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CORREO DE DON RAIMUNDO PASSALACQUA DESDE PANAMÁ.. Me han pasado muchas cosas desde la última vez que escribí. Algunas divertidas, otras no tanto. Lo más revelador fueron mis vacaciones en España.

Me di cuenta de que, tras un año en Panamá, había empezado a pensar como un panameño. No era consciente de que los españoles estamos constantemente enfadados, cuando un camarero te sirve un café te dedica una expresión agria como si que le estuvieses jodiendo la vida.

Además, somos escépticos y distantes. Estaba haciendo una cola interminable para comprar un billete de autobús Madrid-Burgos y, cuando llegué a la ventanilla, me topé con una morena lindísima que me despachó con una sonrisa hipnotizante. Sorprendido por la novedad después de cuatro días soportando a madrileños cabreados, le devolví la sonrisa y le dije que era un gusto encontrar a gente tan simpática realizando un trabajo monótono como el suyo. Ella cambió su sonrisa por una mirada escéptica y tuve que despedirme rápidamente para no seguir haciendo el ridículo [...].

Aún me quedan seis meses en Panamá. Quiero volver a España de una vez. He hecho todo lo que se puede hacer en este país y las excentricidades panameñas que en un principio me hacían reír ya no me parecen tan divertidas.

Bueno, el otro día presencié en vivo la pelea por el título mundial del peso mosca entre el campeón panameño Roberto El Loco Mosquera y el venezolano Luis El Inca Vásquez. Impresionante. La lucha entre el método y el talento, el temple y el instinto.

El Loco defendía su título por cuarta vez. Es un peleador de buena defensa, pegada certera y cabeza fría. El Inca es una mala bestia, un indio como de mi tamaño con una pegada brutal pero sin ninguna técnica. El Inca tenía el record guinnes: 19 victorias, ninguna derrota. Todas por K.O. en el primer asalto menos una, que fue en el segundo.

A los 10 segundos del primer asalto, El Inca tumbó al campeón. Volvió a caer en el séptimo y aguantó hasta el octavo, cuando su entrenador tiró la toalla. Ese Inca es un animal genéticamente determinado para triunfar en el boxeo, un Tyson, una Margaret Thatcher.

Me gustó mucho vivir la pelea. Sin duda, se trata de un deporte brutal y estúpido, pero desata lo más morboso de uno. Por no hablar del espectáculo: una cantante de geagge canta el himno nacional de cada país, el campeón se yergue sobre las cuerdas para mostrar el título, mujeres en el gallinero gritando ¡¡¡Mátalo!!! cuando a alguno de los combatientes les tiemblan las piernas, colombianas neumáticas mostrando el número de cada round, viejos aficionados expertos que desde su asiento comentan en voz alto cada golpe recibido por El Loco… Vamos, todo un show [...].

En fin, que ya son pocas las anécdotas que me quedan por vivir en Panamá. Empiezo a aburrirme de caminar por la selva y tomar cubatas en los mismos cinco bares. Me quiero volver.

Lo que me va a doler es el ritmo de vida madrileño: despertador, frío, metro, trabajo extenuante, metro, cena rápida y cama. Joder, en Panamá no uso el despertador, lo hago cuando me lo imponen el calor y la luz, que son más dulces que el exasperante sonido de la alarma.

En cualquier caso, quién sabe, quizá algún día vuelva a vivir en Latinoamérica. Pero probablemente ya no será en plan veinteañero.

Besos y abrazos

Raimundo Passalacqua

Publicado el lunes, 28 de agosto de 2006, a las 18 horas y 28 minutos

Ilustración de Toño Benavides
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