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CINÉMA VÉRITÉ. El estreno de Camino a Guantánamo, del incombustible Michael Winterbottom, demuestra la proliferación en los últimos tiempos de películas que mezclan los recursos estilísticos del documental, la ficción y el reportaje periodístico. Parece que el fantasma del «género híbrido», que hasta hace poco recorría la narrativa contemporánea, es igualmente permeable a la seducción de la literatura y a los engranajes del celuloide. No es de extrañar, por tanto, que algunos cineastas hayan encontrado en la mezcla de géneros (o en su disolución) el molde discursivo idóneo para reflejar el caos de la realidad actual. Esa voluntad de abarcar el presente con una mirada plural, mestiza, es lo que distingue al filme de Winterbottom de tentativas similares, como las belicosas películas de Michael Moore. Mientras que Moore subvierte las leyes del documental al incluirse a sí mismo como personaje, Winterbottom dinamita las barreras entre documental / no documental gracias al solapamiento de diversos registros. Valiéndose de entrevistas, materiales de archivo, recreaciones ficticias y voz en off, el realizador británico fabrica un peculiar mosaico sobre la piel de los acontecimientos inmediatos. Y precisamente ahí radica la diferencia entre el exhibicionismo algo histriónico de Moore y el «apasionado objetivismo» de Winterbottom.

Camino a Guantánamo prolonga el dispositivo formal de otras películas del director inglés, como 24 Hour Party People. No obstante, lo que en su disección de la «movida» musical británica era distanciamiento irónico, aquí se transforma en empatía hacia los personajes, apenas velada por el tono neutro de la narración. Tampoco el formato de denuncia es nuevo para Winterbottom, que ya lo había cultivado en In this world y en la parábola distópica Código 46. Bajo la protección del «basado en hechos reales», Camino a Guantánamo desgrana el «sendero de perfección» que atraviesan sus protagonistas de prisión en prisión, de tortura en tortura, de interrogatorio en interrogatorio, sin escatimar detalles truculentos ni inesperados apuntes de humor negro. Desde su perspectiva de testigo implicado, Winterbottom extrae imágenes contundentes y precisas que reconstruyen el itinerario de los protagonistas con singular minuciosidad descriptiva.

Los detractores del cinéma vérité no lo tienen en esa ocasión tan fácil como otras veces. Es cierto que a Camino a Guantánamo pueden censurársele la excesiva identificación del realizador con sus personajes y la particularidad del caso reflejado, pero sólo los muy recalcitrantes le achacarán también la servidumbre a intereses electorales o el maniqueísmo en la definición de caracteres. No en vano, en la pantalla conviven durante hora y media la compasión con la crítica, la ira con el absurdo, la razón con la insensatez, el dolor con las ráfagas de solidaridad. Tal vez Camino a Guantánamo no sea una película imprescindible, porque uno puede prescindir de casi todo, pero desde luego es una película necesaria en una época en que el telediario se ha convertido en la producción más terrorífica de la cartelera.

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Publicado el lunes, 29 de mayo de 2006, a las 13 horas y 41 minutos








Ilustración de Toño Benavides
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