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CLARA. Apunta con sus ojos desde el otro extremo de la barra como si tuviera un par de jodidos revólveres cargados y a punto de disparar. Mira y remira el bar, escudriñando sus detalles en una especie de tentativa de iniciar el atraco perfecto.

Bang, tocado.

Se ordena el cabello. Se ríe. Se enciende un cigarrillo.

Me sigue mirando.

Me acerco.

-¿Le falta algo? –le pregunto, aunque es a mí a quien le empieza a faltar saliva.

-No, no… Está todo bien, gracias.

Entonces, me digo: ¿por qué me mira de ese modo?

¿Y por qué me azoro, joder, con la edad que tengo? ¿Por qué unos ojos tan jodidamente bellos me trastornan tanto? ¿Por qué me cuesta tanto huir de ellos? ¿Es que no he caído aún en suficientes trampas?

Intento concentrarme en algo más allá de sus ojos y sus curvas, así que seco compulsivamente los vasos que acabo de secar mientras un escalofrío me obliga a sacar pecho como anticipando mi ataque. De tal guisa, debo parecer un ridículo gallo de pelea pelado y sin cresta; pero es lo que hay.

Ella, ajena a lo que me ocurre, remueve su taza como si tal cosa a la par que su trasero sobre la banqueta. Repasa la suela de su zapato torciendo el cuello, que aparece de pronto descubierto para que lo goce este gallito de detrás de la barra.

Paso entonces a colocar los cubiertos, que salen ardiendo del lavavajillas industrial y me queman los dedos, joder, aunque me importa una mierda; porque, por un día, mientras esta mujer me siga mirando, soy inmune a lo mundano. Porque el planeta puede dejar de girar si le da la gana y estrellarse en un agujero negro, que hoy es el día de Eddi Vansi. Y al resto, le pueden ir dando.

Hoy, que amaneció tan gris, ella ha venido como un cordero redentor para poner luz en este bar, que es ahora más antro que nunca, con sus escasos clientes habituales, su Susana la Bohemia al fondo de la barra, su taza para el bote de los cojones, y su San Pancracio con el perejil encima de la TV que compré de saldo.

Esa morena espectacular de ojos bellos, que mueve lentamente su taza y acomoda su culo, y se aparta el cabello, y repasa la suela de sus zapatos, y me mira buscando pelea, esa mujer está llamada a hacerme gozar de sexo sin contemplaciones, sin condiciones, como se debe de hacer el sexo, sin menos y sin más.

Vale, coño.

Es el gran momento de secarme las manos en el mandilón negro y acercarme a esa mujer. Porque lo debo de intentar, al menos. Porque uno ya es viejo para darle demasiadas vueltas a nada y pensar que esos ojos buscan otra cosa distinta en los míos, o que esa boca que sorbe el café de la taza no esté destinada, hoy en particular, a dar y recibir gusto.

-¿Necesita algo más?- le digo cortésmente, mostrando la mejor de mis caras, que no es otra que la que tengo.

-Sí, por favor…

Que diga que me necesita a mí. Que lo diga, porque mi sexo amenaza con causar una hecatombe en el resto de mis sentidos.

-Necesitaría, Eddi Vansi, que escribiera más a menudo. Que no gastara tan mala hostia como gasta, y que agradeciera el trabajo que me ha costado llegar hasta usted.

Entonces, es entonces, cuando el bar se cae justo encima de mí dejando ilesos al resto. Cuando el puto planeta se pone gracioso y le da por dejar de girar. Es entonces cuando todas las canas me salen de golpe y me hago viejo. Cuando se oye de fondo la sonora carcajada de Susana la Bohemia; cuando el San Pancracio se descojona señalándome con el dedo; cuando mi sexo alcanza la mínima expresión.

-¿Cómo dice? –le pregunto, porque esto no me lo esperaba.

Y ella responde textualmente lo que había dicho, y se encarama a la barra enseñándome, para colmo, el principio de unos pechos estupendos; y me agarra por el mandil y me suelta un beso con lengua que me asfixia pero que me sabe a gloria.

Y se vuelve a sentar en la banqueta; y me pide otro café, así, sin anestesia ni nada.

-Le escribí un correo –me dice, como justificando su beso- hace mucho; aunque seguro que ni lo leyó.

-Seguro. Lo siento.

-No importa.

Y me sonríe.

Yo le sonrío, y me doy la vuelta para prepararle un café de puta madre que no me sale nunca.

Cuando vuelvo y se lo sirvo, le pregunto que cómo se llama, y le explico que casi nunca miro el correo, que soy así de perro y de estúpido y que cuando aquello se salió de madre y no daba abasto, le di puerta.

-No importa, de veras-me repite Clara.

Y sí importa, joder. Claro que importa.

-Lo daba por hecho Eddi Vansi. Por eso me he preocupado yo de dar contigo antes que el resto de mujeres.

Y esa mentira me hace gracia, joder, y me excita; y miro hacia abajo, y creo que el mundo es un lugar un poco más agradable.

Y de pronto, allí dentro de mi jodida cabeza, como para complicarlo todo, se entorna la silueta fantasmagórica de una Cleo que echo en falta, de la que no sé desde hace demasiado tiempo, y a quien debería follarme de nuevo para que se me quitaran tonterías, y máscaras, y dudas.

Susana la Bohemia, que en los últimos tiempos anda taciturna y más mayor, allá en su esquina, fiel a su costumbre, interrumpe mi ensueño, y me pide la cuenta, coño, como si me pagara alguna vez.

-Lo de siempre, Susana… –le digo.

- Gracias Eddi. Y tú, ¿quién eres? – le pregunta a Clara

-Clara, soy Clara- le contesta, como si la conociera de toda la vida.

Coño, es que la conoce como de toda la vida.

Susana la mira como si fuera mi madre. O la suya.

- Pues ten cuidado con éste, Clarita –le espeta Susana, que no sé si es que tiene celos, o me tiene manía.

-Descuide.

-Que descanse, reina de la noche –le digo, porque ya está cerca de la puerta.

-Que triunfes, Eddi Vansi, que ya va siendo hora.

Y quién sabe.

Publicado el jueves, 12 de febrero de 2009, a las 3 horas y 15 minutos

Ilustración de Toño Benavides
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