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CON LA FRENTE MARCHITA. Vuelvo como Gardel, salvando las distancias. Ni veinte años después ni con la frente marchita, pero por la misma razón: una cierta nostalgia de las palabras. Para cada ausencia hay siempre un pretexto, y la voluntad se encarga de fabricar excusas con la misma fabulosa rapidez con que la memoria las olvida. Así que no pienso dar explicaciones, porque en el pecado llevo la penitencia de tener que resumir meses de cine en un apretado balance. Me gustaron Planet Terror, puro Robert Rodríguez en un ejercicio de kitsch desaforado; La ciudad de Sylvia, que demuestra que Guerín pertenece a la rara categoría de los plastas interesantes, capaces de aburrir e intrigar al mismo tiempo, y Promesas del este, un contundente policiaco en el que Cronenberg demuestra que lo de la «nueva carne» era una etiqueta de quita y pon. Me decepcionaron Los climas, de un Bighe Ceylan tirando a pelmazo; Death Proof, en la que Tarantino desaprovecha a Kurt Russell en sesiones de aburrida cháchara «pijeril», y El romance de Astrea y Celadón, cuya morosidad es una invitación a abandonar la sala en plena orgía pastoril… y pensar que a este cronista le apasionaba el Rohmer estacional. Me entretuvo El ultimátum de Bourne y me horrorizó mucho más Caótica Ana que El orfanato, aunque no por las mismas razones. El cine español tuvo su aquel con Siete mesas… y Mata Haris, que, sin ser nada del otro mundo, al menos aportan una mirada adulta a las relaciones humanas. Y, en fin, aquí estoy otra vez, para lo que ustedes gusten.
Publicado el jueves, 8 de noviembre de 2007, a las 21 horas y 33 minutos
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