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TRES ANIMALES.. HIERBA.
La vaca vive el prado como un arrebato místico. Un cielo de hierba es a fin de cuentas el paraíso.
La digestión, y sus placeres narcóticos son equivalentes a las levitaciones de Santa Teresa o al fuego poético más elevado.
El sentido trascendente de la digestión es algo más que un antojo para un ser en continua comunión (digestión) con su dios de clorofila.
EL TEMPLO QUE NAVEGA.
El elefante es un templo con cimientos muy fuertes. Nunca se mueve.El mundo gira bajo sus pies y él permanece en el mismo lugar mientras camina incansable hacia poniente.
Bajo el templo una cría se mueve torpe, flanqueada por cuatro poderosas columnas y un techo protector de piel rugosa.
LA SERPIENTE DE AGUA.
El agua del lavabo rebosaba cuando la descubrí. Reflejando los colores del mosaico del pasillo reptaba en busca de la puerta de la calle.
La serpiente de agua descendió los últimos peldaños en la escalera del portal y alcanzó el exterior.La seguí conminándola a volver al lavabo, pero afuera llovía y la serpiente de agua escapó fundiéndose con las calles.
Publicado el jueves, 2 de junio de 2005, a las 17 horas y 01 minutos
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SABEMOS QUE ESTÁ AHÍ. Oculto a la curiosidad de la gente y al interés de los científicos, el Bicho de Barro permanece agazapado en un rincón de la última planta del garaje subterráneo de la casa.
Después de sufrir el envite de toda la artillería de los laboratorios, quedó abandonado a su suerte. Los ordenadores no arrojaron datos inteligibles. El interrogante que planteaba su mera existencia no tenía respuesta y los sabios tomaron una sabia decisión: Olvidar.
Ahora el bicho sobrevive entre las ruedas de los coches y las manchas del aceite de los motores. Imaginamos que el ambiente le es propicio.
Nadie lo busca pero todos saben que está ahí: una caries en los cimientos de la casa arrastrando su cuerpo en tinieblas, rozando su torpe forma contra los pilares como una foca herida.
En los pisos altos la gente sigue viendo la televisión.
Publicado el lunes, 6 de junio de 2005, a las 15 horas y 43 minutos
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RUINAS. El ángel lleva toda la mañana luchando contra la montaña de escombros que se le ha venido encima mientras dormía. Ha conseguido desenterrarse a duras penas, pagando el tributo de múltiples arañazos. Aún queda por encima de él una tupida red de vigas, tabiques, ladrillos y objetos de desván que han resucitado golpeados por la violenta luz del día a raíz del derrumbamiento: un trineo, una mecedora, un armario, varias sillas, cajas... Todo ello huele como la habitación cerrada de una vieja dama, muerta hace muchos años. Una vez más el pasado llega a través de la nariz.
El ángel trata de mover sus alas doloridas entre sudor y jadeos, trepando penosamente por esa estructura ruinosa que aún lo mantiene preso.
Por fin consigue llegar a la superficie. Se pregunta como una casa tan pequeña puede producir un cúmulo de escombros tan grande. Cuando asoma la cabeza ya es de noche y el ángel, sentado sobre las ruinas, sabe que todo su esfuerzo ha sido en vano.
Publicado el viernes, 10 de junio de 2005, a las 11 horas y 49 minutos
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LABERINTO. Era un laberinto circular. En el centro, ocupando casi todo el pequeño espacio de su núcleo, un cerebro humano parecía más cautivo que oculto. Es evidente que el laberinto había crecido a su alrededor para impedir que escapara, al contrario que todos los demás laberintos, que se construyen como una fortaleza mental con el fin de proteger tesoros del asalto de ladrones y profanadores.
No tenía posibilidad de alcanzar la salida por sus propios medios y el cerebro, que no era tonto, empezó a trazar un plan de huida.
Pasó el tiempo, las nubes, el viento, la lluvia. Todo estímulo, toda novedad llegaba de las alturas, por donde el laberinto permanecía abierto en una mueca de provocación y burla.
Experimentaba con cambios de color para atraer a los pájaros e imaginaba escenas donde estos lo elevaban por los aires para sacarlo de su prisión, pero nada dio resultado hasta que enrojeció de ira. Entonces, la bandada de cuervos que descansaba en un árbol cercano, se desplazó hacia e laberinto y posados en lo alto de sus paredes comenzaron a picotear el cerebro. Cuando apenas quedaba una cuarta parte de él, casi no recordaba nada y mucho menos tenía la capacidad de comprender el alcance de su tragedia.
Los cuervos terminaron de comer y se refugiaron nuevamente entre las ramas. Dormitaban cagando sin parar hasta que un pequeño montoncito de mierda quedó depositado al pié del árbol.
El cerebro se sintió un poco extraño, no pensaba con claridad, sus planes no habían dado el resultado que él esperaba, pero estaba al fin liberado.
El árbol, que no tenía intención de dejar escapar un abono tan apetitoso, no opinaba lo mismo.
Publicado el lunes, 20 de junio de 2005, a las 11 horas y 32 minutos
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