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JIM THOMPSON REVISITED. Quien acuda a ver Una historia de violencia esperando encontrarse con una reflexión sobre el papel de la violencia en el mundo contemporáneo o sobre los problemas de la reinserción social saldrá seguramente defraudado de la sala. La última película de David Cronenberg, a diferencia de lo que han señalado algunas críticas, no supone un giro en su itinerario estético ni una retractación de sus premisas narrativas. Si bien es cierto que los virtuosismos formales se hallan aquí más moderados que en su filmografía anterior, Una historia de violencia supone un eslabón coherente en la obra apasionada y extrema del cineasta canadiense.

Su última película se inicia, como Terciopelo azul, de David Lynch —con la que comparte más de un rasgo estilístico—, con la descripción de una pacífica comunidad norteamericana que de pronto se verá sacudida por la ola de violencia desencadenada, en principio involuntariamente, por Tom Stall/Joey Cusack (Viggo Mortensen), cuyo dudoso pasado saldrá a relucir a lo largo del filme. A partir de este momento, la cinta se articula como un complejo juego de muñecas rusas basado en la ruptura de las expectativas y en la inversión sistemática de los habituales roles víctima / verdugo al que nos tiene acostumbrado el cine estadounidense. Así, el hijo de Stall acabará mandando al hospital al joven «chuleta» que le hace la vida imposible, y el protagonista se revelará capaz de terminar, él solito, con un cártel mafioso de magnas proporciones. Todos estos elementos desmienten la supuesta verosimilitud de la película y contribuyen a ubicar su discurso en los aledaños del relato hard boiled americano. De hecho, Una historia de violencia presenta abundantes paralelismos, tanto por su violencia hiperrealista como su tono de desencantado cinismo, con la negrísima narrativa de Jim Thompson.

Sin embargo, no debemos olvidar que la fuente inicial de Una historia de violencia es una novela gráfica, como ocurría con Sin City. Al igual que la película de Rodríguez, el filme de Cronenberg ofrece varias secuencias eróticas y detalles gore, aunque en proporción mucho menor que en la versión del tebeo de Frank Miller. No obstante, ambos filmes coinciden sobre todo en una definición caricaturesca de los personajes secundarios, desde su propia apariencia física. Así ocurre en Una historia de violencia con el sicario de cara quemada que interpreta Ed Harris o con el hermano mafioso encarnado por William Hurt. Estos personajes grotescos son sin duda lo más flojo de la película, sobre todo porque resultan poco convincentes como los malvados de la función. Como diría un amigo cinéfilo, es necesario recuperar a los «malos de leyenda» del séptimo arte.

En resumen, pese a sus oscilaciones tonales, en ocasiones abruptas, y a algunos trucos demasiado fáciles en su desenlace, Una historia de violencia ratifica la maestría de Cronenberg en un terreno estético propio, en que los códigos morales aparecen abolidos en aras del puro placer de la ficción. Por cierto, los mentideros cinematográficos hablan ya del nuevo filme del canadiense, una adaptación de la novela Campos de Londres, de Martin Amis. La aleación entre el talento visual de Cronenberg y el humor vitriólico de Amis promete ser explosiva. O, si no, al tiempo.


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Publicado el viernes, 25 de noviembre de 2005, a las 14 horas y 02 minutos








Ilustración de Toño Benavides
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