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LIFTING MENTAL. El Dr. Martin Polte y su afamado equipo psiquiátrico berlinés han dado a conocer a la prensa el pasado viernes 29 su nueva y revolucionaria técnica de trasplante mental.
Por el momento no es posible una “migración” total de una mente a otra pero si un trasplante parcial de ideas, creencias, miedos, atavismos, odios y supersticiones de todo tipo. Resulta más fácil trasplantar emociones “destructivas” como el odio o el pánico por que están mejor definidas en el cerebro y son fácilmente detectables. Según el Dr. Polte otras emociones como el amor, la amistad, la solidaridad, el talante pacifista, están muy poco definidas en la mente y a veces no lo están en absoluto.
-La gente utiliza continuamente conceptos perfectamente volátiles y cifra sus vidas en ellos como si fueran algo que tiene un valor concreto y un significado en el que todo el mundo está de acuerdo. Hablan del amor como si fuera un número en una fórmula y no una experiencia subjetiva cuyo valor cambia tanto de una persona a otra que apenas es posible una definición - ha declarado el Dr.
Teniendo en cuenta el éxito en el campo de las emociones “destructivas”, varios ejércitos del mundo se han interesado en esta nueva técnica para “mentalizar” a sus soldados. Actualmente producir un psicópata en los cuarteles exige una inversión de tiempo y dinero que no siempre compensa al estado.
Publicado el domingo, 1 de mayo de 2005, a las 21 horas y 23 minutos
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BLOQUEO. En un cruce de carreteras cuarteadas por la desidia y la falta de recursos, encontré algunos cuadros de Kandinsky. Eran originales no reproducciones y estaban semienterrados en el barro junto con un buen número de dibujos, apuntes y cuadernos a lo largo de ocho o diez metros de cuneta.
Cuando el viejo y frío autobús me había dejado en aquella parada aún recordaba el nombre del lugar y la razón por la que estaba allí, pero al reparar en los cuadros lo olvidé por completo. Creo que era algún lugar de Rusia, no estoy seguro.
El paisaje, húmedo y silencioso, amenazaba lluvia constantemente y de las pocas y desnudas ramas de los árboles goteaban restos del último aguacero. Salvo el humo lejano de alguna granja aislada no se veía un solo signo de vida.
Los dibujos no podían salvarse los óleos quizá, con un poco de esfuerzo, aunque por el estado en que se encontraban pensé que lo mejor sería acabar el “trabajo” y destruirlos por completo.
Apilé todo el material junto con la poca leña seca que pude encontrar y le prendí fuego. Ardió mal, desprendiendo mucho humo. Era un fuego que luchaba por apagarse y las llamas se quejaban como fantasmas que se resisten a morir del todo.
Durante ese tiempo permanecí inmóvil, sentado al lado de la hoguera, vigilando el progreso del fuego por la superficie de los lienzos, fascinado por los cambios de tonalidad cuando se tragaba los diferentes colores. Todo ello acompañado por una sorda y dulce nana de alientos y crepitaciones de madera mojada.
Finalmente quedó un montón de cenizas que en algunos lugares aún conservaban la forma del extremo de un cuaderno o una rígida plancha de cartón, pero sólo eran ilusiones que cedieron al primer golpe de viento.
Llegó el autobús. Venía de vuelta unas dos horas más tarde. Curiosamente traía la misma gente a bordo y yo me senté en el mismo lugar en el que venía anteriormente. Nadie me pidió el billete.
El viejo cacharro se alejó renqueante por una carretera mal parcheada, avanzando con esfuerzo entre baches y grietas hasta que se perdió de vista.
A esa misma hora, en el otro lado del mundo, el ordenador de un descuidado internauta reiniciaba para evitar un inoportuno bloqueo, causado por la actividad de diversos tipos de virus informáticos en su sistema.
Como consecuencia de este último suceso entre sus archivos apareció uno nuevo: BURNING_ART.EXE
Publicado el miércoles, 11 de mayo de 2005, a las 10 horas y 58 minutos
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EL ECLIPSE. Llevaban tanto tiempo encerrados en casa que habían agotado los temas de conversación. Ninguno de los dos encontraba estímulo en dirigirse al otro y se escondían largas horas en sus cuartos diferentes para evitar la angustia del silencio en compañía. En las comidas, el ruido de platos y cubiertos amplificaba esa atmósfera tensa que vivían resignados, y no tardaron, incluso, evitar su propia imagen reflejada en los espejos.
Acabaron pareciéndose tanto el uno al otro como las mascotas a sus dueños y no tenían conciencia del paso del tiempo porque sus días, saturados con el mismo vacío, eran iguales en todo el año.
Salvo el día del eclipse. Ese cambio brusco e involuntario en la rutina rescató sus conciencias del pozo de indiferencia y monotonía en que se habían dejado caer. Para entonces ya vivían confinados en los puntos más alejados de la casa, recordando al otro desde la mayor distancia posible, aunque dentro de la misma prisión.
Con el eclipse llegó la idea de escapar, y se buscaron para despedirse. Al cabo de tanto tiempo, no se pudieron encontrar, porque habitaban cárceles diferentes.
Murieron solos, viejos y cansados, envueltos en harapos de melancolía que arrastraban penosamente por el suelo de sus alcobas desordenadas.
Bajo la misma lápida, les enterraron juntos.
Publicado el viernes, 13 de mayo de 2005, a las 13 horas y 36 minutos
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EVOLUCIÓN. El parque, atestado de gente, embota los sentidos con ese griterío infantil que se desplaza a ráfagas como un desorientado enjambre de abejas.
Hay tres niños por cada adulto. Madres y padres soportan a pie firme las evoluciones de sus hijos. Cada uno de ellos solícito y disciplinado como un mayordomo inglés, atentos a sus necesidades más inmediatas. Disponibles y sacrificables.
Los niños se divierten, pero el tiempo pasa.
En un momento, ese lapso de tiempo que tardas en volver la cabeza al oír un ruido a tus espaldas, transcurren varios años. Los adultos envejecen a gran velocidad. Para los niños el tiempo pasa despacio, a sesenta segundos por minuto.
Los padres parecen pensativos pero sus cabezas no trabajan más que lo estrictamente necesario para favorecer el cuidado de sus hijos. El ruido de la prole vociferante bloquea cualquier otra actividad cerebral. La naturaleza de las crías genera ese tipo de estrategias básicas para la supervivencia.
Los niños se divierten, el tiempo pasa.
Todos los adultos van cayendo muertos uno por uno, como fulminados por una maldición, ante la indiferencia del resto de pobladores del parque. No tardan en convertirse en la arena que moldea los castillos de los juegos infantiles. Los cuerpos que aúnconservan su forma primitiva se desmoronan al menor golpe de palas y rastrillos de plástico. Son diseminados por todo el arenero, transportados de aquí para allá en calderitos de colores, tan pronto acumulada en montoncitos como arrojada al viento, obligada a volar como un fantasma de barro que no tarda en caer vencido a los pies de los columpios.
Los niños se divierten pero el tiempo pasa.
Ahora crecen a ciento veinte segundos por minuto y los juguetes empiezan a quedar abandonados en los límites del parque, como barridos del escenario central, víctimas de nuevas hormonas en la sangre.
Los niños crecen y el tiempo vuela a doscientos cuarenta segundos por minuto. Pasean en grupos observándose mutuamente, primero separados por sexos, después en parejas.
Caminando sobre un piso de arena compactada de tanto ir y venir, de tanto ritual de cortejo, los niños comienzan a pensar en tener sus propios hijos.
Publicado el martes, 17 de mayo de 2005, a las 13 horas y 10 minutos
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BIG CITY. En las ciudades grandes el aire huele a goma quemada.
Burrouhgs diría: “ Como un parque de atracciones en llamas”. Un continuo enjambre de aviones y helicópteros que sobrevuelan las laderas de una montaña enorme, con edificios altos peleando por conquistar la cima para hacerla aún más alta.
De vez en cuando, el solar que deja algún viejo edificio derruido revela el esqueleto de un dinosaurio.
En la hondonada de los cimientos de la nueva casa, dos obreros con cascos amarillos comentan:
-¿Por qué se parece tanto a una excavadora?
Publicado el viernes, 20 de mayo de 2005, a las 18 horas y 26 minutos
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MALVARROSA. No era un barrio abandonado. De estar vacío el pasado hubiera hablado por él. Era un barrio olvidado. Incluso el tranvía, cuya sola mención evoca otros tiempos, parecía más un impersonal tren de cercanías.
Los antiguos habitantes habían descuidado las casas, los jardines, los colores..
Los muertos suelen olvidarse de todo el mundo.
El presente amnésico se adueñaba de todo sin esfuerzo, sin lucha. Se advertía una atmósfera opresiva y ciega porque no hay cosa que ocupe más espacio que el vacío. Remolinos de aire rubricaban los golpes de angustia. Caserones semiderruidos, paredes que sujetaban desesperadamente los adornos y enlucidos de tiempos mejores, la línea irregular de una calle recortada en escuadras bajo la luz diagonal de la tarde.
Al fondo, el mar levantaba un telón de nubes denso y oscuro, que cerraba un camino por donde quizá hubiera podido escapar nuestra ansiedad.
Sólo nos quedaba huir al interior de la ciudad nueva, recluirnos en el hotel y tratar de olvidar.
Publicado el miércoles, 25 de mayo de 2005, a las 14 horas y 36 minutos
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TORMENTA. En el metro encontré un tipo que vestía una camisa estampada con un mapa de isobaras. Parecía la pantalla del televisor a la hora del tiempo en los informativos. Los frentes fríos y los anticiclones evolucionaban desde su hombro derecho hasta su riñón izquierdo, atravesando el pecho y parte del estómago. En la espalda, una enorme espiral nubosa ocupaba casi todo el espacio.
Un pantalón vaquero, de marca indeterminada y con pinzas en la cintura, intentaba hacer juego con aquel despliegue meteorológico en tonos azules de la parte superior.
Los zapatos, tipo castellanos pero de mala calidad, (que nacieron pasados de moda) no ayudaban a mantener la coherencia del conjunto.
Llevaba un diminuto pendiente en la oreja derecha y estoy seguro que algún tatuaje para dejar claro el mensaje: “pese a todo, soy un tío moderno”.
En la muñeca izquierda, la pulsera de un pesado reloj metálico, combinaba eslabones en oro y plata que brillaban como un tesoro egipcio. La enorme piedra roja en su dedo anular, no conseguía dignificar aquella mano que sujetaba el periódico deportivo.
Intentaba transmitir un poderío económico que desmentía un poco más abajo, escapando del bolsillo derecho, un llavero de metacrilato con el anuncio de cierta marca de piezas de mecánica para el automóvil.
Allí estaba, de pié, concentrado en los goles de la jornada anterior, intentando mantener el equilibrio ante los vaivenes del tren, decidido a tener varios hijos, a votar en las elecciones, a vivir su vida al cien por cien.
Todo en él anunciaba tormenta.
Publicado el viernes, 27 de mayo de 2005, a las 12 horas y 11 minutos
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