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EN ENTREDICHO. Ayer al mediodía apareció Patricio por el bar, a saludarme, a echar un rato, y a proponerme un servicio de catering para dentro de dos semanas, en el chalet de unos jodidos duques o marqueses que celebran la mayoría de edad de una de sus hijas.

Patricio regenta una empresa de catering que, gracias a los contactos de su segunda mujer, que con anterioridad fue primera mujer de un conocido empresario, se encarga de muchas de las bodas y bautizos y pedidas de mano y demás saraos que celebran las mayores fortunas de este país, así como de algún que otro cóctel de esos que dan los artistas empesebrados para presentar sus libros o cuadros o canciones.

Se acuerda de mí porque sabe que soy un camarero de puta madre, y un compañero de ginebras aún mejor. Y porque sabe que nunca me viene mal el dinero y pagan bien, qué coño. Y porque el trabajo es fácil, a mí me gusta, te diviertes con esos ricachones, se ven unas mujeres que te cagas, y casi siempre terminas borracho con los compañeros en algún club de carretera, y a veces detrás de un puto seto de la finca follándote a una perraca de esas de modelazo de Dior que, una vez levantado, te ofrece una fulana más con la que pasar el rato.

-Cuenta conmigo –le dije, mientras servía unos cafeses y unos churros a una pareja de abuelitas con toda la pinta de haber sido jóvenes-. Y tómate conmigo un par de cañas o siete, si no tienes prisa.

- Como mínimo, Eddi.

En la tele hablaban de la que se está armando en el mundo con lo de las caricaturas de Mahoma y las hordas de musulmanes fanáticos asaltando embajadas, manifestándose como energúmenos, y muriendo como gilipoyas.

Como a metro y medio de Patricio, Segis, kioskero de más abajo de la calle, filósofo de guardia, lector empedernido, que almuerza aquí casi todos los días, me pidió otro tercio, cogió el toro por los cuernos, y planteó el asunto con la boca llena, de manera difusa, y aun así, con una entonación digna de la entrega de los putos Goyas.

- ¿Has oído? ¿Pero qué se cree esta gente? ¿Por qué su profeta se puede librar del juicio de los hombres? Yo pondría todo en entredicho, en subjetivo, Eddi Vansi.

Y trasladó su caña y su bocata y su banqueta a nuestro lado, con su cara de asombro continua.

Susana La Bohemia que, como el jodido dinosaurio de Monterroso, todavía estaba allí, al fondo de la barra, y que profesa admiración por el kioskero, al que considera cabal y culto, se dio por aludida, salió de sus quimeras y dijo a gritos, como de costumbre:

- Me encanta cómo habla este hombre.

- No digo que no, Susana –le dije-. Para algo le tiene que servir tanta lectura. Lo malo es que no se le entiende.

- Claro que se le entiende –replicó, indignada- A Segis le entiende cualquiera. Tú lo que pasa es que tienes la cabeza muy dura.

- Doy fe –añadió Patricio.

La confianza da asco, desde luego. Allí, la gran familia de entendidos de a pie, sienta cátedra a menudo.

Me puse una copa. Le puse un orujo a Susana la Bohemia. El tercio a Segis. Otra caña para Patricio.

- Yo pondría todo en subjuntivo, en condicional, Eddi Vansi- me dijo Segis como aclarando el asunto.

Porque él es así, más raro que un perro amarillo. Elabora mentalmente su discurso y lo va soltando en plan pequeñas pinceladas, como si los demás fuéramos sus jodidos discípulos. Le importa una mierda si le atiendes o no, lo que digas o dejes de decir. Él piensa lo que dice y dice lo que piensa. No discute. Y usa mi bar como si fuera un ágora.

- Empezando por mí mismo y acabando en Dios –continuó Segis-, y abarcando en el trayecto todas las cosas y las acciones y las creencias y las morales y el mundo entero con todos sus conceptos.

- Yo lo que pondría es una puta bomba atómica en el culo de todos los integristas –dijo Patricio, que apenas tiene diplomacia ni paciencia.

- ¡Y yo derrumbaría todas las iglesias! –gritó, enardecida, Susana la Bohemia.

- La que se va a derrumbar de la banqueta es usted, Susana –le dije-, si sigue bebiendo a ese ritmo.

- ¡Ni Dios ni amo, Segis; ni dios ni amo!

- Qué razón tiene, señora –dijo Segis-. Y ponme otro tercio, Eddi, que tengo que irme y con esta mierda de noticias no me pasa el bocadillo.

- No me extraña –dijo Patricio mirando de soslayo al kioskero– No sé qué es más indigesto.

Y añadió:

- ¿Qué se debe, Eddi Vansi? Yo también debo irme.

Y volvió todo a su sitio.

Y me dio por pensar, así, de pronto, con mi copa apoyada en su filo, que qué jodida broma sería que Dios existiera, y Alá, y Buda y toda esa cuadrilla de vagos, y allá en su cielo estuvieran tomándola en un bar como éste descojonándose de nosotros.

Como un asqueroso personaje de Unamuno, me entró una angustia existencial que desatraganté con un buen trago de Gordon´s.

Y, qué coño: Fue ver al George Bush en la pantalla graznando no sé qué exactamente, y a la tal Condolezza como una segurata a sus espaldas, y darme cuenta que ni Dios, ni Mahoma, ni Alá, ni Buda, ni hostias: es el jodido diablo quien está campando a sus anchas por este estúpido planeta.

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Publicado el domingo, 19 de febrero de 2006, a las 23 horas y 33 minutos


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[1] Entonces.... ¿Dónde quedaba tu bar?
Comentado por MalditosTacones | 19/2/2006 23:45 | www.lapuntadeltacon.blogspot.com
[2] Puta realidad.. Por higiene mental ya no veo el telediario. Por higiene fisica, ponme otro pacharan para limpiar mis heridas.
No te digo ná y te lo digo tó.
Tu bar esta en la esquina de enfrente del Acorazado Bar verdad?
Comentado por El Puñ´lón | 20/2/2006 08:55
[3] No temas al diablo. No temas al diablo. Él sabe muy bien que a quien a que temer es a los que enarbolan la bandera de la religión y matan por defenderla. El jodido diablo sólo se aprovecha de nuestros despistes.
Saludos
Comentado por Dr. Strangelove | 21/2/2006 07:14 | http://elgabinete.blogspot.com






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