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GLUB, GLUB, GLUB. Hace unos pocos años, Wes Anderson se dio a conocer con dos películas peculiares: Rushmore, que parodiaba las habituales comedias sentimentales universitarias, y, sobre todo, Los Tenembaum, un gozoso ejercicio de estilo que contenía, bajo una pátina de insondable tristeza, algunas de las secuencias más hilarantes que este cronista recuerda haber visto en los últimos años. Con estos precedentes, Anderson promete en Life Aquatic un triple salto mortal sin red. Lo malo es que, como en las viñetas de los tebeos, esta vez el nadador se lanza de cabeza a una piscina vacía. Y, aunque el espectador agradece el riesgo asumido, no puede evitar la sensación de fiasco ante un filme francamente descalabrado.

Y es que a Anderson le sale mal todo lo que en sus anteriores películas lograba sin aparente esfuerzo. Para empezar, el precario equilibrio entre el trasfondo amargo y la brillantez de los gags que mostraban sus obras previas se resuelve ahora en un planteamiento híbrido que ni llama a la compasión por los personajes ni, desde luego, mueve a la sonrisa. Además, el realizador, consciente acaso de la debilidad de sus materiales dramáticos, inserta numerosas subtramas —la parodia de Moby Dick, el episodio de los piratas, el pastiche biográfico de Cousteau— que no llegan a cuajar en ninguna tonalidad concreta más allá de la atmósfera desangelada que preside toda la película. Para colmo, Anderson desaprovecha un elenco actoral de primera, desde un Bill Murray perdido en las profundidades abisales del celuloide hasta un Jeff Goldblum que pasaba por allí, una Anjelica Huston en pleno ejercicio de abulia o un Owen Wilson tratando desesperadamente de ser divertido (qué lejos, ay, de su papel de escritor de novelas del oeste en Los Tenembaum).

En el cine hay películas malditas por razones que exceden a lo meramente fílmico y otras que llevan el germen del fracaso en su propia premisa argumental. Life Aquatic es un ejemplo paradigmático de esto último. No sólo no se entiende qué ha movido a Anderson a rodar este film (lo que no deja de ser un inconveniente), sino que uno ni siquiera es capaz de dilucidar, después de soportar estoicamente casi dos horas de tabarra submarina, qué cuenta la película (lo cual es aún más grave, pues no vale aquí el recurso posmoderno de que el filme «no cuenta nada»). En definitiva, este cronista se queda con las ganas de saber si el director intentaba homenajear los filmes de aventuras al estilo de las novelas de Julio Verne, hacer una comedia «gamberra» sin más pretensiones o desmontar dios sabe qué códigos discursivos. De semejante desaguisado sólo se salvan dos imágenes: el «travelling» por los camarotes del barco (un ejemplo de inventiva visual) y las versiones de David Bowie a ritmo de bossa nova que canta el corifeo del relato. Magro balance para un filme que, queriendo hacerse eco de cierto humor del absurdo, ha lanzado por la borda el humor y se ha quedado anclado en el absurdo.

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Publicado el jueves, 7 de abril de 2005, a las 19 horas y 50 minutos


[1] Pelé dos Santos... y su miel.
Comentado por Ues egroj | 07/4/2005 20:15
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