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TONI-2. ¡Vas a flipar ¡ -me dijo M-te voy a llevar a un sitio donde vas a flipar-y después de cenar me llevó al Toni-2.
Decoración de los setenta. Madera y sky rojo. Cristal, dorados y algún trabajo de forja.
Al fondo de la sala un piano de cola extraordinariamente larga, había sufrido una mutación para convertir parte de su anatomía musical en barra de bar.
-¿Que van a tomar?-nos pregunta un camarero con chaleco, de los que a todo dicen amén y te dan fuego antes de que hayas acabado de sacar el cigarro.
Nos sirve y se va. Un parroquiano, tan solitario como su traje e igualito que Luís Aguilé, lo tiene secuestrado con su charla. Está tan cerca que podemos oler el “varondandy”
El pianista terminó una pieza y en ese indiscreto y repentino silencio escuchamos:
-Yo me convertí en fiscal por no defraudar a mi madre, pero en realidad llevo un bohemio dentro de mí.
El camarero puso la mejor cara de poker que pudo encontrar (la mejor que yo haya visto nunca) mientras asentía ocultando sus emociones tras el bigote. Pensé que M iba a estallar de risa, como tiene por costumbre en estos casos, pero se contuvo y en lugar de eso puso un gesto como de ¿Qué te decía?
Apenas llevábamos quince minutos en el local y mientras el pianista atacaba “A mi manera” le contesté:
-Aquí hay que volver.
Publicado el sábado, 3 de septiembre de 2005, a las 18 horas y 53 minutos
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UN LUGAR EN EL CIELO. Una vez estuve muerto, o soñé que lo estaba, que viene a ser lo mismo.
Algo que podía haber salido bien, salió mal, siguiendo la fatalidad que marca la ley de Murphy, y acabé en el Cielo frente a Dios.
Estaba tan despistado mirando a todas partes que tardé en darme cuenta del rato que llevaba hablándome. Me había perdido algo importante así que levanté una mano en la que, no sé por qué, sostenía un boli “Bic” azul y pregunté:
-Perdone ¿Puede repetir?
-Que tus pecados te han sido perdonados y tienes un lugar en el Cielo junto a Nos-contestó una voz ronca desde una cara que parecía la de Michael Landon, el de “La Casa de la Pradera”.
A mí eso de “Nos” me dio muy mala espina porque lo había visto en una película y el que lo soltaba era el demonio.
Vino un ángel acomodador con una linterna y me llevó en volandas por encima de un interminable patio de butacas ocupadas hasta el infinito por una masa de gente extasiada en la contemplación de aquella enorme cara de Michael Landon.
Ahí es, me dijo alumbrando con la linterna una de las butacas. Entonces le pregunté:
-¿Puedo irme si no me gusta la película?
El ángel flotaba nervioso, mirando de reojo como si temiera que alguien más pudiera haber escuchado la pregunta, pero no supo qué contestar.
Publicado el miércoles, 14 de septiembre de 2005, a las 9 horas y 20 minutos
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AZAR. Estuve mucho tiempo sobre el mismo dibujo: una vaca ofreciendo todo su costado a la vista. Sin preocuparme por ninguna otra cosa. Despierto y concentrado en una tarea que acabó pareciendo más la de un relojero que la de un artista.
Me dediqué a distribuir lo más “azarosamente” posible las manchas de la piel. Primero una grande, luego un par de ellas algo más pequeñas y así hasta terminar con unos rápidos toques en las patas.
Cuando acabé no parecía la piel de una vaca. Parecía... eso: un grupo de manchas distribuidas en la piel de una vaca.
Muy lejos del azar, eran manchas puestas allí cuidadosamente una por una. Parecía una vaca disfrazada de vaca.
Me fui al ordenador. Explorer---Google---Imágenes---Vaca.
Guardé varias fotos. Abrí una en Photoshop, donde se veía la vaca de costado y seleccioné un cuadro en la zona central de su panza.
Aquel trozo de vaca, sin patas, sin cabeza, sin rabo, sin cuernos; delimitado por líneas rectas y ángulos de noventa grados, seguía siendo una vaca.
Volví al dibujo y escribí en el borde: “No imitar el azar” (Copiar quinientas veces).
No había vuelto a acordarme hasta ayer, cuando me puse a pintar una cebra.
Publicado el domingo, 25 de septiembre de 2005, a las 20 horas y 02 minutos
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UN ÚLTIMO GESTO. Me dejé caer en el sofá. Mi tío Joaquín miraba indiferente apoyado en su bastón. Crucé las piernas y uno de mis zapatos nuevos quedó a la altura de sus pensamientos.
Eran unos zapatos de los que prometen ampollas, pero yo necesitaba algo “decente” para las bodas y los entierros, según decía mi madre, y tuve que llevar los pies forrados de apósitos durante una buena temporada.
-Zapatos de muerto- me dijo bajando repentinamente de su nube de ausencia.
-Son lo suficientemente serios como para no desentonar en un ataúd-añadió.
-Si- contesté- con estos zapatos cualquier hijo de puta podría presentarse ante San Pedro y alegar con aplomo: “He sido un hombre de provecho y mi sitio está aquí”.
Pero me hacían daño y cuando poco después me fui de casa quedaron en el armario de mi habitación muertos de risa.
Pasé tanto tiempo fuera que a mi tío le dio tiempo a morirse.
Volví para el funeral y mientras me vestía busqué mis viejos “zapatos de muerto” pero no estaban. Fui al salón, donde mi familia velaba el cadáver y me acerqué al ataúd, perfectamente vestido aunque descalzo.
Allí descansaba mi tío,acunado por un coro apagado de suspiros. Las comisuras de sus labios se curvaban ligeramente hacia arriba. Parecía sonreír, salvo por el pequeño detalle de que estaba muerto.
Estás imponente tío- le dije a modo de despedida.
Mi tío y yo gastábamos el cuarenta y dos y este era el primer entierro al que yo asistía en zapatillas de deporte.
Publicado el viernes, 30 de septiembre de 2005, a las 13 horas y 36 minutos
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