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HOLLYWOOD EN SUS MANOS (7 Y 2/2): GUS VAN SANT. Ante la ausencia de estrenos dignos de reseñar al cinéfilo no le queda otra que refugiarse en la memoria, esa moviola íntima donde el pasado adquiere la frágil densidad del celuloide. Hoy terminamos nuestro repaso a los directores del Hollywood actual con uno de los realizadores más veteranos de nuestro diccionario.

VAN SANT, Gus: Este americano con alma de beatnik debutó con Mala noche, pero obtuvo su primer éxito con Drugstore Cowboy, mirada nada complaciente al mundo de la droga. Huyendo tanto de la fascinación como de la sordidez, Drugstore Cowboy demostró la rara cualidad de la coherencia sobre un tema tan espinoso. Un cameo de William S. Burroughs con sotana corroboraba el extraño equilibrio de un filme que conseguía escapar de la demagogia y de la trivialidad. Alejándose en cierta medida del tono realista de su primer filme, Van Sant entró en el terreno pantanoso del new queer cinema con Mi Idaho privado y salió ileso de la experiencia. A pocos se les habría ocurrido el atrevimiento de rodar una película sobre la amistad y la traición ambientada en un universo donde los chaperos recitan largos parlamentos del Enrique V de Shakespare —no en vano, el bardo inglés aparecía acreditado como dialoguista adicional—. Unos jóvenes Keanu Reeves y River Phoenix se encargaron de ponerle una aureola de mitología pop a la película. Algo menos inspirado se mostró Van Sant en sus posteriores entregas, la road movie psicodélica Ellas también se deprimen y el thriller perspectivista Todo por un sueño, con Nicole Kidman en un implacable papel de mala malísima. Con todo, lo peor aún estaba por llegar. La debacle tuvo lugar con El indomable Will Hunting, revisión adocenada y cursi de El club de los poetas muertos perpetrada por el insufrible tándem Matt Damon / Ben Affleck y a la que daba la puntilla la interpretación autoparódica de Robin Williams. Saludado por los más optimistas como paradigma de la mirada posmoderna, el remake de Psicosis repetido plano por plano arruinó el prestigio del realizador y puso de relieve la genialidad de Hitchcock por la vía del plagio descafeinado. Cuando parecía que Van Sant había alcanzado la cumbre de su mala fortuna resucitó con Descubriendo a Forrester, drama acaso blando y previsible, con uno de esos desenlaces apoteósicos tan del gusto de Hollywood, pero donde se advertía la honestidad de contar una buena historia sin imposturas. Pocas veces Sean Connery estuvo tan acertado como en su recreación de un Salinger doméstico, más cascarrabias que displicente. Seguro de haber desembocado en un callejón sin salida, Van Sant optó por una huida hacia adelante mediante la recuperación del experimentalismo de sus primeros filmes. Así lo puso de relieve en Gerry y en Elephant, que ganó una discutida Palma de Oro. Pese a que su reivindicación del plano secuencia tenía algo de redescubrimiento del Mediterráneo, Elephant distaba mucho de ser el timo de la estampita posmoderna que denunciaron sus detractores. La aparente objetividad y la fría distancia de la película provocaba que algunos nostálgicos añorásemos la mínima adhesión sentimental de Drugstore Cowboy, pero no restaba méritos a su peculiar indagación en la masacre de Columbine. Más cerca del ascetismo cinematográfico de Warhol que del exhibicionismo de Michael Moore, Elephant abría una senda por la que Van Sant ha transitado también en su último filme. Last Days, aún inédito en nuestras pantallas, gira en torno a otro mito contemporáneo, el del cantante Kurt Cobain. El nuevo Van Sant, rastreador de imágenes precisas que privilegia la iconografía sobre la narración, no ha conseguido que el cinéfilo borre de la memoria sus primeros logros, pero nos recuerda que el cine ha sido siempre una fábrica de leyendas.

Y, por el camino, han quedado en el tintero algunos nombres que rescatamos aquí, en la recta final y en estricto orden alfabético: Paul Thomas Anderson, excesivo y excéntrico en Magnolia y Punch Drunk Love; George Clooney, actor-reportero de la sección de investigación en Buenas noches, y buena suerte; Michael Gondry, jefe de operaciones al servicio de Charlie Kaufman en Olvídate de mí; John Lasseter, mago de los dibujos animados de la factoría Pixar; Alexander Payne, brillante sumiller de Entre copas, y Alex Proyas, demiurgo de las fantasías de Dark City y Yo, robot. A todos ellos, y a algunos otros que no caben en este reducido inventario, les pertenece el futuro de Hollywood. Ahí es nada.

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Publicado el jueves, 29 de junio de 2006, a las 21 horas y 20 minutos








Ilustración de Toño Benavides
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