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¿QUIÉN TEME A DA VINCI?. El código Da Vinci es una película a la que el crítico no puede enfrentarse a pecho descubierto, so pena de sufrir las iras de los acérrimos defensores y el azote de los detractores de la nueva mitología leonardiana. Es El código Da Vinci uno de esos raros casos en los que se exige del espectador que haya sido lector, y del lector que se convierta en implacable crítico de celuloide. Vaya por adelantado, pues, que quien esto escribe no ha leído la novela en la que se inspira el filme de Ron Howard, acaso más que nada por desidia. Y es que a uno no le apetece arriesgarse por los vericuetos de los folletines new age, por muy entretenidos que sean, cuando aún no ha recorrido las sendas seguras de esos autores a los que se puede volver una y otra vez, como quien regresa a la casa familiar. Y, puestos a hacer sociología, a este cronista tampoco le inspira demasiada confianza la mirada de perpetua satisfacción de Dan Brown, un señor con pinta de catador de vinos de Wisconsin o de agente inmobiliario de Oklahoma al que de repente le ha tocado el premio gordo en un casino de Nevada.

Después de este brindis al sol, uno puede disponerse ya a opinar sobre la versión fílmica de El código Da Vinci, una película que se podría despachar sin mayores quebraderos de cabeza con un par de adjetivos: amena y rutinaria. Ron Howard es un viejo roble de la industria hollywoodiense que conoce los entresijos de la carpintería cinematográfica, tiene madera de artesano y posee las tablas suficientes para evitar naufragios absolutos. Pero al roble Howard los demás árboles le impiden a menudo ver el bosque. Así, El código Da Vinci tropieza con todos los escollos previsibles: una realización plana, una mirada europeizante tirando a pintoresca, una intriga sostenida mediante sucesivos golpes de efecto y un trazo más que grueso en la pintura de caracteres. Pero no hay que olvidar que nos encontramos en el ámbito del cine de entretenimiento. Desde esa perspectiva, El código Da Vinci deja una sensación agridulce. Por una parte, es justo reconocer la pericia y buen pulso de Howard a la hora de rodar persecuciones y desvelar enigmas (las escenas que transcurren en la mansión de Ian McKellen, tal vez lo mejor de la película). Por otra, se echan en falta un mayor dominio de la elipsis (el lamentable flash back que explica cómo Hanks y Tatou salieron del avión en Londres) y, sobre todo, unos malvados a la altura de las circunstancias. Ni un hierático Alfred Molina ni el ridículo personaje de Silas consiguen aproximarse siquiera a la dimensión amenazante que requerían sus siniestros papeles. Al contrario, más bien se despeñan por los derrumbaderos de la opereta y el tebeo.

Por último, la polémica religiosa suscitada por la película se revela un simple problema de miopía. En El código Da Vinci, muy pocos aspectos invitan a una reflexión seria. Howard mantiene siempre una respetuosa distancia con los hechos religiosos, y los personajes negativos del clero no aparecen menos ficcionalizados que si se tratase de los míticos templarios. Tampoco la hipótesis central resulta subversiva u original. De hecho, Abel Ferrara ha ahondado en ella en su reciente Mary, todavía inédita. En definitiva, la aséptica transposición al celuloide de El código Da Vinci remite al género de las aventuras gráficas de ordenador, tan entretenidas como olvidables. Lástima que Dan Brown no haya topado con un Spielberg tras las cámaras. En cuanto a Howard, cada vez más cercano a un burócrata del séptimo arte, rogaremos que la Magdalena le guíe por buen camino. El de Willow, a poder ser.

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Publicado el lunes, 5 de junio de 2006, a las 17 horas y 54 minutos


[1] Nada que decir del Código de marras, pero te voy a dar una pasadita de jabón: cada día escribes mejor, cabronazo. Un día me haré de oro subastando en ebay tu correspondencia en verso...
Comentado por Mitxo | 09/6/2006 11:39






Ilustración de Toño Benavides
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