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TRES POR TRES. Voy a pasar dieciséis horas al día en una habitación de nueve metros cuadrados. Y sin haber cometido ningún delito. Rectifico: y sin haber cometido más delitos que casarme, engendrar un churumbel y dejar el periódico para trabajar en casa. En el presuntamente minimalista y bien equipado piso (piso: ni un pisito ni un pisazo) donde vivimos, todo es perfecto, y lo sigue siendo... a pesar de que el churu acaba de dejarme sin despacho.

Mi mesa, que allí reinaba rodeada de libros, discos y cachivaches informáticos, ha dejado paso a su cuna, su cambiador, su armarito, su... Mientras casi todos los tochos vuelven a adornar la casa de mis padres y muchos de los discos guardan silencio en el trastero, desde hoy mi mesa está castigada frente a una pared del dormitorio, pegada a la cama. Tan pegada, que apenas cabe una silla.

Ahora mismo tecleo sentado en el colchón. Pero no me importa. Me da igual. ¿Por masoquismo? No, qué va. Porque en este dormitorio reciclado continúo accediendo a la red de redes desde el ordenador más potente y caro del mercado —al menos eso me dijeron hace tres años— y a través de la conexión más fina y segura —o más rápida y segura, qué más da lo que pusieran en el anuncio donde me embaucaron—. Y precisamente porque navegando así, en pijama y legañoso, me siento orgulloso de pertenecer a la última generación de obreros postindustriales: los teletrabajadores, los cibercurrantes.

Lo tengo todo a golpe de ratón. Me parece un buen arreglo no disfrutar de vacaciones pagadas ni de pagas extras a cambio de no soportar a trepas venenosos y jefes despóticos —todos los son, y más que ninguno el que va de colega—. Soy mi propio jefe. Sí, mi propio jefe. Cuando alguien me pregunta qué tal me arreglo siempre contesto eso, con una sonrisa. A menudo hasta doy envidia.

Pero no soy más que un currito. Me exprimo como cualquier oficinista. Me da igual no tener que fichar: vivo, como y duermo delante de la pantalla de un ordenador.

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Publicado el sábado, 1 de enero de 2005, a las 19 horas y 52 minutos


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[1] Amigo Mantenido Pérez. Todos tenemos un vecino, cuatro pisos arriba o dos abajo, al que le gusta poner sobrenombres para poder distinguir a unos de los otros. Yo no me preocuparía, a no ser que note una conducta excesivamente cariñosa por su parte. De hecho, aprovechando esta confianza que me brinda, me animo a decirle que yo también soy uno de esos, o sea de los otros, vaya de los que ponen motes. Así que haga el favor de no renegar de sus vecinos que bien le quieren, porque como bien decía mi santa madre cuando llegaba del colegio llorando "no te preocupes hijo, que eso de morsa te lo dicen de forma cariñosa".
Un saludo
Comentado por el del noveno | 04/1/2005 14:31
[2] Se me olvidaba. Por cierto, no le dije antes que dibuja fatal.
Comentado por el del noveno | 04/1/2005 14:38
[3] 8x8. En mi caso la habitación es 8x8, pero me alegra leer que hay gente ahí fuera que vive de igual forma y es feliz.... ¿o no?
Comentado por David Gil | 04/1/2005 17:37






Ilustración de Toño Benavides
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