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BOMB,SWEET BOMB.. Todas las noches sueño que un artefacto nuclear estalla en el jardín de mi casa.
La cosa ocurre así: Estoy disfrutando de una comida con invitados que visten prendas de colores pastel. Amigos del club de tenis que nos cuentan lo de su viaje a Indonesia.
El perro salta por una pelota que le lanzan los niños. Reímos con el sol en la cara. Pasa un avión muy alto por encima de nosotros. Suelta una bomba o se le cae, no lo sé. Viene directa hacia mi pero no tengo miedo. Me relaja ver como se acerca. Es la mejor sensación del día y entonces suena el despertador.
Vivo en el norte. Tengo un chalet de dos plantas con piscina y jardín a quince minutos del centro. Mi trabajo en un importante bufete me asegura una pasta aunque apenas me deja tiempo libre.
Mi mujer es diseñadora de interiores. Bastante atractiva físicamente. Rubia, metro setenta, bien proporcionada, se cuida.
Jugamos al tenis un par de veces por semana en un centro deportivo de nuestra zona que además organiza divertidas fiestas.
No tenemos hijos pero no lo descartamos en un futuro próximo. Para compensarlo mantenemos tres coches y un perro.
Antes leía un poco en la cama pero ahora me acuesto temprano porque madrugo mucho y he perdido la costumbre.
Duermo bien y nunca tengo pesadillas.
Publicado el viernes, 14 de octubre de 2005, a las 18 horas y 06 minutos
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CENTAUROS. Como cada mañana, los centauros se disputaban el turno de entrada en la autopista.
Uno de ellos se detuvo en el arcén buscando en su memoria cierto detalle de su infancia. Una imagen que había vislumbrado en sueños y que no quería perder.
El ruido en la carretera era demasiado intenso y no pudo recordar.
Finalmente se puso en marcha, aceleró hasta igualar su velocidad con la del resto del tráfico y se perdió en la circulación.
Publicado el lunes, 17 de octubre de 2005, a las 20 horas y 34 minutos
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OJOS QUE NOS VEN.... La casa, en el barrio más caro de la ciudad, estaba deshabitada. Tres plantas con fachada neomudéjar en ladrillo rojo y tejado pinchanubes erizado de buhardillas de las que esconden apolillados secretos de rancias familias decimonónicas.
-Es la casa de aguas- dijo alguien, pero no supo explicar por qué. Para mí estuvo claro al instante. La casa estuvo, en algún momento, esculpida en agua desde los cimientos a la veleta, en tonos azules y plateados, con las paredes acusando la vibración de la superficie de un lago en un día frío.
Nos colamos allí sin permiso, en pleno día, a través de un pequeño jardín contiguo que estaba muy descuidado.
En la casa de aguas vivía un centenar de maniquíes, apiñados unos contra otros, en pequeños grupos, tirados en el suelo, detrás de las puertas, en la cocina, en los dormitorios, en fila india a lo largo de pasillos estrechos.
Allí dormitaban en penumbra, hablándose al oído, mirando de reojo a los entrometidos, blancos y desnudos como gusanos ciegos.
En el amplio salón de la casa un grupo de ellos parecía dispuesto para un baile a oscuras y en silencio.
Algunos estaban incompletos, mancos como estatuas griegas, exhibiendo muñones de cartón piedra.
En un rincón varias cabezas nos miraban indefensas desde el suelo.
Uno de mis amigos hundió el pié en la que tenía más cerca.
-Los ojos, lo mejor son los ojos-dijo y se dedicó a destrozar el resto de la cabeza para desprender unos ojos de cristal que no sabían dónde mirar con tanto golpe.
Aquellos maniquíes con el paladar pegado a los dientes, clavados al suelo por sus tacones, con el pelo injertado creciendo áspero como un campo de trigo, con la sonrisa congelada en un perpetuo rigor mortis, imitaban en cristal inflado los más mínimos defectos del ojo humano.
Todos hicimos lo mismo y, después de un rato, sólo cuando fuimos conscientes del ruido que estábamos haciendo, cesó la matanza.
Abandonamos la casa a toda prisa, envueltos en una nube de polvo, pensando que alguien podía habernos oído.
Nadie reparó en nosotros y cuando alcanzamos la calle lo único que nos quedó fue la sensación de estar huyendo del lugar de un crimen.
Desde la oscuridad del interior de nuestros bolsillos, los ojos seguían mirando.
Publicado el miércoles, 26 de octubre de 2005, a las 19 horas y 25 minutos
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