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CABALGANDO HACIA LOS OSCARS (Y 7). Y, como lo prometido es deuda, este cronista procede sin mayores dilaciones a la crítica de Capote. Uno de los numerosos aspectos equívocos de un filme bastante proclive a los trampantojos es su propio título. De hecho, el apellido del personaje protagonista parece sugerir que el espectador va a enfrentarse a una biografía del polémico escritor Truman Capote. Pero no. La película de Miller se circunscribe a la etapa de seis años (de 1959 a 1965) en los que el escritor anduvo enfrascado en la escritura de su libro-reportaje A sangre fría, piedra angular del moderno periodismo literario. Otra de las expectativas de cualquier espectador que se acerque inocentemente a la sala de cine sería que la película se demorase en el falso glamour de finales de los años cincuenta, abordase la difícil relación del escritor con algunos de los iconos del star system hollywoodiense y retratase sus problemas de dependencia del alcohol y las drogas. Tampoco. En realidad, el Capote que surca los fotogramas de la película tiene poco que ver con la imagen canónica de las «películas de artista», aunque a veces su comportamiento infantil recuerde al Amadeus de Milos Forman. El fatigado espectador de las primeras líneas se conformaría con que Capote propusiese un análisis de las dificultades de la labor creativa, de las filias y fobias del escritor, de la ansiedad que supone trabajar con los frágiles materiales del presente inmediato. Entonces, una vez más, nuestro espectador saldría defraudado.

Llegados a este punto, cabría preguntarse: ¿de qué habla Capote? Simplemente, del caso real que inspiró A sangre fría. A quien entre en la sala le corresponde dilucidar si hacían falta tantas alforjas para rodar los pormenores de una investigación que ya filmó con escrúpulo documental Richard Brooks en su adaptación homónima del libro del autor. Por lo demás, pese a su sobria puesta en escena, Capote tiene algo de trabajado ejercicio de manierismo estético que aporta poco tanto al cine de investigación como a la biografía del escritor. En busca de un tono mestizo que satisfaga las expectativas de espectadores diversos, Miller fracasa en los distintos frentes en los que interviene. Ni siquiera la muy «oscarizable» interpretación del habitualmente excepcional Seymour Hoffmann logró convencer a este cronista. Con su proliferación de tics a lo Actor’s Studio, Hoffmann convierte a Capote en un ser tan ridículo que parece imposible que se le atribuya la genialidad que le concede el filme. Y ése no es un defecto menor en una película que depende esencialmente de la credibilidad de sus personajes.

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Publicado el miércoles, 1 de marzo de 2006, a las 14 horas y 36 minutos








Ilustración de Toño Benavides
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