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MADRE NOCHE (I). INTRODUCCIÓN.. Este es el único de mis relatos cuya moraleja conozco. No creo que sea una moraleja extraordinaria. Sólo que en esta ocasión sé cuál es: somos lo que aparentamos ser, así que debemos tener cuidado con lo que aparentamos ser.
[...]
Poco después estalló la guerra. Tomé parte en ella y me hicieron prisionero. Por consiguiente, tuve ocasión de ver algo de Alemania, desde dentro, mientras la lucha proseguía. Como era soldado raso tuve que trabajar para subsistir, de acuerdo con los términos de la Convención de Ginebra. Lo cual, bien mirado, me hizo más bien que mal. [...] Tuve oportunidad de viajar a una ciudad, Dresde, y de observar a su gente y lo que hacían.

Nuestro grupo particular de trabajo contaba con unos cien hombres, y nos emplearon en una fábrica, como asalariados. [...] Y la ciudad era hermosa, ornamentada en extremo, como París, y respetada por la guerra. Se suponía que era una ciudad "abierta", es decir, una ciudad que no podían atacar porque no mantenía industrias bélicas ni concentraciones de tropas.

Pero en la noche del 13 de febrero de 1945, aviones norteamericanos y británicos arrojaron explosivos de alto poder sobre Dresde. En el momento en que escribo esto han transcurrido unos veintiún años años desde aquel bombardeo. Las bombas no perseguían objetivos concretos. Se esperaba crear con ellas un enorme incendio que obligara a los bomberos de la ciudad a guarecerse en los refugios subterráneos.

Y con esa idea se arrojaron cientos de miles de bombas incendiarias, como semillas esparcidas sobre la tierra recién arada, sobre todo lo que era combustible. Después se arrojaron más bombas para mantener a los bomberos en sus agujeros, y todos los focos de incendio crecieron, se unieron, se convirtieron en una gigantesca llamarada apocalíptica. ¡Imaginen ustedes! Una tempestad de fuego. Entre paréntesis, fue la matanza más grande de la historia europea. ¿Y qué hay con eso?
[...]
La fábrica de jarabe malteado había desaparecido. Había desaparecido todo, excepto los refugios antiaéreos, donde 135.000 Hánseles y Grételes habían quedado horneados como bizcochos de jengibre. Nos asignaron la tarea de mineros de cadáveres, con la misión de romper los refugios y extraer los cuerpos. Y pude ver entonces muchos tipos de alemanes, de todas las edades, tal como los había sorprendido la muerte; por lo general con objetos de valor en el regazo. A veces los familiares de las víctimas se acercaban a contemplar nuestras excavaciones. También ellos resultaban interesantes.

Bien. Es suficiente en cuanto a los nazis y a mí.

Si hubiese nacido en Alemania, supongo que habría sido nazi, habría liquidado a judíos y gitanos y polacos, habría dejado botas sobresaliendo en montículos de nieve y me habría reconfortado con mis propias entrañas, secretamente virtuosas. Así suele suceder.

Pero hay otra clara moraleja en este cuento, ahora que lo pienso: cuando uno está muerto, está muerto.

Y todavía se me ocurre una tercera moraleja: hagan el amor cuando puedan. Les sentará muy bien.




Madre noche, Kurt Vonnegut.

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Publicado el viernes, 29 de diciembre de 2006, a las 13 horas y 02 minutos


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[1] ¿Cuando puedan, o cuando quieran? ¿Querer es poder, o más bien poder es querer? ¿O cuando se puede se debe querer?
Comentado por Casado | 29/12/2006 22:17
[2] Pues. Para mí la mejor combinación es cuando se pueda y se quiera. Hay veces que se convierte en un problema de combinatoria, porque son 2 factores y 2 individuos (hablo del acto estándar, por supuesto), y tienen que coincidir en el tiempo y en el espacio.
Comentado por fotocopiado | 31/12/2006 01:13






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