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DEL ESPIONAJE COMO UNA DE LAS BELLAS ARTES. Este cronista rescató el otro día, mediante el expeditivo procedimiento del autorregalo, Triple agente, la última película del prolífico, francés y octogenario Eric Rohmer. Para quienes estén acostumbrados a la elaborada espontaneidad y a los ambientes cotidianos que suele desplegar en sus ficciones este dinosaurio de la nouvelle vague, habrá de sorprenderles la incursión del realizador en el cine de género, como es el modelo del filme de espías, al que el británico John Boorman quiso dar carpetazo definitivo con El sastre de Panamá. Sin embargo, dos circunstancias atenúan la sorpresa inicial. Por una parte, Triple agente se encuadra dentro de una cadena de filmes históricos que Rohmer ha ido esparciendo, con cuentagotas, a lo largo de su ya dilatada trayectoria: prueba de ello es la reciente La inglesa del duque, que ofrecía una mirada crítica (y acaso revisionista) a la Revolución Francesa, a partir de un tratamiento de la imagen que no descartaba la utilización de medios infográficos para reconstruir el París de finales del siglo XVIII. Por otra parte, el último filme del realizador comparte la habitual carga teatral y la vocación discursiva que subyace a todo su celuloide. En suma, una vez aceptadas las reglas del juego —una película de espías ambientada durante los años cercanos a la II Guerra Mundial—, la novedad que aporta Triple agente es bastante relativa.

Como en todo Rohmer que se precie, la parte del león del metraje se la llevan los diálogos, en apariencia triviales y cotidianos, que entablan los principales personajes del filme: un ruso blanco exiliado en París tras la revolución bolchevique, su mujer griega, y unos amables vecinos autóctonos simpatizantes del partido comunista. Asimismo, para otorgar un mayor dinamismo al relato, y para ofrecer una demarcación histórica precisa, el director intercala abundante material de archivo, que expone la situación política francesa desde la década del veinte hasta comienzos de la del cuarenta, desde el triunfo del Frente Popular hasta la ocupación de los nazis. Por lo demás, la película hace gala de una sobriedad casi espartana, pues toda ella está rodada en interiores y en decorados poco suntuosos. Además del consiguiente ahorro en vestuario y atrezzo, esta opción supone una decidida apuesta de índole cinematográfica: el deseo de sacrificar toda ambientación histórica en aras de una dramaturgia desnuda, de manera que el oropel de la ambientación no eclipse el desarrollo argumental, como sucede con tantos filmes de época.

No obstante, hemos de reconocer que este programa acaba determinando excesivamente las propias posibilidades estéticas del filme, muy supeditado al contenido histórico (y tal vez demasiado didáctico) que sirve de trasfondo a la película. Aunque Rohmer sabe sacar partido de las ambigüedades y vericuetos psíquicos de los protagonistas, se echa en falta una mayor variedad en las situaciones y un mayor esfuerzo por ahondar en las claves narrativas del relato, más allá de sus condicionantes ideológicos. Es cierto que el minimalismo le ha dado a Rohmer excelentes resultados en algunos de sus filmes de ambiente contemporáneo —pienso sobre todo en esa pequeña obra maestra que es Cuento de verano—, pero esta propuesta no acaba de cuajar en un género tan codificado como es el cine de espías. Así, el desenlace de la narración, que tiene el buen gusto de no resolver buena parte de los enigmas que el filme planteaba, se antoja precipitada, habida cuenta de la parsimonia, un tanto exasperante, que Rohmer había demostrado hasta el momento. Woody Allen decía que ver una película de Rohmer era como observar cómo crece una planta. Pues bien, uno ha de confesar que, pese a algunos logros, esta vez a Rohmer le ha salido un bonsái.

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Publicado el viernes, 6 de mayo de 2005, a las 14 horas y 47 minutos








Ilustración de Toño Benavides
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