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BLACKVILLE. Una de las peores cosas que le pueden suceder a un buen cineasta es que una mañana amanezca creyéndose un genio. Y eso parece haberle ocurrido al danés Lars Von Trier, que, después de jugar a ser un Dreyer posmoderno, se metió en camisa de once varas con el movimiento Dogma —aunque en su marco realizó la que acaso sea su mejor película, Los idiotas— y actualmente se halla embarcado en el rodaje del último capítulo de una trilogía que pretende nada más y nada menos que revisar la historia americana contemporánea.

Después de Dogville, donde una sufrida Nicole Kidman encarnaba a Grace, metáfora un tanto obvia de la propia América, ahora se estrena en nuestras pantallas el segundo eslabón de dicho proyecto: Manderlay. Por el camino, han abandonado la Kidman, sustituida por Bryce Dallas Howard, y James Caan, reemplazado por un Willem Dafoe que no resta hieratismo al personaje, pero que añade sus tics interpretativos habituales. Por lo demás, a Manderlay se le pueden achacar los defectos habituales en las segundas partes de cualquier filme contemporáneo, ya que, más que una continuación, se concibe como un remake de Dogville, si bien ahora el tema principal de la película parece ser el racismo. Y digo parece ser porque, después de dos horas y media de proyección, a este cronista le resultó bastante confuso el propósito de la cinta.

El caso es que Manderlay ya no cuenta con el factor sorpresa de su predecesora ni con el asombro inicial que causaba la teatral puesta en escena de Dogville. Pese a que su envoltorio estético no resultaba plenamente original —recuérdese desde el famoso Marat-Sade de Peter Weiss hasta la interactiva Las maletas de Tulse Lupper, de Peter Greenaway—, Dogville tenía al menos el mérito de acotar un territorio cinematográfico propio, que parecía beber de las técnicas de distanciamiento que imponía a su dramaturgia Bertolt Brecht. Sin embargo, cuando uno se habitúa al escenario, exige un argumento, unos personajes de carne y hueso y un componente de denuncia social que Von Trier no está dispuesto a ofrecer. Frente al racismo que pervive todavía en ciertas comunidades estadounidenses, el realizador se conforma con un titubeante discurso abstracto que, para empeorar las cosas, no puede ser más ambiguo. Si seguimos la senda que traza Von Trier, al final de la película el espectador sale convencido que, debido a la «mala educación» recibida por la sociedad, el único futuro que puede desear un negro es la esclavitud, puesto que por naturaleza es maleable, engañoso y sumiso. Probablemente ése no sea el mensaje que Von Trier pretende transmitir, como subrayan las imágenes de archivo que incluye como colofón del metraje, pero si asumimos el carácter de parábola que preside la cinta resulta difícil alcanzar otra conclusión.

Al fluctuar entre la dramaturgia experimental, el discurso ideológico y el mero espectáculo de ficción, Von Trier fracasa en todos los terrenos. Ni simple ejercicio artístico ni reflexión social medianamente trabada, Manderlay avanza desde sus prometedoras imágenes iniciales hacia un abismo del que sólo es culpable la dictadura autoimpuesta por el realizador. Así, lo que en Dogville era un intento fallido, aquí alcanza ya cotas de absurdo e involuntario ridículo (véanse las referencias a las pulsiones sexuales de Grace). Si no fuese por su sordidez ambiental y por la seriedad del tema que aborda, en ocasiones uno creería asistir a la representación de una obra de Jardiel Poncela, con Danny Glover como uno de esos personajes obsesivos y desquiciados que tanto le gustaban al autor español. Tras el cilicio de Manderlay, este sufrido espectador sólo desea formular una petición: que Von Trier vuelva a ser el émulo resabiado de Dreyer que solía ser, o que al menos ningún productor esté dispuesto a financiar la tercera parte con la que amenaza.

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Publicado el viernes, 17 de febrero de 2006, a las 17 horas y 25 minutos








Ilustración de Toño Benavides
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