito esas palabras. Y queda menos, siempre queda menos.

Publicado el lunes, 13 de marzo de 2006, a las 22 horas y 15 minutos

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Ilustración de Toño Benavides
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