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LA FE (1). El fin de semana que acaba de terminar, este cronista ha retomado su práctica habitual de las dobles sesiones, acomodándose, eso sí, a la laxitud de los horarios estivales. La selección ha sido United 93, de Paul Greengrass (la crítica, a continuación), y La joven del agua, de M. Night Shyamalan (la crítica, muy pronto). Más allá de los extraños caprichos de la distribución y de la tonalidad casi antagónica de ambas películas, resulta curiosa la coincidencia en el tema subyacente en los dos filmes: nada menos que la fe, aplicada al escenario trágico de los atentados terroristas del 11 S (en el primer caso) y a una fábula de neto regusto posmoderno (en el segundo).

En la mejor escena de United 93, un montaje paralelo muestra a los pasajeros y a los secuestradores rezando, en distinto idioma y a distinto dios, por conseguir lo contrario: salvarse o estrellar el avión en la Casa Blanca. El espectador sabe que ninguno de ellos alcanzará su objetivo, pero Greengrass dilata el citado momento para lograr una tensión casi insoportable. Al fin y al cabo, eso es lo que propone United 93, una reconstrucción en clave documental de lo que sucedió en el último avión secuestrado el 11 de septiembre de 2001. Para ello, el director apenas se entromete en motivos psicológicos, no se esfuerza por juzgar a sus personajes y no indaga en las causas que conducen al trágico desenlace. Al igual que en el antiguo cinéma vérité, Greengrass utiliza la cámara como un testigo de la realidad o de un simulacro muy próximo a lo real.

Sin embargo, la frialdad objetivista que envuelve los fotogramas no renuncia al efecto dramático que United 93 consigue al convertir al espectador en un pasajero más de su vuelo, siguiendo la técnica «interactiva» que Spielberg desarrolló en el desembarco de Normandía al inicio de Salvar al soldado Ryan. De hecho, la labor de voyeurización a la que se ve sometido el espectador está a punto de anular cualquier posible reflexión crítica. Una vez asumida la premisa argumental, éste acaba preguntándose qué clase de ejercicio masoquista le ha llevado a participar en una película donde se agradecen los intentos del realizador por «airear» la trama, ya sea mediante el reflejo la inoperancia de unas autoridades que se vieron sobrepasadas por la magnitud de lo sucedido, ya sea a través de la mirada de los trabajadores que contemplan estupefactos los impactos en las Torres Gemelas. Pero no hay que buscarle una pata menos al gato. Pese al ascetismo de la puesta en escena y al deseo de escapar a toda posible tentación de ficcionalizar lo ocurrido, United 93 tiene menos de auto sacramental laico que de tragedia. Así, los pormenores del embarque, las conversaciones triviales o las indicaciones de las azafatas se convierten en gestos ritualizados al servicio de la escenificación del drama. Tampoco la finalidad de la película de Greengrass se distancia de la de la tragedia clásica: hacer de la representación del dolor un medio de catarsis colectiva.

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Publicado el lunes, 28 de agosto de 2006, a las 13 horas y 52 minutos








Ilustración de Toño Benavides
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