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EL PLANETA IMAGINARIO. Desayuno en Plutón, la última película del irlandés Neil Jordan, podría interpretarse como un intento de regreso al lugar del crimen o, en este caso, a la geografía del filme que le dio prestigio internacional: Juego de lágrimas. No en vano, ambas cintas comparten un mismo trasfondo sociopolítico —la lucha armada en el Ulster— y esconden en sus fotogramas una reflexión sobre la transexualidad y el travestismo. Sin embargo, Desayuno en Plutón carece de los golpes de efecto que salpicaban la trama de Juego de lágrimas. Al contrario, la porosidad onírica de su última obra la acerca a la que en opinión de este cronista era la mejor película de Jordan hasta la fecha: The butcher boy, traducida en nuestro país, de manera bastante eufemística, como A contracorriente. No es casual que tanto The butcher boy como Desayuno en Plutón tomen su inspiración de sendas novelas de Patrick McCabe. Tampoco le extrañará a quien haya visto la primera la peculiar perspectiva y la atmósfera fantástica que pautan el discurso de Desayuno en Plutón, aunque ahora Jordan prescinda de la truculencia un punto macabra de la anterior.

Los fotogramas de Desayuno en Plutón contienen un original relato de aprendizaje que ofrece una mirada exenta de prejuicios sobre la sociedad de los últimos treinta años en Irlanda e Inglaterra. Sin embargo, la película de Neil Jordan se sustenta en una habilidosa trampa narrativa: el espectador ve el mundo a través de los ojos del protagonista y de la sistemática deformación de la realidad que éste lleva a cabo. Así, todos los elementos del relato se someten a un proceso de ficcionalización basado en dos claves argumentales que determinan el periplo del personaje: la búsqueda compulsiva de su madre y la conciencia de su inadecuación sexual. A partir de esta premisa, Desayuno en Plutón constituye a un tiempo una irónica revisión de las utopías hippies de los setenta y una expresa reivindicación de la libertad en una sociedad demasiado preocupada por asuntos «serios» —como testimonia la insistente presencia del IRA— que sólo conducen a soluciones trágicas.

Sin embargo, la película de Jordan es también una suerte de novela picaresca que se construye alrededor del paso del narrador por distintos oficios —cantante, animador infantil, ayudante de un mago, estrella en un peep show— y su servicio a diversos «amos» —con los rostros de Brendan Gleeson o Stephen Rea— en el lado oscuro del Londres swing inventado por el cine y la literatura. En este contexto, el efecto irónico de los fotogramas proviene en buena medida de la distancia entre la fabulación optimista del narrador y la crueldad del universo urbano circundante (véase la escena de la caseta en el bosque, donde Jordan retoma el pulso de magistral cuentista infantil que demostró en cintas como En compañía de lobos). Al final, el protagonista encontrará su catarsis personal en un desenlace poco convencional y no exento de cierta dosis de amargura.

Pero Desayuno en Plutón no sería la magnífica película que es sin su impecable recreación de época —su excelente fotografía y su significativa selección musical— y sin la asombrosa interpretación de Cillian Murphy, que consigue convencer al espectador de su evolución de muchacho irlandés a mujer londinense. Concebido a la vez como metáfora múltiple y juego de espejos, el último filme de Neil Jordan es probablemente el mejor de un realizador que tiene en su dilatada trayectoria interesantes frescos históricos —Michael Collins—, ascéticas piezas de cámara —El fin del romance— y auténticas obras de orfebrería dramática —Juego de lágrimas—. Ahí es nada.

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Publicado el lunes, 4 de septiembre de 2006, a las 13 horas y 21 minutos








Ilustración de Toño Benavides
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