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TIEMPOS MODERNOS. Por la tarde, a las cinco y pico, hace unos días. Llega con su prisa de siempre, sin avisar, sin ganas, de paso hacia mejores horizontes. Yo ando ordenando una colada de tazas y platos y cubiertos, aburrido de escucharme, con el local vacío, como de costumbre a esas horas. Porque el bar, como puede observar cualquiera que entre aquí, y ojala que entre alguien, no está lo que se dice a la altura de los tiempos, ni boyante, ni debe dar un puto duro a este señor de traje hortera que tengo frente a mí, con sus números rojos y su cargo de conciencia en los bolsillos, y que, para su desgracia, supongo, es mi jefe.
Se sienta y me pide un café, y me va hablando despacio, mirando a la barra y haciendo con los dedos circulitos sobre ella. Me dice que está pensando en reformar el bar, pillar una franquicia de esas de “Cafés del Mundo” o algo así, y pegarle un empujón a esto, que la cosa está muy parada, que hay que modernizarse y no sé qué monsergas más. Que así, al menos, te niquelan el local como si fuera un puto macdonalds, y te apañan un negocio que promete y que, si después de todo no va bien, comparado con lo que tenemos tampoco puede ir a peor.
-Y no es tu culpa, no creas, Eddi Vansi –sigue diciéndome, todo cauto, como el padre que le está diciendo al hijo que se está acabando el tiempo de jugar- Sé que este bar sin ti aún sería peor.
Y qué consuelo, hostia.
-No te apures –le contesto - Por más que conmigo parezcas una ONG, esto es un negocio, el tuyo, y tienes derecho a hacer lo que te dé la gana.
Aunque no es eso, joder, bien que sea suyo, pero yo llevo aquí media vida, que no es poco, y si ha sobrevivido todos estos años sin convertirse en un gran café de esos de mierda, será porque no necesitamos ponerle lacitos al local, ni su clientela escasa precisa de barmans pedantes y serviciales como jodidos porteros de fincas.
- ¿Y qué coño dices que quieres montar exactamente? –le pregunto, porque no me quedo con los nombres.
- Un “Cafés del Mundo”. ¿No te suena?
- Si no sirven alcohol no creo que me suene.
- Son una plaga: están por todos sitios. Seguro que los has visto, Eddi. Así como verdes y marrones…
- Ni puta idea, jefe. Ya sabes que yo no alterno mucho de día.
Más bien, suelo emborracharme a quemarropa en el primer sitio que caigo, y cuando salgo de allí suele importarme bien poco si veo o no un Café del Mundo de los cojones.
- De todos modos –le sigo diciendo haciendo honor a mi verdad- aunque sirvieran alcohol, no entraría en un sitio de esos ni sobrio, tú lo sabes.
- Pues sólo tienes que mirarlos desde lejos para ver que están llenos de gente, Eddi Vansi.
- Pero, ¿de qué gente? Ésa es otra de las razones por las que no voy.
- Bueno –me dice impaciente- no vamos a enredarnos ahora con tus rarezas.
Un ruido como de pasos y de puerta abriéndose y cerrándose nos interrumpe lo suficiente como para caer en la cuenta de que estamos en un bar, yo soy el camarero, y la persona que acaba de entrar es un cliente. Al fin un jodido cliente en el bar, pienso; para que mi jefe se entere de que la cosa no va tan mal y esto funciona, y más vale el café del barrio que un puto Café del Mundo, o como se llame.
- ¿Qué va a ser? -le digo, más amable que en toda mi puta vida.
- Verá… Hace un par de días que no como, ¿sabe?…
- ¿Cómo dice? – le pregunto, mientras maldigo mi suerte.
- Si me pudiera dar algo de comer...
Joder, un mendigo, hostias.
Lo que faltaba. Lo que me faltaba a mí, coño.
Mi jefe, que ha visto mi cara de imbécil y se está descojonando, me hace un gesto como diciéndome que haga lo que quiera.
- ¿Qué quieres?
El hombre me mira incrédulo. ¿Cuántos noes llevará encima? En verdad no va andrajoso, y parece uno de esos pobres que se hacen pobres de la noche a la mañana, un pobre de sopetón, el resultado de un buen revés de la vida. Un pobre de solemnidad y digno.
- Lo que pueda darme, señor… Cualquier cosa…
Y cualquier cosa es un bocadillo de boquerones en vinagre, y un tercio, y un platito de aceitunas, y otro de patatas fritas, y un vaso de agua con hielo.
- ¿Qué piensas? –me pregunta mi jefe.
- ¿De qué?
Porque si me pregunta por lo que pienso de la mendicidad tenemos para rato.
- De lo de la franquicia, coño.
Y otro tercio, porque aquel hombre tenía más sed que hambre.
- Ah… No sé, jefe…
- Tú serías el encargado.
- Ya… Sí… -le digo sin entusiasmo, porque tampoco espero menos, joder…
- Sí…, pero que no te gusta la idea, ¿no?
- Bueno, es que yo tampoco pinto demasiado en tu decisión.
-Si quieres se lo comento a este señor, Eddi –me dice con cansancio, mirando al mendigo que, por su parte, deposita el tercio vacío dando un golpe en la barra, como para que yo me dé cuenta.
Le pongo otro tercio.
Le pongo un pincho de tortilla.
Me sonríe como si le acabaran de conmutar la pena de muerte.
Mi jefe está perdiendo el tiempo y la paciencia.
- Yo no me veo trabajando en un sitio de esos, ya lo sabes –le digo, a ver si acabamos de una vez-. Si quieres que sea sincero, me parecen una puta mierda.
- ¿Y a ti qué más te da, si es lo mismo? Sólo que servirías cafés, en lugar de montados de lomo…
- ¿Y el mandil?
- ¿Qué coño pasa con el mandil?
- Me sabe mal tener otro uniforme.
- ¿Ése es el problema?
- No hay ningún problema, jefe; al menos por mi parte.
Y casi que doy por zanjada la cuestión. Porque sí, coño, porque mi mandil es mi puto mandil, y basta. Y Porque es que, a día de hoy, me da igual ocho que ochenta y justo por eso, digo lo que me sale de los cojones.
- Bueno, Eddi Vansi, pues ya te contaré –me dice despidiéndose-. Tengo que irme…
- Como quieras…
Se va, y me quedo solo con el mendigo.
- ¿Un cigarro? –le pregunto, aprovechando que deja de beber y masticar por unas décimas de segundo.
- Muy agradecido, señor… Personas como usted ya no quedan…
- Afortunadamente…
- No diga usted eso –me dice, mirándome indignado y fumándose el cigarro con deleite- ¿Sabe? La vida a veces es como si te encerraran en una jaula llena de fieras… Y sin látigo ni hostias…
- Puede ser… -porque puede ser.
Después nos quedamos callados, supongo que él pensando en las fieras y en los látigos y yo, por mi parte, pensando a quién donaría mi mandilón una vez muerto.
Entra un señor con gafas que pide un café con leche corto de café.
Entra Ségis, a decirme sólo hasta mañana, Eddi.
Hasta mañana, Ségis.
Me pongo un vaso de ginebra con dos hielos.
Le pongo una copa de anís a mi improvisado amigo de la barra.
Me pregunta que dónde está el lavabo.
Entran dos chinos que suelen venir de cuando en cuando a emborracharse en su idioma.
Vuelve del lavabo, se acerca a la barra, me sonríe, me da las gracias sinceramente, nos damos un apretón de manos, y ya despidiéndose, me dice, como en una confidencia:
- Aunque muchas de las fieras sólo lo parecen, no se crea... Ése es el truco…
Ése es el truco, sí. Ser un bar de mierda y vestirse de café del mundo, por ejemplo.
¿Y qué va a decir Susana la Bohemia, me digo, verdadera dueña de este bar, cuando le cuente toda esta basura que me ha contado mi jefe? Porque supongo que le gustará tanto como a mí. Nada. Y me temo que al final acabaremos compartiendo barra en otro antro parecido a éste, mientras la franquicia va de puta madre y hace millonario a mi jefe.
Unos diez minutos después se marcha el hombre de las gafas.
Los dos chinos me piden más bebida, y más bebida, y juro que no entra nadie más en toda la jodida tarde.
A las ocho me canso de hacer el panoli, me pongo borde, y echo con cajas destempladas a los dos borrachos chinos, que por entonces parecen cosacos.
Bajo el cierre, cierro la puerta, vuelvo a la barra.
Me pongo una copa, y voy recogiendo el bar despacito, sin ganas de irme.
Unos porrazos en la puerta metálica me rescatan del silencio. ¿Quién coño será?
Es Susana la Bohemia, joder, quién va a ser si no…; que parece que me escucha, que me huele, y que tiene un sexto sentido para encontrar malas noticias.
- ¿Qué hace aquí a estas horas, Susana?
- Eddi, anda, sírveme algo, que hace un frío del carajo ahí fuera.
- ¿Un Colacao?
- Vete a la mierda, coño…
Le pongo su orujo de rigor, me pongo mis hielos, mi tanqueray, cojo el vaso, doy un trago, y me acodo en la barra enfrente de Susana.
- ¿Mejor? –le pregunto, una vez se ha bebido el orujo.
- Mejor, Eddi Vansi. Gracias.
- Me ha pillado aquí de milagro…
- Vi luz…
- Ya…
Vio luz… Maldita la gracia que me hace, aguarle el orujo a Susana con lo que me ha dicho mi jefe, que ha venido a echar un rato conmigo porque a ninguno de los dos nos espera nadie en casa, porque este bar es su casa, qué coño, y yo su inquilino, y ya se lo diré otro día, porque no me apetece joderle la tarde.
- Vengo del médico…
- No es poco, Susana. Lo malo es no volver…
Nos miramos, nos reímos, joder…, porque tiene gracia. Porque qué menos que el sarcasmo para salir de ésta, que nos pasan los años como jodidos bólidos de carreras.
- ¿Y qué le ha dicho el médico? –le pregunto, con verdadero interés-. ¿Es lo de la cadera?
- Lo de la cadera… –me contesta resignada-, lo de la sangre, el resfriado, y la madre que parió a Franco, Eddi Vansi…
- No empiece…
- No termino, hijo…; no termino.
- ¿Quiere otro orujo?
- Me voy a casa, que me voy a perder Escenas de Matrimonio...
- Venga, no me joda, Susana...
Volvemos a reír...
Y le pongo el último orujo, y hablamos de cualquier cosa, y mientras la miro me parece más bella que nunca, y su aparición una especie de mensaje para decirme que el bar que regento tiene sentido, que la labor social de guarecer a Susana la Bohemia, y la ganancia intangible de mantenerme ocupado y al margen de las calles de Madrid, son razón suficiente para tener abierto este antro y renegar de los beneficios de la jodida franquicia.
Que follen a mi jefe, coño.
Cuando se termina el orujo, Susana se despide de mí, se marcha.
Vuelvo a bajar el cierre y sigo recogiendo.
Termino.
Me pongo la penúltima copa.
Apago las luces.
Bajo al almacén, adonde hace unos meses, por si las moscas, llevé una mesa, una silla cómoda, un lámpara de pie, un pc antiguo que me vale para escribir y escuchar música, y un catre hinchable donde me tumbo cuando me da la gana.
Y me pongo a recapitular, a pasar lista, a poner orden en este cajón desastre que es mi cabeza; y hostia si cuesta sentarse a solas con uno mismo cuando eres ya más viejo de lo que creías y estás más solo, y las verdades son más verdad que nunca y tú está ahí, en medio de todo, saliendo como puedes.
Y me planteo, ahora que la soledad me agarra del pescuezo, qué coño hago con mi vida si a mi jefe le da por vestirme con un uniforme del Corte Inglés, quitarme mi mandil negro, hacerme afeitar a diario y ser cortés con las señoras gordas y sus abrigos de pieles, y los señores con sus bigotes estúpidos, y las pandillas de adolescentes tocando los cojones….
Y me digo que qué coño voy a hacer yo sin poder echar un buen polvo en el baño de mi bar con una mujer de puta madre. O con alguna de las putas a las que pago encantado, y a las que me gusta joderme allí de cuando en cuando, porque uno tiene sus costumbres.
Y creo que lo mejor es llamar a Clara y guarecerme en su cama, sí; y olvidar de alguna manera esta tarde. Porque estar allí no es mejor que estar solo, pero, hostia, cómo folla esa chica.
Cuando salgo a la calle, Madrid se convierte en un terrible gigante, y a mí qué coño me importa.
Publicado el martes, 3 de marzo de 2009, a las 21 horas y 15 minutos
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