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TRES POR TRES. Voy a pasar dieciséis horas al día en una habitación de nueve metros cuadrados. Y sin haber cometido ningún delito. Rectifico: y sin haber cometido más delitos que casarme, engendrar un churumbel y dejar el periódico para trabajar en casa. En el presuntamente minimalista y bien equipado piso (piso: ni un pisito ni un pisazo) donde vivimos, todo es perfecto, y lo sigue siendo... a pesar de que el churu acaba de dejarme sin despacho.

Mi mesa, que allí reinaba rodeada de libros, discos y cachivaches informáticos, ha dejado paso a su cuna, su cambiador, su armarito, su... Mientras casi todos los tochos vuelven a adornar la casa de mis padres y muchos de los discos guardan silencio en el trastero, desde hoy mi mesa está castigada frente a una pared del dormitorio, pegada a la cama. Tan pegada, que apenas cabe una silla.

Ahora mismo tecleo sentado en el colchón. Pero no me importa. Me da igual. ¿Por masoquismo? No, qué va. Porque en este dormitorio reciclado continúo accediendo a la red de redes desde el ordenador más potente y caro del mercado —al menos eso me dijeron hace tres años— y a través de la conexión más fina y segura —o más rápida y segura, qué más da lo que pusieran en el anuncio donde me embaucaron—. Y precisamente porque navegando así, en pijama y legañoso, me siento orgulloso de pertenecer a la última generación de obreros postindustriales: los teletrabajadores, los cibercurrantes.

Lo tengo todo a golpe de ratón. Me parece un buen arreglo no disfrutar de vacaciones pagadas ni de pagas extras a cambio de no soportar a trepas venenosos y jefes despóticos —todos los son, y más que ninguno el que va de colega—. Soy mi propio jefe. Sí, mi propio jefe. Cuando alguien me pregunta qué tal me arreglo siempre contesto eso, con una sonrisa. A menudo hasta doy envidia.

Pero no soy más que un currito. Me exprimo como cualquier oficinista. Me da igual no tener que fichar: vivo, como y duermo delante de la pantalla de un ordenador.

Publicado el sábado, 1 de enero de 2005, a las 19 horas y 52 minutos

JAVIER MARÍAS. De «Tu rostro mañana»: «Casi todo lo que decimos y comunicamos todos es filfa, es relleno, es superfluo, es vulgar, aburrido, intercambiable y trillado, por mucho que sea "nuestro" y que la gente, como se repite ahora con cursilería extrema, "sienta la necesidad de expresarse"».

Publicado el martes, 4 de enero de 2005, a las 12 horas y 51 minutos

EN LA CABINA. Anoche salí para encargar unas pizzas, pasé el cuarto de hora de espera en el videoclub, regresé al restaurante y a la altura del supermercado escuché las primeras voces. Al doblar la esquina no me encontré con una pareja discutiendo, sino con un hombre trajeado. Mientras pasaba junto a la cabina de teléfono cacé estas palabras: «¡Qué coño estás haciendo! ¡Qué coño haces con ese...! ¡Qué te da!».

Publicado el miércoles, 5 de enero de 2005, a las 11 horas y 55 minutos

TATUAJE. El otro día me dio por inmortalizar con un tatuaje tu nombre. A mitad de camino, pregunté si podría borrarlo cuando me diera la gana. O sea que no: esto no es un diminutivo cariñoso.

Publicado el sábado, 8 de enero de 2005, a las 19 horas y 50 minutos

OTROS TIEMPOS. Otro siglo. A mediados de los noventa, los tíos de mi edad habíamos pasado miles de horas jugando en maquinitas, en consolas antediluvianas, en spectrums o amstrads y, finalmente, en la play y en los PCs. Algunos, cuando pasábamos el BUP –eso que ahora llama ESO, creo– tuvimos una asignatura llamada Informática donde aprendíamos un lenguaje llamado Basic... que sólo nos servía para aprender a mover un punto de un lado a otro de la pantalla. Varios años después casi todos sabíamos manejar el word, el excel y poco más. Pero todos poníamos en el currículum chorradas rimbombantes sobre nuestros conocimientos del sistema operativo Windows. En fin, no teníamos ni zorra idea del asunto, pero podíamos impresionar a nuestros padres –para que nos regalaran un ordenador multimedia compatible con los últimos juegos había que venderles que los necesitábamos para los trabajos universitarios– e incluso a nuestros jefes. Era fácil dar el pego, porque a la mayoría les costaba hasta encender el ordenador.

Y en éstas llegó Internet. Una inmensa biblioteca virtual al alcance del teclado. Ingentes cantidades de conocimientos. Toneladas de información. Llegó Internet: la peña dejó de comprar discos y revistas pornos.

Como a cualquiera de mis colegas, me gustaba perder el tiempo navegando. Por suerte (ojo: la suerte puede ser buena o mala), lo perdía en el lugar adecuado: en el curro. Para uno de mis jefes de entonces, un recién llegado que supiera manejar el correo electrónico ya era un as informático. Un lustro después le preguntaron si sabía de alguien que no naufragara en Internet, y aquí estoy.

Publicado el lunes, 10 de enero de 2005, a las 14 horas y 46 minutos

LENIN. Te cosieron los labios. Te sacaron los ojos y los cambiaron por bolas de cristal. Te descuartizaron el cerebro y lo guardaron en una caja fuerte. Y, como no te pudieron congelar, te momificaron. Sesenta y nueve años después, parecías un muñeco de cera.

Fuiste mi primer cadáver. Quizá hubo algunos antes —tal vez mis abuelos paternos o mi tío—, pero no los recuerdo.

Para celebrar el paso del Ecuador, el tercero de los cinco cursos de la carrera, se nos ocurrió viajar a Moscú y San Petersburgo dos años después del desplome de la Unión Soviética. En una semana intentamos tomar el pulso a la Rusia de Yeltsin. A un par de ciudades resacosas de comunismo, escasas de alimentos y repletas de mercadillos donde compramos matrioskas, vodka y antiguos uniformes del Ejército Rojo. Aún conservo un cinturón con la hoz y el martillo en la hebilla. Después de regatear, me costó un dólar.

San Petersburgo —donde pretendías ser enterrado— ya no se llamaba Leningrado. La «Venecia del Norte» nos deslumbró no sólo por la Perspectiva Nevski, el inabarcable Hermitage, los puentes sobre el Neva o el fascinante y gélido Báltico donde casi se ahogó mi amigo Mariano cuando el hielo cedió bajó sus pies, sino también porque nos atrajo mucho más que Moscú, nuestro primer destino. Los dos o tres días que pasamos en la caótica y grisácea capital no dieron mucho de sí. Como casi todos, me dejé llevar por las guías a los lugares que no podíamos perdernos. Pero no pudimos entrar a la catedral de San Basilio, en obras, ni al antiguo edificio de la KGB, que vislumbramos desde el autobús. Un promotor avispado podría haberlo convertido en una escala turística más que rentable. Como tu mausoleo.

Contaba Daniel Utrilla en un magnífico reportaje que tu tumba llegó a ser «la meca del comunismo». Durante décadas, desfilaron millones de fervorosos peregrinos. Con escasas excepciones: «En 1934 un granjero llamado Mitrofane Nikitin quiso rematarle con una pistola. Los guardias lo impidieron, aunque Nikitin logró suicidase allí mismo de un tiro en la cabeza. En 1959, un hombre arrojó un martillo contra el ataúd de cristal y lo agrietó, proeza emulada un año después por un tal Mijailov, que rompió de una patada el sarcófago, lo que obligó a blindarlo a prueba de comunistas resentidos», escribía el corresponsal.

Pero en la primavera del 93 yacías junto al Kremlin para ser contemplado por turistas como yo, más que por bolcheviques nostálgicos. Aquel año ya no se celebró oficialmente tu cumpleaños —me acuerdo porque nacimos el mismo día— y la guardia de honor que velaba el mausoleo fue eliminada.

La visita duró poco. Entramos, bajamos unas escaleras y desfilamos ante tu momia. Éramos muchos y no nos dejaron detenernos. Entonces no me fijé en que tenías contraída la mano derecha, en vez de la izquierda.

Publicado el martes, 11 de enero de 2005, a las 13 horas y 25 minutos

QUÉ. ¿Y ahora qué? Vaya pregunta. Ya te has casado. Ya tienes descendencia. Ya vives con quien quieres y donde quieres. Ya has tocado techo. Pero sólo tienes treinta y tantos años. Eres un privilegiado de treinta y tantos años. ¿Qué te queda por hacer? Puedes ganar más dinero, criar más hijos, comprarte un coche y una casa más grande, además de un apartamento o un adosado en la playa. Bien. ¿Y qué?

Un privilegiado, sí. Podrías padecer hambre. Podrías subsistir humillado y ofendido, oprimido o reprimido, en medio de una guerra o del caos. Pero llenas el frigorífico en un tranquilo barrio de clase media de una apacible ciudad de provincias de un acomodado país europeo. Vives sin miedo, casi sin preocupaciones. Todavía no temes al cáncer ni al alzhemier. La muerte parece muy lejana.

Te avergüenza reconocer que tus principales adversarios son el conformismo, la pereza y el aburrimiento. Sobre todo, el aburrimiento. Has caído en la cuenta de que se ha convertido en tu peor enemigo al leer la última novela de Graham Swift. Al toparte con estas palabras: «Desde que llevo haciendo este trabajo he visto más de un matrimonio que se ha ido al traste, que se ha declarado la guerra, y por la única razón —es lo que deduzco de lo que veo— de que en esos años en que vivieron seguros y estables y bien instalados, algo se perdió, algo desapareció. Se aburrieron».

Publicado el jueves, 13 de enero de 2005, a las 0 horas y 40 minutos

CÓMO TENDER LA ROPA. Actúa con sigilo y precisión. Cuelga las camisas por los faldones, los pantalones por el dobladillo, los jerséis delicados, si es posible, en horizontal. La ropa interior de tu mujer, en el centro, para dificultar el trabajo a los fisgones. Si duermes en una cama dos por dos y usas fundas nórdicas de varios kilómetros cuadrados, ármate de paciencia. Pero, sobre todo, tiende la ropa como si estuvieras en la cárcel o en el metro de Nueva York: evitando que tus ojos se topen con otros ojos. O sea, sin mirar a las vecinas. Podrías complicarte la vida.

Publicado el viernes, 14 de enero de 2005, a las 12 horas y 07 minutos

JIM THOMPSON. De «Sólo un asesinato»: «Si eres como yo, a lo largo de tu vida probablemente habrás visto a un millar de parejas que te hacen preguntarte por qué y cómo alguna vez llegaron a juntarse. Y si eres como yo solía ser, probablemente se lo achacas al alcohol o a las prisas».

Publicado el domingo, 16 de enero de 2005, a las 12 horas y 51 minutos

TORMENTO ESTIVILL. Se acabó. Ya no volveremos a llevarle en brazos al dormitorio dispuesto a pasar el tiempo que haga falta junto a la cuna. Ya no estaremos pendiente de él, atento al menor de sus movimientos. Ya no le cantaremos. Ya no le contaremos cuentos que aún no puede entender. Ya no le calmaremos con el biberón de agua. Pero, sobre todo, ya no veremos, en la penumbra del cuarto, cómo lucha contra el sueño y cuántas veces lo vence, justo cuando parece rendido, y cómo resurge y se incorpora, victorioso, siempre con ganas de jugar o de ser abrazado. Ya nunca le volveremos a coger después de tumbarle en la cuna, aunque llore lágrimas negras, desamparado y decepcionado. Se acabó. Ya nunca se dormirá mientras le acariciamos las cejas, o la nuca, o un bracito, ni tampoco mientras posamos una mano en su espalda, o en su cabecita, para que perciba que no está solo. Ya nunca le acompañaremos. Ya nunca veremos cómo gira de un lado a otro de la cuna sin soltar a su osito, ni cómo acaba encontrando la etiqueta del peluche y la acaricia muy despacio, con las yemas, a menudo entreabriendo los ojos para comprobar que seguimos allí, con él. Ya nunca se quedará dormido asido a uno de nuestros dedos. Ya nunca le acompañaremos un cuarto de hora, media hora, una hora, el tiempo que haga falta. Mañana aplicamos el método Estivill. Y sin titubeos. Los primeros días lo aplicaré yo. Le dejaré en la cuna, le diré que le queremos mucho, apagaré la luz y cerraré la puerta. Romperá a llorar, pero esperaré un minuto en el pasillo. Volveré a entrar. Repetiré que le queremos mucho, otra vez, pero sin apenas rozarle. Saldré. Seguirá llorando. Esperaré tres minutos. Estará tres minutos llorando, llamándonos. Entraré. Volveré a repetir, espero que se lo crea, que le queremos mucho. Saldré. Si no ha dejado de llorar, esa vez aguardaré cinco minutos. Y también todas las siguientes veces de esa noche. Y siempre que entre le explicaré que le queremos mucho...

Publicado el lunes, 17 de enero de 2005, a las 2 horas y 29 minutos

HINCHA. Hace lustros que sudas más en el sofá —tragando televisión, que nadie piense mal, o bien— que practicando cualquier otro deporte. Siempre te indignas cuando pierden los tuyos y rebosas felicidad cuando se cuelgan una medalla, levantan un trofeo, encestan un canastón o marcan el gol de la temporada. Un par de detalles sin importancia, sin embargo, te frustran desde hace un par de años. Más o menos, desde que un anillo te corta la circulación en el anular de la mano izquierda —si una semana después de la luna de miel no lo hubieras cambiado de sitio, ya te habrían amputado el de la derecha, que no sabes por qué es más grueso, que nadie piense mal—. Desde el bodorrio, no has podido evitarlo, has cumplido dos años más. Sumas ya treinta y dos inviernos. Y aún te crees joven... aunque la mayoría de tus ídolos deportivos se jubilaran el milenio pasado. Algunos hasta han sustituido el banquillo por un nicho. Los tuyos, debes reconocerlo, ya no juegan. Dentro de nada todos te parecerán unos niñatos. Y sucede, además, otra cosita. Ya no cantas los goles. Ya no insultas a los árbitros. Ya no animas a los tuyos. Ya no ruges cuando ganan los otros. Antes vibrabas con tus colegas. Ahora te aterra que el amor de tu vida sepa que convive con un hincha acomplejado y patético.

Publicado el jueves, 20 de enero de 2005, a las 14 horas y 01 minutos

TREINTA Y TRES. Después de casi tres horas de autobús, no me espera un comité de bienvenida, ni la banda municipal ni mi club de fans... ni mucho menos una fiesta sorpresa. Abro la puerta y me encuentro con un «tiene 39 de fiebre». Hasta luego, o hasta nunca, señor Estivill. En toda la noche no baja de 38, ni apenas dormimos. Amanece. Cumplo treinta y tres años. Los celebro en Urgencias, por la mañana, y aquí, por la tarde, con deberes atrasados. Un amigo me felicita. Cuando le digo que estoy currando, hoy, el día de mi cumpleaños, y a estas horas, un viernes por la tarde, comenta: «Eso es de pobres, ¿no?»

Publicado el viernes, 21 de enero de 2005, a las 19 horas y 56 minutos

EN UNA CAFETERÍA. El sábado por la tarde entramos a una cafetería. Estaba llena. En la mesa de al lado abrevaban cuatro o cinco chavales. El pelirrojo se acababa de comprar un libro bastante voluminoso. Al de las patillas le debió de sorprender, ya que le preguntó: «¿Pero te lo vas a leer entero

Publicado el lunes, 24 de enero de 2005, a las 11 horas y 29 minutos

EN BLANCO Y NEGRO. Entre el blanco y el negro hay muchos grises. Y no sólo en las fotos en blanco y negro. En esta vida predominan los tonos grisáceos. Es decir, la medianía, la mediocridad. Más que los feos y mucho más que los guapos, predominan los tipos como yo y las tías como tú, las parejas prescindibles que se aman y odian sin pena ni gloria, que nunca jamás se empacharán de amor con una historia de color rosa.

Publicado el martes, 25 de enero de 2005, a las 12 horas y 00 minutos

OTRO. Todos seguimos alienados. Poco importa que curremos en un despacho con vistas espectaculares, en una rutinaria cadena de montaje, en un sórdido centro comercial o en un tedioso peaje. O en un dormitorio con conexión adsl. El más inepto de los Marx esa vez no se equivocó. Somos otro cuando trabajamos. Yo no soy yo ni siquiera cuando tecleo este diario.

Publicado el miércoles, 26 de enero de 2005, a las 12 horas y 26 minutos

FERNANDO ARAMBURU. En «Fuegos con limón»: «Uno va a los demás a buscarse a sí mismo, a besarse a sí mismo en la boca de los demás, a masturbarse con el auxilio de otros cuerpos. La madre ama al hijo, si es que realmente lo ama, porque ve en él carne propia. Y por idéntica razón, tomada del revés, el hijo ama a la madre. Y ambos se muestran complacidos cuando les dicen que sus semblantes se asemejan».

Publicado el viernes, 28 de enero de 2005, a las 13 horas y 08 minutos

SONRISA TORCIDA. Cara deforme. Podría ser yo. Tú. Cualquiera. Un ojo semiabierto. Un costurón. Sonríe. Sonrío. Podría ser yo. No me gustaría. Ser así. Tener la cara torcida. Deforme. Ser un monstruo. Tuvo un accidente. En coche. Hace dos años. Murió uno de los gemelos. Sonríe. Antes nos llevábamos bien. Me cuesta mirarlo. Le han sentado en la mesa de enfrente. El bodorrio avanza despacio. Me empacho y me emborracho sin dejar de espiarle. Escribo esto al llegar al hotel. En un cuarto de baño forrado de espejos. Como el suyo.

Publicado el lunes, 31 de enero de 2005, a las 13 horas y 32 minutos

UNIFORME. En calzoncillos y con calcetines, parezco Alfredo Landa a punto de embestir a una sueca. Pero sólo me contempla la pantalla del ordenador.

Publicado el martes, 1 de febrero de 2005, a las 11 horas y 15 minutos

EN EL CARIBE. El fotógrafo del hotel es bajito, lleva gafas y no usa uniforme. Por la mañana consigue que niños y adultos posen con unos loros. Por la tarde va escoltado por una mujer en bikini y por un hombre con mallas. Aunque intentes escabullirte, te agarran y te soban mientras el fotógrafo dispara. Después de mi sesión, me enseñó el visor de la cámara y me dijo: «Mira, la has tocado el culo, tienes que lavarte la mano».

Al día siguiente la foto estaba expuesta en el lobby, en un tablón. Costaba siete dólares. No quise comprarla.

Publicado el jueves, 3 de febrero de 2005, a las 13 horas y 50 minutos

EN EL CARIBE (II). Me desperté en mitad de la noche. Una mujer lloraba en la habitación de al lado. No dejaba de repetir: «¡Eres basura! ¡Tú eres basura!» Un hombre, que luego apenas abrió la boca, masculló algo. Hubo un forcejeo. Luego pude oír jadeos o sollozos. Diez o quince minutos después volvió a gritar: «¡Tú eres basura!» Me dormí un poco más tarde.

Publicado el sábado, 5 de febrero de 2005, a las 19 horas y 31 minutos

TODO INCLUIDO. Estuve, sin estar, en la República Dominicana, comentaba el otro día. Me explico. El hotelazo era un «campo de concentración» para turistas –perdón por banalizar esas palabras– como tantos otros que copan las mejores playas de esa isla y de otros países. Los cuatro primeros días disfrutamos de nuestra pulsera de todo incluido en la playa, las piscinas y los restaurantes. No abandonamos el recinto. Al quinto hicimos una breve escapada para visitar unas tiendas situadas a menos de un centenar de metros. Al sexto repetimos la salida después de echar un partido de tenis en una de las tres pistas de tierra del hotel. Compramos unos posavasos, una botella de mamajuana, un bikini, una camiseta y poco más.

Al salir de un puesto, un limpiabotas de seis o siete años se empeñó en limpiarme las playeras. Entonces me hizo gracia.

Publicado el martes, 8 de febrero de 2005, a las 1 horas y 52 minutos

UN MIÉRCOLES CUALQUIERA. Hoy no se celebra ninguna fiesta. A estas horas –la una del mediodía– la mayoría de los currantes llevan varias horas en el tajo. Yo no. El churumbel ha amanecido a las nueve. He encendido el ordenador a las nueve y media, sólo para ver el correo y los titulares de un par de periódicos. A las diez mi contraria se ha ido a trabajar. El churu y yo no hemos salido con ella porque he tenido que cambiarle de pañal en el último momento (mejor no doy detalles escatológicos). Luego he ido a Eroski, he comprado un poco de todo y le he dejado en casa de mis padres.

He llegado aquí un poco antes de las doce. Desde entonces me ha dado tiempo para actualizar una web, guardar la compra, enviar un presupuesto, dejar preparada la comida (una ensalada de garbanzos y langostinos cocidos; como casi siempre, fast food), atender un par de llamadas, limpiar el bibe del desayuno y otros cacharros, darle vueltas a un nuevo proyecto y escribir estas líneas. Hoy trabajaré –en asuntos que dan dinero– como mucho un par de horas, porque voy a pasar la tarde con el churu. Me toca. Quizá durante su siesta me dé tiempo a terminar una novela que ya debería haber leído. Luego iremos a los columpios, pasearemos por el parque y, ya en casa, cuando regrese la mujer de nuestra vida, empezaremos con la rutina de todas las noches: el baño, la cena y la lotería de dormirle (seguimos sin aplicar el método Estivill). Eso sí, después de que se duerma y de que cenemos, a eso de las once y media o las doce de la noche, entonces nadie me va a librar de pasarme al menos un par de horas delante de esta pantalla.

Publicado el miércoles, 9 de febrero de 2005, a las 13 horas y 56 minutos

ADIÓS A ELMUNDOLIBRO.COM. Colgué el teléfono y me puse sentimental: me acordé de lo que nos había costado montarlo, de la gente con la que había trabajado y a la que había conocido mientras funcionaba. Me costó digerir la noticia, quizá porque acababa de engullir un interminable y pantagruélico desayuno. Era el primer día en el Caribe y, encima, estaba nublado. A la mañana siguiente salió el sol.

(elmundolibro.com nació el 31 de mayo del año 2000 y dejó de actualizarse el 8 de febrero de 2005. En archive.org puede contemplarse parte de su trayectoria.)

Publicado el jueves, 10 de febrero de 2005, a las 14 horas y 06 minutos

RICHARD BRAUTIGAN. En «Una mujer infortunada»: «Lo que sí sé es que no hay nada más destructivo, desequilibrante y, en última instancia, estúpido que una guerra familiar, pero qué difícil es conseguir un poco de objetividad para suspender las hostilidades y declarar la paz y regresar a casa. He visto muchas disputas familiares que, sin más, prenden como incendios forestales, hasta dejar el paisaje reducido a cenizas».

Publicado el viernes, 11 de febrero de 2005, a las 1 horas y 01 minutos

EN EL ESTUDIO. Llegué a las dos, después de ver a un cliente, y no me llevé ninguna sorpresa: un tigre estaba delante de un Mac y el otro con el portátil sobre las piernas. En cuanto acabé de consultar el correo, llamaron a la puerta. Una vecina pedía ayuda: una persiana estaba a punto de caer a la calle. En el ascensor nos advirtió a Manuel y a mí: «El piso está hecho un asco». La dueña, una anciana que vive con tropecientos gatos, regresaba de una residencia esta misma tarde. Ya en el rellano del quinto había un tufo gatuno casi insoportable para nosotros: aunque la vecina, que tenía llaves porque se ocupaba de alimentar a los felinos, entró muy decidida y se perdió por un pasillo, nosotros no conseguimos pasar del recibidor. A Manuel le dio una arcada.

Bajamos y llamamos al 112. Los bomberos llegaron al cuarto de hora. Manuel, esta vez acompañado por David, subió con dos de ellos. En un par de minutos arrancaron la persiana sin aparente esfuerzo, inmunes al pestazo. En cambio, Manuel vomitó. Lógico: los tigres no soportamos a los gatos.

Publicado el sábado, 12 de febrero de 2005, a las 1 horas y 38 minutos

JAVIER TUSELL. En el epílogo de su autobiografía (aún sin publicar por Taurus, reproducido el domingo en El País): «He pasado por dos quimioterapias. Por más que tienen como consecuencia el adelgazamiento y la revitalización del pelo, no las recomiendo como métodos habituales a nadie. No creo haber sido un caso especial, pero durante ellas, por ejemplo, sangré por la nariz, la boca, el pene y el ano; padecí una infección pulmonar, y un bicho singularmente designado como seudomona vino a cohabitar en mi úlcera trasera. Los médicos, al unísono, me decían: "Es normal"».

Publicado el lunes, 14 de febrero de 2005, a las 21 horas y 08 minutos

NOS CEBAMOS JUNTOS. Y, claro, también adelgazamos juntos. En los matrimonios compartes catarros, gripes, intoxicaciones alimenticias y, además, atracones y dietas. Cuando mi contraria se quedó embarazada, seguí tenazmente sus pasos y engordé un kilo al mes.

Publicado el miércoles, 16 de febrero de 2005, a las 13 horas y 51 minutos

NUEVE AÑOS: COMO UNA LANZA. Como una sábana pasada por lejía, así se ha quedado, blanco cadáver, palidísimo. Ha sido derrapar, perder el control de la bicicleta, chocar con un pedrusco, rodar por el suelo, incorporarse y entonces verlo. Un arañazo; no, un corte que comienza a regar de sangre el desgarrado bañador; una línea roja que nace debajo del ombligo y muere mucho más abajo, en esos cuatro pelos preadolescentes antes cubiertos por el ahora desgarrado y ensangrentado bañador; una línea, un corte que muere cerca, muy cerca del sexo, un pene minúsculo, infantil, que parece orinar la sangre que lo cala; una línea, un corte que muere justo donde ahora se yergue erecto, desafiando a la gravedad, el radio de una rueda, que parece el extremo de una flecha, ahí clavado en el vientre. Un tubito plateado que el chaval observa atónito, que no le duele, que no siente, como no siente el corte, esa línea roja, ni la sangre que se le escapa.

El padre, desde muy lejos, ha visto la caída y ha echado a correr. Cuando se acerca a una veintena de metros, aminora sus pasos: el chaval, de espaldas, parece haberse recuperado del golpe, porque juguetea con algo, levanta un palito o algo así y lo arroja como una lanza.

Publicado el jueves, 17 de febrero de 2005, a las 0 horas y 58 minutos

CÓMO CAMBIAR UN PAÑAL (I). Es muy sencillo, de verdad, sobre todo cuando has cambiado cientos, o miles, y mecanizas los movimientos. Primero te armas de paciencia en el híper para elegir una enorme y carísima bolsa de pañales con sistema de absorción integral y con protección anti-escapes y tiras ajustables; hay varias marcas, pero siempre compras la que más cuesta y más sale en la tele ya que no quieres escatimar un céntimo para cuidar a tu retoño... y porque las expertas amigas de tu contraria la recomiendan. Se te puede caer el pelo aún más si te pillan haciendo cola en la caja con una marca desconocida.

Los pañales van por tallas. Y se supone que eso facilita la elección. ¿Pero cuál coges cuando tu bebé pesa 5 kilos? Los de primera etapa oscilan entre 2 y 5, los de la segunda entre 3 y 6, y los de la tercera entre 4 y 10. Sí, tu espíritu cartesiano se quiebra ante una duda colosal.

Mientras afrontas este irresoluble problema, no se te puede olvidar un paquete de toallitas enriquecidas con vitamina E que cuesta más que dos docenas de rollos de papel higiénico, además de leche hidratante con efecto balsámico o crema hipoalérgica dermoprotectora... Esta vez puedes elegir sin miedo y comprar cualquiera: acabarás probando todas cuando a tu hijo se le irriten sus partes más nobles.

Bien. Como un experto cirujano, colocas al bebé en la mesa de operaciones —el cambiador, o en su defecto una cama que intentarás proteger con una toalla—, después de poner al alcance de la mano la ropa que vayas a necesitar, el paquete de toallitas, la crema y un par de pañales. Sí, dos, porque a menudo en cuanto le acabas de limpiar y estás a punto de terminar la operación le encanta demostrarte lo bien que sabe expulsar sus residuos líquidos y sólidos. A veces, por cierto, hasta distancias insospechadas.

Procedes entonces a desnudar de cintura para abajo al paciente. Si se deja. Como no suele estar anestesiado y acostumbra a patalear y a girarse en cuanto puede, conviene hacer el payaso para mantener su atención y/o darle algo para que juegue. Por ejemplo, una pelota o el pañal de repuesto.

Llegamos al quid de la cuestión. Después de retirar el pijama, o los leotardos, la ranita, los pololos, los faldones, las falditas o los pantalones, nos tenemos que ver las caras con el pañal. Ahora sí que no caben titubeos. Con decisión pero delicadamente, debes levantar las piernas del bebé con una sola mano —si no eres zurdo, con la izquierda— y, si eres capaz, intercalando algún dedo entre los tobillos para que no choquen entre sí. Al mismo tiempo, con la otra mano tienes que despegar las tiras, retirar el pañal, coger al menos una toallita y deslizarla por las zonas que requieran ser limpiadas —de delante hacia atrás—. Luego conviene dejarle un rato con el culo al aire y embadurnarle de crema protectora. Y, para terminar, sólo queda poner un pañal limpio. Casi nada. Otro día sigo...

Publicado el domingo, 20 de febrero de 2005, a las 11 horas y 03 minutos

TTT. Los tigres ahora sí que estamos tristes. Ha muerto Cabrera Infante.

Publicado el martes, 22 de febrero de 2005, a las 1 horas y 09 minutos

LA MALDICIÓN DE LA PANTERA ROSA. Ayer fue un mal día. Casi desde que empezó. A las tres de la madrugada el churumbel nos ganó otro pulso: después de levantarme cuatro veces para intentar calmarle en la cuna, a la quinta claudiqué y le metí en nuestra cama. Dormí fatal. Si esta noche nos la vuelve a jugar, el próximo lunes, muy a mi pesar, empezamos con el tormento Estivill.

A las ocho de la mañana los burgaleses nos congelábamos a cinco bajo cero. En el autobús no concilié el sueño y, resignado, me puse los auriculares. Ponían La Pantera Rosa. Me la tragué entera gracias a Claudia Cardinale y David Niven… y aunque los patosos, aburridos y repetitivos gags de Peter Sellers me chafaron el buen recuerdo que conservaba del inspector Clouseau desde hacía cuatro o cinco lustros. Quizá porque soy algo torpe, no soporto el humor basado en tropezones, caídas y golpes.

En Madrid nevaba. Unos zapatos recién estrenados envejecieron tres o cuatro meses cuando no pude sortear una calle embarrada. Me faltó poco para emular al inspector: salté un charco en un paso de cebra, resbalé y no caí al suelo porque me agarré al semáforo. Tampoco me desplomé cuando supe que había hecho el viaje en balde, porque el proyecto que iba a presentar había sido desechado antes incluso de que empezara la reunión...

En fin, pasé por el estudio de Manuel, donde me olvidé el ratón del portátil, almorzamos unas tapas en los Madriles y me metí en el metro, como siempre, con el tiempo justo para coger el autobús de vuelta.

No desesperéis, ya llega el momento culminante del día. El remate. Perdí el metro por un par de segundos. Eran las cuatro menos cuarto. Estaba a dos paradas de la Avenida de América. Cuando llegó el siguiente, unos cinco minutos después, dejé que pasaran cuatro o cinco personas y me coloqué junto a la salida. Como no llevo reloj, saqué el teléfono para comprobar que aún tenía tiempo y al guardarlo en el bolsillo del pantalón… ¡se cayó a la vía!

No sé cómo ocurrió. No me empujaron. No iba más apresurado que otros días. No llevaba uno de esos vaqueros con bolsillos estrechos, sino unos cómodos pantalones de pana. Pero se me cayó, rebotó en el suelo del vagón y se coló por la rendija. Antes de que pudiera reaccionar, antes de comenzara a comerme el tarro –¿qué debía hacer: regresar a la estación de Alonso Cano para intentar recuperarlo, o volver a Burgos sin teléfono?–, se cerraron las puertas.

¿Qué careto se me quedó? ¿El de un jugador de póker, o el de un inspector Clouseau patético y abochornado? La primera persona del vagón que se desternilló fue una niña…

Publicado el jueves, 24 de febrero de 2005, a las 15 horas y 45 minutos

EN EL PAREDÓN. Viernes por la tarde. Adelanto, a la altura de la pastelería, a dos adolescentes minifalderas que están fusilando a una «amiga»:

—No la soporto.
—Además baila fatal.
—Está tan gorda...
—Las tetas le llegan al ombligo…

Publicado el viernes, 25 de febrero de 2005, a las 17 horas y 52 minutos

¿PERO?. «Telefónica gana un 30% más pero no alcanza los 3.000 millones de beneficio», reza un antólogico titular de elpais.es. Qué pena. Tienen que estar desolados.

Publicado el lunes, 28 de febrero de 2005, a las 10 horas y 52 minutos

SOLEDAD. Nunca he estado mejor acompañado ni más solo. Esas paradójicas palabras resuenan en mi cabeza desde hace tiempo. Las pronuncio, en silencio, mientras paseo por estas calles que me han visto crecer y jugar y que ahora me acogen como a un turista, como a un extranjero. O cuando cierro los ojos delante de la pantalla, intentando descansar...

Nunca he estado mejor acompañado ni más solo: vivo en mi ciudad, en la ciudad de mis familiares y amigos, con la mujer de mis sueños y un bebé sano y alegre. No puedo pedir más. Pero trabajo sin acompañantes ni compañeros, en un cuarto donde no escucho más que el esporádico sonido del teléfono, el permanente zumbido del ordenador y, de vez en cuando, algún disco.

Apenas echo en falta la redacción del periódico. Prefiero trabajar sin compañía. Solo.

Las horas cunden más cuando nadie molesta, cuando nada distrae.

Pero la soledad, además de una amante inoportuna, como cantaba Sabina, es una anfitriona temible: te agasaja y te adula para que puedas sentirte a tus anchas, pero al menor descuido te traiciona. La soledad perturba. Corrompe. Disfruta mientras alarga los minutos y nos sumerge en el tedio, o cuando los acorta y nos llena de inquietudes. O al concederte toda la libertad que quieras.

Nunca la vencerás abriendo el navegador o el frigorífico, conectando la radio o la televisión, conversando a través del teléfono o el messenger.

A la soledad hay que domesticarla. Si te rindes a sus caprichos y sus tentaciones, juega contigo. Para trabajar en soledad, sin jefes ni colegas que vigilen tus movimientos, sin más ojos que los tuyos, es preciso ser disciplinado y rutinario.

Soledad. La aliada más fiel. La adversaria más peligrosa.

Publicado el martes, 1 de marzo de 2005, a las 12 horas y 38 minutos


Publicado el miércoles, 2 de marzo de 2005, a las 9 horas y 59 minutos

MÉNAGE À TROIS. Queda muy feo deambular por la casa sin zapatillas y con los calcetines puestos, ya sea empijamado o con unos calzoncillos y una camiseta. Pero es útil, muy útil, si duermes a un bebé en su cuarto sin aplicar el tormento Estivill. Más de una vez, cuando estoy a punto de abrir la puerta, hambriento y medio dormido tras un pulso que suele durar entre un cuarto de hora y cuarenta y cinco minutos, una pisada estruendosa ha provocado que todo vuelva a empezar. Descalzo o calzado, aunque intente emular a Tom Cruise en Misión imposible o a esos ladrones de guante blanco capaces de desvalijarte mientras roncas, siempre armo más ruido. En fin, aunque llevamos semanas y semanas retrasándolo con mil y una excusas, quizá mañana mismo pongamos en práctica el controvertido “Duérmete, niño”. Como quien no quiere la cosa, nuestro pequeño dictador nos ha conducido a un callejón sin salida: desde que claudiqué cuando caí bajo La maldición de la Pantera Rosa, no nos cuesta demasiado dormirle –los calcetines ayudan–, pero a las dos o las tres de la madrugada se levanta de la cuna osito en mano, dispuesto a luchar a brazo partido hasta que le admitamos en nuestra cama. Ha pasado una semanita y cada noche que pasa cedemos antes. En el fondo, estamos muy a gusto con este peculiar ménage à trois. Le vamos a echar de menos. Y a ver qué pasa cuando me olvide de los calcetines y nos limitemos a dejarle en la cuna…

Publicado el jueves, 3 de marzo de 2005, a las 15 horas y 15 minutos

EN EL PORTAL. Nos hemos levantado de la cama (los tres, claro) a las diez de la mañana. Hemos salido sobre las once, a tomarnos unos cafés con leche y unos aspitos en el bar de Alberto. Nevaba. He dejado al churumbel en casa de mis padres y, al volver aquí, casi me atropellan dos señoras que aparcaban sus carritos de la compra a la altura del portal y se han puesto a charlar, indiferentes al viento y los copos. Mientras buscaba las llaves, he escuchado que una decía a la otra: «Y llámame. Cuántas veces te he llamado para salir y nunca me has hecho hincapié».

Publicado el viernes, 4 de marzo de 2005, a las 13 horas y 24 minutos

RUTINA. Nos casábamos al día siguiente. Tuvo una idea. Debíamos contarnos lo que nunca nos habíamos contado: nuestros secretos verdaderamente inconfesables. Accedí. Me habló de un noviete adolescente y de una infidelidad tempranera. Limpié sus lágrimas con un pañuelo y le hablé de las putas. De mis habituales y ya casi tediosas visitas a Sota de Corazone’s: los jueves de los últimos once meses no había faltado una sola vez.

Después de la luna de miel, cambié de día.

Publicado el sábado, 5 de marzo de 2005, a las 18 horas y 29 minutos

¿TIEMPO PERDIDO?. «¿Pero estás tonto?», me dice mi mejor amigo. «¿Pero no estabas escribiendo una novela? ¿Qué haces perdiendo el tiempo con un diario? Dedícate a lo importante, a currar en cosas que dan dinero y, cuando tengas tiempo para escribir, no lo desperdicies, ponte con la novela, hombre».

Publicado el lunes, 7 de marzo de 2005, a las 11 horas y 54 minutos

EN JAQUE. Robert D. James, más conocido como Bobby Fischer, fue detenido el 13 de julio del año pasado en un aeropuerto japonés. Viajaba con un pasaporte invalidado por los Estados Unidos, su país natal, que pretende deportarle y castigarle por haber jugado en 1992 contra Spassky en Yugoslavia durante el embargo de la Guerra de los Balcanes. A pesar de que Islandia le ha concedido un pasaporte y ha enviado a Tokio una delegación para liberarle, continúa encarcelado. La semana pasada, según cuenta su novia, quería desayunar un huevo cocido. No se lo sirvieron. «Entonces, el que es considerado genio del ajedrez se enfrentó a un policía, al que golpeó con el puño, y seguidamente 15 funcionarios de la cárcel se abalanzaron sobre él», escribe Elaine Lies en una noticia de la agencia Reuters que reproduce El Mundo. La periodista apunta que estuvo internado en una celda de aislamiento desde el miércoles hasta el domingo pasados. Sin embargo, reconoce que «el incidente no fue confirmado ni desmentido por portavoces de la prisión, alegando cuestiones de intimidad y seguridad». Si los carceleros no han soltado una palabra sobre lo ocurrido, entonces, ¿cómo sabemos que quince tíos, y no trece o dieciocho, se echaron encima de Fischer? ¿Porque Fischer fue capaz de contarlos mientras le reducían?

Publicado el martes, 8 de marzo de 2005, a las 10 horas y 18 minutos

LUISGÉ MARTÍN. En «Los amores confiados»: «Ahora que ya he cumplido los cuarenta años y que me corresponde por lo tanto algo del buen juicio que se les concede a los hombres viejos, sé que la felicidad se logra siempre con menudencias, con cosas insignificantes que se parecen mucho a las que necesitan también las bestias para calmarse: el calor, el reposo, la comida y la fornicación. Lo demás es dudoso y pasajero, pero eso permanece durante toda la vida».

Publicado el miércoles, 9 de marzo de 2005, a las 18 horas y 28 minutos

2-0. No te jode que pierdan. Estás acostumbrado. Te jode tragarte el partido solo y en silencio, en el salón de tu casa. Pasarte dos horas, con prórroga incluida, en silencio, solo, cada vez más cabreado según se acerca la temida derrota. Cuando marcan el primer gol mascullas un «mecagüenlaputa» que apenas resuena: el amor de tu vida duerme al churumbel a dos tabiques. Eres un hincha reprimido. Con el segundo gol ni siquiera abres la boca. Sentado en la alfombra, miras alelado cómo lo festejan los jugadores del otro equipo. Apagas la tele en cuanto termina el partido. Te metes en la cocina, preparas una ensalada y un plato de cecina, sacas los quesos, llenas de agua la jarra y pones la mesa. Vas y vuelves de la cocina al salón con sigilo, no sea que se despierte la fiera. Tu contraria sale relajada de la bañera. Se sienta dispuesta a charlar de las cosas del día y a ver el final de Los Serrano. Cenas. Qué lejos estás del piso de estudiantes, de los bares de aquí y de allá donde noches así rugías, maldecías y sufrías con animales de tu especie.

Publicado el jueves, 10 de marzo de 2005, a las 10 horas y 03 minutos

11-M. Amos Oz (no sé en qué libro o artículo, apunté estas palabras hace un año): «El terrorismo actúa como la heroína: las dosis han de ser cada vez más fuertes para que el efecto se mantenga».

Publicado el viernes, 11 de marzo de 2005, a las 12 horas y 06 minutos

¿CINE EN CASA?. Antes veías casi todas las nominadas a los Oscar y a los Goya, además de las que triunfaban en Cannes, Berlín y San Sebastián. Tampoco te perdías las que Carlos Boyero elogiaba, las que te recomendaba tu amigo Mariano y las producciones rompetaquillas repletas de sangre y efectos especiales —nadie es perfecto—. Antes ibas al cine.

Ahora vas al videoclub, alquilas un deuvedé, bajas las persianas, enchufas una televisión de 32 pulgadas y 40 plazos, conectas los altavoces —te niegas a llamarlos «cine en casa» o «home cinema»—... y tu querido retoño comienza a berrear en cuanto pegan el primer tiro. Bajas el volumen. Ahora echas de menos hasta las palomitas.

Así pasas una noche, y otra noche, y otra, y otra más. Cuando se acaba el bono del videoclub no lo renuevas. Y te resignas a tragarte «lo que echen» en la tele. Siempre hay algo. Telenarcotizado, un miércoles deja de importarte que tu equipo pierda. Un sábado no protestas cuando tu contraria quiere empacharse de salsa rosa. Pasan semanas, meses, trimestres. Cambias el calendario de la cocina. Y continúas fiel al salón y al sofá, después de las cenas, aunque a menudo te gustaría abandonar a tu mujer y a tu televisión para escaparte a la última sesión o leer un rato. Pero sabes que no debes abandonarlas. Has pasado la mayor parte del día solo. Necesitas compañía.

Publicado el lunes, 14 de marzo de 2005, a las 8 horas y 58 minutos

¿AMOR?. Regreso en el autobús de las siete. Casi tres horas de viaje. Ponen una película horrible. Atardece sobre Castilla. Disfruto del paisaje hasta que corren las cortinas. El sol nunca luce a gusto de todos. Intento dormir, pero los teléfonos de los pasajeros se alían para impedirlo. La chica del asiento de al lado ha recibido más de media docena de llamadas a la altura de Buitrago. Aunque me han aconsejado que no lea en coches ni autobuses, acabo abriendo un libro. Esta vez, el de un amigo: «Poesía para los que leen prosa». Miguel Munárriz busca lectores como yo, que se creen alérgicos a la rima y las estrofas. Lectores proseros. Me atrapa desde la introducción. Sobre todo, cuando reproduce un poema amoroso de Lope de Vega y estos versos donde Juan Bonilla le rinde homenaje:

«Insospechado sospechoso terco animal despiadado
Imprescindible usurero bendito hijodeputa.
Con él no valen experiencias porque todas engañan
dictando cobardía.
Es el amor.
Quien lo perdió, lo sabe.
»

En Aranda de Duero, mi vecina le explica a una tal Charo y a todo el autobús que tiene a su novio en espera. Alguien que debería estar harto de ser llamado Cari, Corazón y Amor por una voz gélida, aburrida y rutinaria. Se despiden en Lerma con una sonrojante y desapasionada sucesión de Besos, Te quiero y Te amo.

Si eso es amor
Ojalá lo pierdan.

Publicado el martes, 15 de marzo de 2005, a las 0 horas y 24 minutos

EDUARDO MENDOZA. «Los hombres rara vez se explican y cuando lo hacen, lo hacen mal».

Publicado el miércoles, 16 de marzo de 2005, a las 18 horas y 57 minutos

EN EL AUTOBÚS. Subo cinco minutos antes de la salida. Antes de que arranque y de ponerme los auriculares, me entretienen tres conversaciones telefónicas. Una chica dicta la lista de la compra: «Compra lechuga, aguacate, maíz…». Un chaval murmura: «Es que me tiene tanto asco como yo a él». Y una treintañera brama: «¡Ese informe es mi cabeza! Es mi cabeza, y no te lo consiento ni a ti ni a él. ¡Ese tío es un psicópata, va a por mí! Que no venga de mártir, espera que vomito. ¡Me han arrastrado por el fango!»

Publicado el viernes, 18 de marzo de 2005, a las 13 horas y 22 minutos

SEPTILLIZOS. Ahora los días se parecen demasiado entre sí. Cuando no fichas, cuando tú mismo marcas tus horarios de trabajo, tanto en las rachas de mucho curro como en las de calma chicha, los fines de semana apenas se distinguen de los «días laborables». Antes los domingos eran resacosos, los lunes horrorosos, los martes y los miércoles, mediocres, insustanciales, los jueves podían sorprenderte y los viernes y los sábados nunca te defraudaban. Pero, sin embargo, qué lunes más lunes es este lunes.

Publicado el lunes, 21 de marzo de 2005, a las 9 horas y 21 minutos

EN EL PARQUE. Poco antes de llegar a los columpios, me adelanta un matrimonio. La mujer, cuarentona, camina agarrada a un bolso enorme. El hombre, cincuentón, marca el paso con un paraguas cerrado. Van deprisa y sólo pesco algunas palabras del marido: «Se aburre mucho, demasiado, a su edad nadie puede aburrirse. Si sigue así acabará en un psiquiátrico, te lo digo yo».

Publicado el martes, 22 de marzo de 2005, a las 8 horas y 41 minutos

TIEMPO PERDIDO. Vuelve a la carga. Mi mejor amigo se arroga el derecho de cantarme las verdades del barquero, de ser franco conmigo, como esos opinadores televisivos que se enorgullecen de decir la verdad siempre a la cara, aunque sea para ultrajar o humillar. «Me dijiste que ibas a terminar la novela en junio, y no llevas ni quince páginas. Ahora dices que hasta verano no vas a poder continuar, y sin embargo sigues con esto, que no sirve para nada. Ya vas a ver cómo te vas a arrepentir », me dice. Se la suda que no pueda parirla a salto de mata, durante una racha de curro como la de ahora.

Publicado el jueves, 24 de marzo de 2005, a las 12 horas y 49 minutos

SIN VACACIONES. Y tanto que se parecen. Esta Semana Santa me he levantado para currar a las 8 de la mañana. Todos los días. Incluso hoy, este domingo en que nos han robado una hora.

Publicado el domingo, 27 de marzo de 2005, a las 12 horas y 21 minutos

ALUNNIZADO. Lula. Lulo. Lucho. Lublú. Lupita. Lubina. Lumbrela. Lutecio. Lulila. Lurdo. Lucanero. No desvarío: se cómo se llaman los Lunnis. No puedo evitar tatarear sus canciones. Puedo repetir ahora mismo, casi palabra por palabra, las historias de la cocina de Lubina, del primo Lulor y del profesor Lutecio, o los telelunnis sobre el jazz, las señales de tráfico y el derroche de agua. Tenemos un deuvedé que nuestro churumbel necesita tragarse al menos una vez al día (con veinte meses sabe enchufar la tele y poner en marcha el vídeo, pero aún no acierta con la tecla del play). Y esto es sólo el principio: tarde o temprano tendremos que comprar o nos regalarán películas de Disney. Meterse veinte o treinta chutes de «Buscando a Nemo» o «El rey León» a mi avanzada edad seguro que también deja secuelas permanentes.

Publicado el lunes, 28 de marzo de 2005, a las 9 horas y 43 minutos

JOAQUÍN BARRAQUER. "Un día, tendría yo 13 años, me dijo: ‘Este paciente ha perdido el ojo porque tiene un tumor, pero quiero que tú antes me lo operes de cataratas’. Me senté en su sillón de operar, le hice el corte, le saqué la catarata y, cuando acabé de coserle, él sentenció: qué lástima tener que quitar este ojo, porque te ha quedado perfecto. Yo luego instruí también a mis hijos siendo niños, practicando con ojos inutilizados del banco de donaciones y bajándolos a quirófano cuando estaba libre. Les premiaba en su cartilla cuando hacían las cosas bien”. Texto extraído del reportaje de Elena Pita publicado en El Magazine.

Publicado el martes, 29 de marzo de 2005, a las 19 horas y 30 minutos

REMATE TELEVISIVO. Siete menos diez de la tarde. Compro una bolsa de gominolas y un librito de Marcial Lafuente Estefanía, parece que retrocedo veinte años. Subo al autobús. Me toca ventana. En el asiento del pasillo, una joven de mi edad (vamos, que ya tiene poco de joven) habla por teléfono. Ha pillado a dos tías que curran treinta y seis horas semanales, en vez de las cuarenta estipuladas. Por la mañana una le dijo que su compañera estaba enferma; cuando la otra llegó por la tarde, le preguntó que qué tal estaba y la incauta le contestó que muy bien. Ha enviado un informe. Otro. Espero que alguien no haya preparado un informe sobre mí, qué horror, qué podrían contar.

Me trago la novelita en media hora, duermo cerca de una hora, me despierto poco antes de que empiece el partido contra Serbia, escucho la primera parte, me enfado cuando el locutor dice que falta remate y, al llegar a la estación, pego el cabezazo que Torres, un jugador en construcción, como su web, no enganchó en todo el partido: me levanto, cojo la americana y el ordenador y, cuando voy a salir, me fijo en que una señora bajita apenas llega a la balda superior; le doy su abrigo, sonrío para mis adentros, muy superior desde mi uno ochenta y mucho, casi uno noventa, avanzo y… me doy un lechón descomunal contra una de las pantallas de televisión que cuelgan del pasillo. La dejo temblando.

Publicado el jueves, 31 de marzo de 2005, a las 1 horas y 53 minutos

DOS MÁS. Acabamos de terminar dos webs tigrescas: desde hoy se puede acceder a la nueva página de la editorial Taurus, www.taurus.santillana.es, y desde ayer a la del Ayuntamiento de San Vicente del Raspeig, www.raspeig.org.

Publicado el viernes, 1 de abril de 2005, a las 8 horas y 48 minutos

MARCIAL LAFUENTE ESTEFANÍA. En «Un par de diablos»:

«Ruth, al ver que Susan estaba distraída mientras no dejaba de tocarse las nalgas, comentó:

–Estás pensando en ese joven que te azotó, ¿verdad?
–En efecto, Ruth…
–¿Puedo saber lo que piensas?
–Que me gustaría verle…
–¿Piensas disculparte?
–No tanto, pero sí reconocer que los azotes que me propinó fueron justos.
–Sin que te molestes, es lo más justo que puedes hacer, yo estoy de acuerdo con el castigo que te propinó.
–¡A mí me sucede lo mismo!

Y las dos amigas rieron de buena gana.
»

Publicado el lunes, 4 de abril de 2005, a las 21 horas y 59 minutos

PULITZER. Deanne Fitzmaurice, fotógrafa del «San Francisco Chronicle», que ha ganado un Premio Pulitzer, dotado con 10.000 dólares, por retratar a un niño iraquí herido: «Pese a tener buen carácter, Saleh era sensible a su aspecto. Una tarde, cuando otros niños se le quedaron mirando, se enfadó quedándose preocupado. Las enfermeras trataron de tranquilizarle enrollando un rotulador a su muñón para que pudiera pintar. Saleh dibujó un avión tirando bombas».

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  • Publicado el martes, 5 de abril de 2005, a las 10 horas y 23 minutos

    VAYA EME. Marcando móvil, que no paquete, queremos comernos el mundo. Fardamos, como quien no quiere la cosa. Aunque vibren más que los consoladores de Chicholina o superen en decibelios a las ambulancias, en cuanto llegamos a un bar o un restaurante los sacamos a relucir para deslumbrar al personal. Ahora que apenas nadie despotrica contra quienes impúdicamente los utilizan en calles, restaurantes, autobuses y trenes; ahora que sirven hasta para convocar manifestaciones, a golpe de sms; ahora que guardamos en el trastero cuatro o cinco aparatos descacharrados o prematuramente envejecidos —justo aquellos que regalaban a cambio de tres mil duros en llamadas; el que desenfundas ahora te ha salido por el doble, y rebajado, encima te han hecho un favor—, ahora resulta que el día menos pensado estallará, si no ha estallado ya, la revolución keitai (los nipones, que son los que marcan el paso con varios años de antelación, denominan así a estos cacharros). Qué e-mocionante.

    Telefónica nos bombardeó hace tiempo con unos anuncios enfocados certeramente hacia nuestra vanidad. Sus cachirulos no molaban porque fueran multimedia y de última generación sino porque podías jactarte delante de los colegas de ser uno de los escasos afortunados que ya los atesoraban. No bastaba con gastar en llamadas cinco veces más que antes. Encima teníamos que comprarnos el último modelo: un trasto pasado de moda antes de que apoquinaras la primera factura.

    Lo de ahora es peor. Resulta que necesitaban cambiar. Renovarse. Unificar su imagen. Y, sobre todo, necesitaban que lo supiéramos todos. Para crear expectación, mejor dicho, para intentar crear expectación primero han anunciado su nueva eme en todos los soportes posibles sin revelar qué anunciante estaba detrás del icono. Al cabo de unos días, voilà, han descubierto el pastel y han intensificado aún más su presencia. Sólo les ha faltado que llovieran emes del cielo, que en todos los menús del día sirvieran sopas de letras compuestas sólo por sus emes, que los enviados especiales al Vaticano llevaran tatuada una eme en la frente.

    Según leo en una nota de prensa de la propia compañía, antes de decantarse por esta nueva imagen estudiaron más de mil propuestas. La eme elegida es «un elemento dinámico, que otorga más expresión y movilidad y que refleja la forma de ser, de actuar y de relacionarse con los demás de sus usuarios y se incorpora de un modo instantáneo en el recuerdo visual del individuo».

    También aseguran que, para lanzar en 13 países esta imagen «innovadora, humana, clara, alegre y líder» han participado más de 100.000 personas y se han gastado 75 millones de euros. Pero no dicen quiénes van a acabar pagando ese dineral, llamada a llamada, mensaje a mensaje...

    Publicado el jueves, 7 de abril de 2005, a las 9 horas y 44 minutos

    EN EL SÚPER. Me levanto a las ocho. Preparo el biberón, se lo enchufo, vuelve a dormirse, trabajo hasta las diez, desayuno viendo el funeral de Juan Pablo II, el amor de mi vida se va a trabajar y, poco antes de las once, se despierta el churumbel. Le visto y le llevo a casa de mis padres. De vuelta, paso por el supermercado. Cuando doy la tarjeta de crédito a la cajera, una señora que viene de la calle le dice que al regresar a casa se ha dado cuenta de que faltaba una caja de leche. «En la bolsa no estaba. ¿No la ha encontrado aquí?» La cajera responde que no tiene ni idea, que no se acuerda. Guardo con cuidado mi compra. Una bolsa para el pescado, otra para la carne, otra para los congelados y otra más para el resto. La señora –setenta y cinco años, rubia, chaquetón de ante, bolso a juego, gafas de sol con montura dorada–, insiste. «¿Se habrá llevado la leche la que venía detrás?», pregunta. La cajera arquea las cejas y empieza a atender a un abuelo que ha comprado una barra de pan y cuatro tetrabricks de Don Simón y lleva el importe exacto en la mano. «Había una chica detrás, ¿se habrá llevado ella mi leche?», repite. «Lo siento, no puedo hacer nada», acaba respondiendo la cajera. La señora se da la vuelta y, mientras camina hacia la puerta, concluye: «Pues que le aproveche, o que le dé un cólico».

    Publicado el viernes, 8 de abril de 2005, a las 13 horas y 04 minutos

    SATURDAY NIGHT. Anoche salimos. De marcha, por decir algo. Desde Nochevieja no salíamos por la noche, hace más de tres meses. Rectifico: desde el viaje al Caribe, hace más de dos meses. En fin, habíamos quedado para cenar con una pareja que vive como nosotros, gustosamente atada a un bebé, pero a las ocho de la tarde nos contaron vía sms que no habían encontrado un canguro. Estábamos a punto de llevar al churumbel a casa de mi queridasuegra –de ahora en adelante siempre diré queridasuegra, para no herir susceptibilidades, que la palabra suegra a secas suena fatal–. «¿Y ahora qué hacemos?», dijo mi amor. Casi sin pensarlo, decidimos aprovechar la oportunidad y salir los dos solos. Como en los viejos tiempos. A pesar del frío. Tomamos un café con mi queridasuegra, nos despedimos del churumbel y nos acercamos al chiringuito de una amiga. Antes de llegar llamé a un amigo, pero me dijo que acababa de meterse medio litro de yogur líquido y que no le apetecía nada salir. No problemo. Las dos primeras cervezas entraron muy bien, por qué no reconocerlo. Estuvimos en una tetería muy acogedora y cálida, pero en la calle soplaba un viento siberiano. Nos metimos en otro bar. Mi amor hizo un recuento de sus amigas: una, recién parida, otra con dos fieras, otra fuera de Burgos, otra de boda… Antes de cambiar de barra llamé a otro amigo y me contó que ya estaba con el pijama puesto; tenía que levantarse a las seis de la mañana para ir al hotel donde curra. De acuerdo. Mientras pedíamos otras cervecitas y unos chopitos nos acordamos de Canas y señora. Seguro que salen, seguro que siguen saliendo, me dije. Fue que no. Estaban de cena con sus primos. Pues muy bien. Dejamos el barrio. Bebimos las penúltimas cervezas, aún con ánimo, en un bar de La Puebla donde nos pusimos melancólicos mientras atacábamos a unos huevos estrellados y un plato de cecina cocida, taurina, y las últimas en otro bar de la misma calle en el que nos pasamos media hora hablando de nuestro niño. Y llegó el momento crucial. Sólo eran las doce. Midnight is where the day begins, creo que cantaban los de U2. Sólo eran las doce, podíamos irnos de copas a cualquier sitio, podíamos continuar en la Puebla, tirar para las Llanas o para las Bernardas, seguro que habríamos encontrado caras conocidas en algún bar, incluso a algún amigo… Sólo eran las doce. Teníamos frío y sueño. A las doce y veintitrés minutos ya estábamos en el sofá, calentándonos las manos con un colacao bien cargado mientras entrevistaban al ex de Estefanía Lomónaco, como diría Buenafuente. Un sábado más me emborraché de salsa rosa. Aún me dura la resaca.

    Publicado el domingo, 10 de abril de 2005, a las 12 horas y 28 minutos

    MI ABUELO LEANDRO. Era de Huerta de Abajo, o de Arriba, no recuerdo ahora mismo (en serio, no caigo, aunque sé que está cerca de Neila, el pueblo de la abuela). Nació en 1900 y murió en 1979. No debí de estar en el entierro ni en el funeral –tenía siete años– aunque me acuerdo de haber llorado por él. Le quería mucho. Éramos tocayos, jugaba con nosotros y sus bolsillos siempre rebosaban de caramelos. Se cubría la calva con una boina negra y era de misa y rosario diarios. Estaba bastante enfermo cuando celebraron las bodas de oro, porque mis tías despejaron el salón comedor y montaron una especie de altar para que el párroco oficiara allí una misa. Ese día hubo chevalieres, unos bollos con nata típicos aquí.

    A mi abuelo Leandro le gustaba pasear y pelar la fruta con una navajita que aún conserva mi hermana. Cuando se murió me quedé con su sable. La primera vez que me lo enseñó, o que yo recuerdo haberlo visto, era más alto que yo. Acabo de medirlo: 94 centímetros. Está algo oxidado, pero se lee con nitidez que en 1870 fue forjado en Toledo.

    Y poco más puedo contar sobre mi abuelo Leandro. Bueno, sé que se quedó huérfano y que tuvo que escaparse de un orfelinato para alistarse. Según mis tías, en Marruecos combatió «mano a mano con Franco», no pudo ascender todo lo que merecía porque debieron de clausurar la academia militar antes de la Guerra Civil, o después, no sé, y durante la Guerra Civil, o después, no sé, dirigió una cárcel donde había mucha comida. La que sobraba se la daba a los pobres. Y los presos le querían mucho. Tanto, que le construyeron algunos muebles. Entre otros, el aparador que sirvió de altar.

    Publicado el lunes, 11 de abril de 2005, a las 19 horas y 48 minutos

    NI UNA MOSCA. Hace diez o doce años pensaba que tarde o temprano me ganaría la vida escribiendo. Escribiendo de verdad, no pariendo noticias sin interés y perdiendo el tiempo en ruedas de prensa y presentaciones. Me pasaba lo mismo que a otros muchos periodistas con vocación literaria. Acabé en la sección cultural de un periódico, muy cerca de libros, editores y escritores. Pero ni siquiera fui una mosca cojonera.

    Publicado el miércoles, 13 de abril de 2005, a las 9 horas y 58 minutos

    ROBERT A. HEINLEIN. Leído en Go Rin Kai: «Un Ser Humano debería ser capaz de cambiar un pañal, planear una invasión, despiezar un cerdo, ensamblar una barca, diseñar un edificio, escribir un soneto, hacer un balance, levantar una pared, expresarse en otro idioma, remendar un hueso roto, confortar a un moribundo, obedecer órdenes, dar órdenes, cooperar, actuar en solitario, resolver ecuaciones, analizar un nuevo problema, esparcir estiercol, manejar un ordenador, cocinar una comida sabrosa, sufrir con entereza, luchar eficientemente.

    La especialización es para los insectos
    ».

    Publicado el viernes, 15 de abril de 2005, a las 8 horas y 45 minutos

    STENDHAL. De «Vida de Henry Brulard»: «A decir verdad, no me siento nada seguro de tener el menor talento para que me lean. Ocurre simplemente que algunas veces me place sobremanera escribir».

    Publicado el domingo, 17 de abril de 2005, a las 19 horas y 01 minutos

    ¿GILIPOLLAS?. Mi niño no ha cumplido aún veintiún meses y ya pronuncia entre cien y doscientas palabras. Y entiende muchas, muchas más. No exagero: cuenta hasta diez, se sabe los principales colores (aanja, ojo, zul, aillo, erde…), conoce por su nombre de pila a todos los familiares, amigos y peluches afines… Es más, igual hasta me he quedado corto y ya supera las doscientas palabras. En fin, ayer soltó su primer taco: estábamos en el salón, jugando con el chuchú (el tren), cuando, sin venir a cuento (creo yo), le dijo al amor de mi vida: «¡Gilipollas!» Se tapó la boca al ver la cara que habíamos puesto.

    Publicado el lunes, 18 de abril de 2005, a las 12 horas y 34 minutos

    38º. ¿Qué hace un chico como yo en un sitio como éste? Rebobino: ¿qué hace un pringao como yo, con treinta y ocho de fiebre, sudando como un caballo, estresado, pendiente del churumbel, que está a punto de despertar de la siesta, enratonado con cuatro webs que tiene que actualizar sí o sí, charlando sobre un nuevo proyecto vía msn (sus socios nunca pisan el freno), echando un ojo al correo cada dos minutos (estoy recibiendo 16 inquietantes megas), en un sitio como éste, es decir, delante del ordenador, encima escribiendo aquí, enchufado a Internet como un preso a sus grilletes?

    Publicado el martes, 19 de abril de 2005, a las 18 horas y 23 minutos

    BENEDICTO XVI. Un par de preguntas estúpidas: ¿a cuántas personas tocó Juan Pablo II durante su papado?, ¿a cuántas personas tocará Benedicto XVI?

    P.D.: Una lástima que el cónclave haya terminado tan pronto: Rubén Amón ha dejado de escribir su blog.

    Publicado el martes, 19 de abril de 2005, a las 19 horas y 50 minutos

    STENDHAL. De «Vida de Henry Brulard»: «Esto es nuevo para mí; ¡hablar a gentes de las que se ignora absolutamente la forma de ser de la inteligencia, el tipo de educación, los prejuicios, la religión! ¡Qué ocasión única para ser auténtico y simplemente auténtico! Tan sólo la autencididad prevalece».

    Publicado el jueves, 21 de abril de 2005, a las 21 horas y 12 minutos

    RODRIGO MUÑOZ AVIA. En «Psiquiatras, psicólogos y otros enfermos»: «Mi teoría es muy sencilla: simplemente dice que todas las personas que beben coca-cola durante las comidas son felices. Es una chorrada, ya lo sé, pero es totalmente cierta, lo tengo comprobado. No digo que la gente que bebe vino o cerveza no pueda ser feliz, ni que sea la coca-cola lo que hace felices a los que la toman. Digo que el hecho de pedir coca-cola durante una comida delata a una persona feliz».

    Publicado el sábado, 23 de abril de 2005, a las 21 horas y 44 minutos

    RAFAEL SÁNCHEZ FERLOSIO. De Carácter y destino, su discurso de aceptación al Premio Cervantes: «En esa espléndida pieza de pintura que es la tabla derecha del tríptico "El Jardín de las Delicias" de Ieronimus Bosch, El Bosco, pueden verse, entre las cosas que podrían llevar a los hombres al infierno, unas cuantas, diminutas, figuras de niños y adultos, calzadas con unas botas de cuchilla muy semejantes a los patines de hoy en día, deslizándose, felices, por la superficie de una laguna helada. El placer de patinar es ventajista: reside en gastar poco y lograr mucho, en la sensación corporal de liberación de la gravedad, de ventaja sobre ésta, de ingravidez gratuitamente conseguida; precisamente gratuita, como un don, como un bien. El que patina va y viene como quiere, a la velocidad que quiere, pero, sobre todo, sin ir a ninguna parte y disfrutando a cada instante durante el ejercicio».

    Publicado el domingo, 24 de abril de 2005, a las 11 horas y 58 minutos

    DE AYER A HOY. Era periodista. Antes. Hacía entrevistas, a menudo por teléfono. Enchufaba la grabadora en ruedas de prensa. Comía en restaurantes buenos cuando presentaban libros. Mutilaba textos ajenos para encajarlos en maquetas. Perseguía noticias, muy de ciento en viento. Llegué a currarme un par de reportajes, aunque uno no llegó a publicarse. Fui periodista. Cinco o seis años. Ahora no. Ahora no sé qué hago. Ahora no sé qué soy.

    Publicado el martes, 26 de abril de 2005, a las 8 horas y 57 minutos

    AUGUSTO ROA BASTOS. De «Hijo de hombre»: «Creo que el principal valor de estas historias radica en el testimonio que encierran. Acaso su publicidad ayude, aunque sea en mínima parte, a comprender más a un hombre, a este pueblo tan calumniado de América, que durante siglos ha oscilado sin descanso entre la rebeldía y la opresión, entre el oprobio de sus escarnecedores y la profecía de sus mártires…»

    Publicado el jueves, 28 de abril de 2005, a las 9 horas y 26 minutos

    PINCHAZO. Reventó una rueda. Estábamos a unos veinte kilómetros, ya habíamos pasado Lerma. Sonó el pinchazo, solté el libro y me agarré al asiento de delante mientras el autobús traqueteaba y el conductor frenaba. Algún pasajero gritó, pero no corrimos peligro, creo, o al menos no me lo pareció. Cuando nos quedamos parados en el arcén, un agorero le dijo a su acompañante que nos habíamos salvado de milagro pero que ahora podía llegar lo peor, porque nos podían dar por detrás. Sin embargo, vi más sonrisas que muecas. Tres minutos antes dormíamos, leíamos o veíamos una película, aburridos, callados. Ahora todos contábamos por teléfono lo que nos había pasado, lo que nos estaba pasando. Algunos pasajeros hasta charlaban con otros. La situación parecía emocionante. Media hora después llegó otro autobús. Bajamos. Como no llevaba equipaje en el maletero, fui de los primeros en subir. Me senté otra vez en la plaza 21 y continué leyendo. La chica que iba al lado se volvió a colocar junto a mí.

    Publicado el martes, 3 de mayo de 2005, a las 17 horas y 41 minutos

    PUENTE DE MAYO. La primera pota regó el colchón –nuestro colchón dos por dos, para tres desde hace ya tres meses– el jueves por la noche. Mejor dicho, el viernes a las cuatro de la madrugada. El churumbel devolvió el pollo de la cena y las verduras de la comida. Como buenos profesionales, le calmamos, le pusimos un pijama limpio, cambiamos las sábanas y volvimos al sobre. Una hora más tarde lanzó otra andanada. Repetimos la operación. Media hora después, le cogimos antes de que sembrara otra vez la cama. Al rato me levanté, pillé el autobús y traté de abrir la boca lo menos posible (para no meter la gamba ni bostezar) en una reunión. Regresé. Aunque el sábado, mejor no doy detalles, tuvimos que llevarle a toda prisa al hospital, el domingo el churu ya estaba casi recuperado. A cambio, le pasó el testigo al amor de mi vida, que se pasó casi todo el día en la cama. Y el lunes me tocó a mí. Me pasé todo el día viendo la final del Campeonato Mundial de Snooker y haciendo cosas que mejor no os cuento pero que, no hay mal que por bien no venga, me han dejado con tres kilitos menos. Y aquí estoy, aquí sigo.

    Publicado el miércoles, 4 de mayo de 2005, a las 9 horas y 49 minutos

    JUAN BAS. De «El Rolls Royce de los juegos de cartas», publicado en «Eñe»: «Ganar una buena mano, una suculenta y disputada mano en una partida de póquer, es una de las sensaciones más intensas, excitantes y embriagadoras que uno puede experimentar para distraerse de esta pesada broma que es la vida. (…) Una partida de póquer sin dinero es tan absurda y estéril como meter mano a alguien con guantes de boxeo de cinco onzas. El envite monetario es lo que establece todo el juego psicológico que pone en marcha los resortes de la ruindad, la avaricia, lo temerario, lo racional y lo irracional. Esa pulsión esencial que es el apego al dinero».

    Publicado el jueves, 5 de mayo de 2005, a las 9 horas y 27 minutos

    ¿ARQUITECTO DE LA INFORMACIÓN?. Era periodista. Antes. Ahora soy, entre otras cosas, fontanero. O peón. Un ñapas con teclado.

    Publicado el viernes, 6 de mayo de 2005, a las 20 horas y 06 minutos

    «¿UNA COLUMNILLA SEMANAL?». Vivo sin vivir en mi ciudad. No compro este diario ni ningún otro. Ni veo televisiones ni escucho radios locales. No voy al fútbol, ni siquiera sé en qué división juega nuestro equipo, si es que tenemos alguno. No pertenezco a ningún partido ni a ninguna otra asociación benéfica, o maléfica. No piso el teatro, apenas frecuento los cines y ya no sé cómo se llaman los bares donde hay que abrevar ni los garitos en los que nadie te debe encontrar.

    Tal vez viva aquí como podría vivir en otra ciudad. O quizá no. No sólo vivo en esta ciudad porque haya nacido aquí, y/o porque vivan aquí unas pocas personas que no viven en otra parte.

    Vivo, más que en una ciudad, sólo en tres o cuatro calles. La del portal y la pescadería. La de la cafetería donde desayunamos. La del «territorio comanche» (mi suegra y la suegra de mi mujer comparten avenida). La del súper. Y poco más. Bueno, me olvido del parque, la jungla donde el churumbel juega con otras fieras.

    Vivo en esta ciudad sin trabajar aquí. Me llaman el mantenido porque parece que no trabajo, me ven en la calle detrás del triciclo o con las bolsas de la compra. Pero, aunque no fiche en ninguna empresa, teletrabajo. Soy un cibercurrante, o un cibercurrito. Además, ejerzo de amo de casa.

    Hace meses le propuse a Antonio José Mencía que escribiera un diario internetero –un «blog» o bitácora– , dentro de la web donde aparece el mío. El martes pasado me confesaba que no dispone de tiempo: le acaban de nombrar director de estas páginas. Luego, como quien no quiere la cosa, me preguntaba: «Por cierto, ¿te animarías a una columnilla semanal?» Después de consultarlo con la almohada y el amor de mi vida, le dije que sí, y aquí estoy.

    Me da que tendré que pasarme de vez en cuando por algún quiosco. Quizá hasta vuelva al fútbol, al teatro, a los cines y a los bares. Ahora necesito saber qué está pasando aquí. Porque algo tendré que contar, ¿no?

    Publicado el lunes, 9 de mayo de 2005, a las 10 horas y 11 minutos

    COMO UN CARTUJO. En este dormitorio donde escribo hay una cadena de música, una televisión y una radio despertador. A través del ordenador, además, podría escuchar discos o la radio. Pero trabajo como un cartujo, en silencio, incluso trato de teclear con suavidad: el churumbel duerme la siesta. Está detrás de mí, tumbado en nuestra cama. A veces suspira, a menudo cambia de postura… Por las tardes disfruto de una banda sonora que pronto echaré de menos.

    Publicado el martes, 10 de mayo de 2005, a las 18 horas y 06 minutos

    PICHICHI. A bote pronto, caigo en la cuenta de que he compartido vestuarios, además de con compatriotas, brasileños y argentinos, con alemanes, checos, rumanos, yugoslavos, turcos, italianos y polacos, con indios panameños, chilenos y colombianos, con negros franceses, holandeses, nigerianos y cameruneses... y con un japonés. Un pirado que no sonreía ni al golear. En las ruedas de prensa toreaba a los fotógrafos. No gesticulaba nunca y no dejaba nunca de mirar al traductor. Le importaba una mierda hasta que preguntara una periodista buenorra. A mitad de temporada, los foteros, que te masacran a flashazos en cuanto arqueas una ceja o te rascas la nariz, dejaban la sala después de la primera respuesta del maniquí parlante. En cambio, yo sí que les daba juego. Y desde el primer minuto. Que no sólo se ganan los partidos pisando hierba. Debo de haberme tragado demasiadas películas cutres, porque recuerdo la escena en cámara lenta. Me veo entrando en el salón de trofeos, enlutado por Armani y escoltado por el presidente y el entrenador. Me veo asediado por copas, cámaras y focos mientras los Sebagos se hunden en una alfombra roja. Suena el himno. Subimos al estrado y nos sentamos. El presi me sube a los altares, pero el hijoputa del míster vuelve con la memez que soltó antes del fichaje y repite que seré uno más dentro de la plantilla. Llega mi turno. Entonces desenfundo las gafas y me las calo sin un parpadeo. Uno cero...

    Publicado el miércoles, 11 de mayo de 2005, a las 20 horas y 50 minutos

    SOFIA COPPOLA. En «Lost in translation»: «Todo se vuelve mucho más complicado cuando tienes hijos. El día más aterrador de la vida es el día en que nace tu primer hijo. Tu vida, la que conoces, se acaba, y nunca volverá. Pero luego aprenden a caminar y a hablar y quieres estar con ellos, y acaban convirtiéndose en las personas más deliciosas que conocerás en toda tu vida».

    Publicado el viernes, 13 de mayo de 2005, a las 9 horas y 37 minutos

    SÁBADO. Ocho menos cuarto de la mañana. Salgo de casa después de enchufarle al churumbel un biberón con un cuarto de litro de leche y ocho cucharaditas de papilla, que bebe de un trago sin abrir los ojos. Me cruzo con un barrendero, que vacía una papelera conectado a unos auriculares. Me paro ante un semáforo en rojo. Aunque apenas circulan coches, se acerca un autobús. Entonces alucino: menos el conductor, dentro sólo hay mujeres, quince o veinte mujeres. ¿Adónde van?

    Publicado el sábado, 14 de mayo de 2005, a las 8 horas y 11 minutos

    ≠. Te he visto en el periódico, me dicen. A veces hasta me felicitan o me dan la enhorabuena. Me han visto. Pero no dicen que me hayan leído. ¿Por qué será?

    Publicado el domingo, 15 de mayo de 2005, a las 17 horas y 13 minutos

    EL MARRÓN DE LA FOTO. Me cagó una paloma. O una cigüeña. Qué sé yo. Ocurrió de la peluquería a casa y me di cuenta en el ascensor. En el espejo había un tipo como yo, con los zapatos marrones, el polo marrón, la americana marrón… y con un proyectil celestial. Al pájaro le faltó poco para encestar en el bolsillo superior de la americana.

    Fui directo al cuarto de baño, pero ya no para afeitarme, sino para intentar arreglar el estropicio. Quité la caca con papel higiénico, mojé un trapo y froté la americana con tantas prisas como poca pericia. Enchufé el secador. Cuando me harté, la parte superior izquierda de mi querida americana marrón había mutado. Ahora es grisácea, negrácea, marronácea.

    En fin, elegí una americana negra y busqué unos zapatos también negros. Encontré dos pares: unos muy cómodos, un poco gastados, y los de la boda. Mis zapatos de la suerte. Pero la suerte puede cambiar…

    Entonces no sabía dónde queda la nueva sede de este diario. En serio. Como me habían dicho que se encuentra en una avenida cercana a casa, me figuré que debía de estar más o menos a la altura del hipermercado, así que se me ocurrió ir hasta allí dando un paseo. En mala hora…

    Suelo caminar deprisa, pero al llegar al híper tuve que bajar el ritmo: los dichosos zapatos se estaban vengando por los cuatro años de reclusión en el armario. Sobre todo, el derecho, empeñado en taladrarme el talón. Estuve a punto de entrar para comprarme unas tiritas, pero continué andando.

    Faltaban casi dos kilómetros. Un maratón. Un martirio.

    En fin, llegué. Despellejado, pero llegué. Subí a la segunda planta y el director me plantó frente a la cámara de Ángel Ayala. Mientras me robaba el alma a flashazos, aún no se me había ocurrido escribir estas líneas. Entonces sólo podía pensar en los zapatones. Y en el pajarraco.

    Publicado el lunes, 16 de mayo de 2005, a las 9 horas y 44 minutos

    441.232 JERINGUILLAS. Francisco Javier Barroso, en «El País»: «A unos 300 metros de Las Barranquillas, apartada por un camino lleno de baches y socavones, está la narcosala (un centro asistencial de la Comunidad de Madrid), donde los yonquis acuden para inyectarse o para ser atendidos.

    La
    narcosala tuvo en 2004 unos 500 usuarios fijos y otros muchos esporádicos. Cada día acudieron una media de 100 drogadictos (el 70% hombres). En la narcosala es posible obtener una jeringuilla nueva a cambio de una usada. El año pasado, los empleados de este centro recogieron 441.232 jeringuillas (una media de 1.210 al día)».

    Publicado el miércoles, 18 de mayo de 2005, a las 8 horas y 24 minutos

    EÑE. Si dispones de tiempo de sobra, lee periódicos, revistas y libros. Si no dispones de demasiado tiempo, lee revistas y libros. Y si apenas cuentas con tiempo, lee sólo libros. Como todos, este consejo –que leí con palabras que no recuerdo quizá en un periódico, me temo– tiene excepciones. Una de ellas es «Eñe», una revista que merece ser leída como un libro.

    Publicado el miércoles, 18 de mayo de 2005, a las 18 horas y 20 minutos

    EN EL PASO DE CEBRA. Cinco de la tarde. Sábado. Una adolescente discotequera y un señor calvo y gordo discuten en mitad de la calle. Él cruza la carretera bastante antes del paso de cebra y ella, justo al echar a andar en dirección contraria, dice: «Que tú tienes noventa años y yo dieciséis putos años de mierda».

    Publicado el sábado, 21 de mayo de 2005, a las 17 horas y 32 minutos

    EL SEMÁFORO. Antes apenas me fijaba en los semáforos. Ahora empujo un cochecito o un triciclo y, como casi todos los padres con bebés o hijos pequeños, sólo cruzo con luz verde.

    Pero un semáforo rompe mis paternales y educativos esquemas. Me saca de mis casillas. Y no sólo a mí. Algo falla para que un día tras otro, siempre en ese semáforo, sobre todo en ese condenado semáforo, se repita la misma escena con escasas variantes.

    Esta mañana, por ejemplo, llevo al churumbel a casa de mis padres. Mi niño ha elegido el triciclo. Vamos más despacio que con el cochecito, aunque ya llegue a los pedales. Avanzamos más de cincuenta metros de un tirón, desde el portal hasta el parque. A estas horas los críos aún no han invadido los columpios, pero mi churumbel ya quiere lanzarse por los toboganes y conducir el tren. Para conseguirlo, intenta salir del triciclo como sea. Después de una breve pero intensa batalla, quedamos en tablas: nos vamos de allí pero acabo llevándole en brazos. Mejor dicho, en brazo, porque le sujeto con uno y con el otro empujo el triciclo.

    Al cruzar la avenida, poco antes de llegar al río, nos topamos con el semáforo.

    Está en rojo, para variar. Esperamos. Mi niño pesa ya catorce kilos. Un abuelete también aguarda, pero dos señoras cruzan en rojo, aprovechando que no pasan coches. Hacen bien, porque cuando cambia de color y el bastón y la rueda delantera del triciclo se adentran en el paso de cebra, justo entonces aparece un coche y pasa rozándonos. El semáforo luce verde para los peatones pero ámbar para los automóviles, que vienen embalados desde un semáforo en verde situado en la otra margen del río. El abuelo alza la cachava y dice: «¡Vaya pedazo de cabrón!»

    Sin abrir la boca –no me apetece enseñarle tacos a mi niño–, también cubro de insultos al conductor, aunque la culpa no sea sólo suya.

    Publicado el lunes, 23 de mayo de 2005, a las 9 horas y 36 minutos

    JOHN FRANKLIN BARDIN. En «El percherón mortal»: «En último extremo, la psicología del asesino y la del bromista difieren sólo en grado. Ambos son sádicos; ambos disfrutan con lo grotesco y con el placer de infligir dolor a otros. Podría considerarse el crimen como la broma definitiva y, a la inversa, a la broma como la forma social del asesinato».

    Publicado el martes, 24 de mayo de 2005, a las 8 horas y 33 minutos

    A LOS PUERTAS DEL COLE. Mi niño, atraído por el jolgorio, intenta entrar. Nos quedamos pegados a una valla, contemplando el recreo, y no puedo evitar escuchar cómo una maestra se desahoga así: «Les digo que no pueden venir con el tamagochi ni con la gameboy, y va una y dice: ¿Y no puedo traer el móvil? Le digo que no, y que en todo caso en clase no se puede tener los teléfonos conectados. ¿Será posible? Si sólo tienen nueve años…»

    Publicado el miércoles, 25 de mayo de 2005, a las 17 horas y 25 minutos

    20.000 ANILLOS DE MATRIMONIO. Jesús Hernández, en «Las cien mejores anécdotas de la Segunda Guerra Mundial»: «El día 15, una última formación de bombarderos acabaría de reducir Dresde a unas ruinas humeantes. Los aviones aliados no encontraron resistencia; tan sólo ocho de los más de 1.500 aparatos que participaron en el ataque no regresaron a sus bases. Se desconoce el número final de fallecidos, pero podría llegar a 300.000, casi el doble que las víctimas de las bombas atómicas de Hiroshima y Nagasaki juntas. Se reunieron unos 20.000 anillos de matrimonio, rescatados de los cadáveres calcinados».

    Publicado el sábado, 28 de mayo de 2005, a las 11 horas y 34 minutos

    ENCRUCIJADA DE GENERACIONES. Sábado de mayo. Nueve menos cuarto de la tarde. Los peques menos estivillizados del barrio aún gobiernan el parque, agazapados en el tren, trepando a los toboganes...

    Cerca, a cuarenta o cincuenta pasos, el polideportivo rebosa de decibelios, como todos los sábados de este mes. Se ha convertido en una discoteca light, apta para adolescentes de trece años en adelante, donde una veintena de monitores y varios guardas jurados logran, no sé si milagrosamente, que centenares de chavales, a veces incluso más de un millar, se diviertan allí varias horas sin beber alcohol ni consumir drogas. Alrededor del polideportivo deambulan lolitas minifalderas y émulos de Eminem que no practican el botellón (al menos, allí no) y que de vez en cuando recalan en los columpios si los niños los dejan libres…

    Junto al polideportivo se alza un centro social de una caja de ahorros también consagrado al ocio. Allí pasan el rato, leen el periódico, charlan, cantan o juegan a las cartas decenas de abuelos (iba a poner ancianos, esa palabra tan respetable, o viejos, esa otra palabra igual de precisa aunque tan deteriorada, pero me consta que a muchos no les gusta que les llamen así, y me niego a decir «personas de la tercera edad» o «mayores»). Poco antes de las nueve, muchos abandonan el edificio en pequeños grupos…

    Entonces la riada de abuelos se desborda por el parque y las calles cercanas, se cruza con el torrente adolescente y a veces se funde con un cauce intermitente y poco numeroso: el formado por los niños que regresan a casa, casi siempre a regañadientes, y por sus padres…

    Los padres, ay, somos la generación intermedia. Orgullosos de nuestros niños, contemplamos a los joveznos con una envidia mal camuflada y a los abueletes con una desazón inconfesable. Ayer hacíamos cola para entrar en discotecas y mañana tal vez podamos echar unas manos de mus en hogares de pensionistas.

    Publicado el martes, 31 de mayo de 2005, a las 1 horas y 28 minutos

    IGNACIO ALDECOA. En «Seguir de pobres»: «De la bota del pobre se bebe poco y con mucha precaución. Al pan del pobre no se le dan mordiscos; hay que partirlo en trozos con la navaja. El queso del pobre no se descorteza, se raspa».

    Publicado el miércoles, 1 de junio de 2005, a las 13 horas y 27 minutos

    PENSAMIENTO. Un vecino me para en el portal: «¿Escribes en la prensa, verdad?» Le respondo que sí y luego, antes de despedirse, me dice que le gusta cómo pienso. En el ascensor veo que se me ha quedado una cara extraña. No sé qué pensar.

    Publicado el jueves, 2 de junio de 2005, a las 20 horas y 03 minutos

    EL ECO DEL PARQUE. Hora punta en el parque. Veinte o treinta criaturas asaltan los columpios. Entre los bebés que apenas caminan y los niños que ya corretean solos sin tambalearse se encuentra tu churumbel, un valiente que mientras juega ya no quiere que le agarres de la mano. Tratas de prevenir los posibles accidentes como un aprendiz de escolta, como una sombra atolondrada, unas veces te colocas detrás de él, otras delante, pendiente de la caída, del coscorrón…

    Pongamos que te releva tu mujer y que vuelves a casa, enchufas el ordenador y empiezas a teclear palabras como éstas. Digamos que pretendes escribir del parque y de tu niño. Así que improvisas, a ver qué se te ocurre… hasta que, de pronto, te acuerdas de ellos.

    Te acuerdas de los violadores de bebés que detuvieron hace unos días. En los periódicos los llamaban así en los titulares, en vez de pederastas. Violadores de bebés.

    Delante del teclado, te quedas en blanco. Te tumbas en la cama y te refugias en los libros. Abres una novela de Kawabata y sólo la sueltas cuando tropiezas con este par de frases: «Cualquier clase de inhumanidad se convierte, con el tiempo, en humana. En la oscuridad del mundo están enterradas todas las variedades de la transgresión».

    Luego comienzas a devorar «La llave maestra», la primera novela de Agustín Sánchez Vidal, pero te topas con esta respuesta de un antiguo espía de Felipe II a su hija:

    «–¿Es empalar lo que supongo?

    –Es muerte terrible. Toman un palo grande, lo afilan muy agudamente en una de sus puntas, como se hace con los espetones en los que se pone un asado, apoyan en tierra uno de los extremos, dejándolo derecho, y al condenado lo sientan sobre él y lo espetan por el fundamento, atravesándole todo el vientre y el pecho hasta que le salga por la boca. Y lo dejan así vivo, que suele durar dos y hasta tres días.»

    No puedes evitar acordarte otra vez de ellos.

    Publicado el lunes, 6 de junio de 2005, a las 13 horas y 35 minutos

    EN LA CAJA. Nueve de la mañana. Me falta un turno para llegar a la ventanilla. Antes de pasarme todo el día currando, como todos los días, escucho cómo se queja la mujer a la que ya están atendiendo: «Me mato a trabajar, es que no aguanto más, esto es horrible… Esta semana encima tengo que ir dos tardes...».

    Publicado el martes, 7 de junio de 2005, a las 11 horas y 29 minutos

    ALESSANDRO BARICCO. En «Sin sangre»: «A la vida siempre le falta alguna cosa para ser perfecta».

    Publicado el domingo, 12 de junio de 2005, a las 13 horas y 54 minutos

    EXCESOS. No guiñes los ojos. No subas las cejas. No gesticules. Ya puestos, sonríe con cautela y restringe las carcajadas. Pásate el día durmiendo, o dormido, qué más da: estáte quieto, eso es lo importante. Vive alelado, dopado delante de un televisor, de un cuadro o de una pared en blanco, qué más da, preocúpate sólo cuando parpadees demasiado. Cómprate una caña y deja que fluyan horas, días y semanas sin arquear una ceja, a pesar de que pesques una ballena blanca. Ingresa en un convento de clausura o en un monasterio tibetano y dedícate a orar en silencio, inmóvil y sereno, un mes tras otro, a ser posible con los ojos cerrados, aunque el éxtasis místico o el nirvana te hagan levitar.

    Sobre todo, no te acomplejes. Tu cara se va a transformar en una máscara, pero no te acomplejes. El día en que celebres tu noventa aniversario con cara de adolescente, ya te reirás tú de todos los que ahora te critican. Entonces sí que te vas a reír, vas a ser tan joven, tan juvenil, tendrás una mirada tan jovial… El esfuerzo habrá merecido la pena, seguro que sí.

    Para lograrlo, por supuesto, además habrás pasado años, lustros y décadas “cuidándote un poquito”. Es decir, machacándote en el gimnasio, sometiéndote a una dieta perpetua y reparándote el chasis con las operaciones quirúrgicas que sean necesarias, o que puedas pagar.

    Todo, porque un día cayó en tus manos el número 15 de la revista Corporación Dermoestética y al ojearlo, como quien no quiere la cosa, te encontraste con esta revelación: «Además de la aplicación de cosméticos adecuados, debemos evitar los excesos en los gestos y expresiones que afecten al contorno de los ojos, porque esta zona se encuentra ya en constante movimiento con el parpadeo (unas 12.000 veces al día) y con problemas específicos como bolsas y ojeras». Desde entonces tu vida cambió.

    Antes, insensato, pasabas señas jugando al mus.

    Publicado el lunes, 13 de junio de 2005, a las 22 horas y 49 minutos

    SECUNDINO SERRANO. En «El País», al ser entrevistado por escribir «La última gesta. Los republicanos que vencieron a Hitler (1936-1945)», editado por Aguilar»: «El otro día me escribió un señor diciéndome que iba a ir con su familia a León a darme un abrazo. Había vivido pensando que su padre había sido ladrón y en mi libro sobre maquis se cuenta su historia: en realidad fue guerrillero. Lo malo es que no se lo va a poder explicar a su madre: tiene Alzheimer».

    Publicado el martes, 14 de junio de 2005, a las 8 horas y 48 minutos

    CANSADO. Algo pasa, algo tiene que pasar, para que te despiertes con este verso en la cabeza: «estoy cansado de estar cansado», que sólo parece un juego de palabras. No echas la culpa ni al bochorno ni a la siestorra, sino a la memoria.

    Publicado el viernes, 17 de junio de 2005, a las 17 horas y 53 minutos

    ¡PARKING NO!. De ciertos asuntos no se debe opinar, al menos en público,… si uno no está informado. No se debe, aunque a todos nos encante dar nuestra opinión. Bueno, o lo que creemos que es nuestra opinión.

    Eso sí, sobre cierto asunto tengo unas ganas enormes de opinar. Me apetece aún más que merendar cecina en los toros. Me encantaría escribir una opinión sobre el párking que quizá construyan debajo de mi parque (bueno, del parque de mi niño, del parque donde más juega) y, ya puestos, y por solidaridad con los vecinos de ese barrio, sobre el párking que tal vez construyan en una de las principales avenidas comerciales de la ciudad.

    Pero tengo un problema: aunque supongo que podría acceder al potente armamento que manejan los políticos y los técnicos que apoyan las obras (sus informes, sus acuerdos, sus qué sé yo); aunque podría conocer las razones que han causado que muchos de los vecinos y los comerciantes afectados por ambos aparcamientos se hayan agrupado y estén luchando con toda la artillería que pueden, ya sea mediante recursos judiciales, caceroladas o manifestaciones; en definitiva, aunque intente informarme lo mejor que pueda, intuyo que no podré opinar con fundamento y con contudencia. Carezco del talento y la influencia necesarios para lograr una utopía: escribir una opinión tan convincente, tan demoledora y tan irrefutable que provoque que los promotores de estos proyectos se olviden de ellos para siempre.

    Por eso he llegado a una lamentable conclusión: no puedo opinar. Ando demasiado escaso de argumentos. Simplemente, mi niño y yo no queremos que nos dejen sin columpios ni un solo día, ni tampoco que se queden sin clientes las cafeterías del parque y la tienda donde compramos aspitos y gominolas.

    Mi niño y yo no formulamos una opinión cuando gritamos: «¡Parking No!» Sólo expresamos un deseo: queremos que no toquen nuestro parque.

    Publicado el lunes, 20 de junio de 2005, a las 11 horas y 50 minutos

    EN LOS COLUMPIOS. «No me casaría con Beckham ni por 10.000 euros», le dijo ayer por la tarde una niña de unos diez años a su amiga mientras mi niño ascendía por una rampa.

    Publicado el miércoles, 22 de junio de 2005, a las 17 horas y 36 minutos

    EN LA FUENTE. Un enjambre de niños rellena globos. Uno de ellos deja el grupo, calado, mientras el cabecilla le insulta: «¡Me cagüen en ti y en tu puta familia!» El chaval responde con una blasfemia y un corte de mangas.

    Publicado el jueves, 23 de junio de 2005, a las 12 horas y 33 minutos

    ANTONIO PEREIRA. En el prólogo de Me gusta contar: «Si dudas entre dos palabras, elige la más clara. Si hay empate, quédate con la menos prestigiosa».

    Publicado el sábado, 25 de junio de 2005, a las 12 horas y 49 minutos

    PÍO BAROJA. En La guerra civil en la frontera , octavo y último volumen de sus memorias, que hoy merecen un extenso reportaje en El País: «En estos relatos no hay el menor asomo de arrojo ni de audacia. Carezco de vocación de héroe. Soy un espectador, un curioso, y nada más. En algunas circunstancias las impresiones de las vidas vulgares, contadas con exactitud y con detalles, pueden tener algún interés, y dar el carácter de la época, con tanta exactitud como la de los hombres arriesgados y extraordinarios que hay que reconocer que, en este tiempo, ha habido pocos, porque la mayoría han sido mediocres, al menos en España».

    Publicado el domingo, 26 de junio de 2005, a las 13 horas y 21 minutos

    A DIETA. Peso, en números bien redondos, cien kilos. Cuando jugaba al baloncesto no llegaba a ochenta y cinco, y eso que comía por dos. Ahora continúo zampando tanto como antes, o más, aunque me pase el día delante de un ordenador o detrás de un triciclo. Por eso, como media España en estas fechas tan sudorosas, el jueves pasado me puse a dieta.

    Voy a ser inflexible, me dije nada más levantarme. No voy a pecar ni a picar. Hasta nunca, michelones.

    Entré en Rodel con paso firme. No me tembló la voz cuando pedí con sacarina el café con leche… a pesar de que sabía cómo iba a responderme Alberto, el repostero más guasón a este lado del río Arlanzón: «¿Con adelgacina?»

    Por desgracia, entre semana Alberto obsequia a sus parroquianos con un lacito de hojaldre muy tentador… y no pude evitar devorar el mío y, ya puestos, el del amor de mi vida. Sin embargo,… mis tripas continuaban rugiendo. Tuve que engullir una raqueta. Además nuestro niño se fijó en un apetitoso bizcocho y Alberto nos puso una buena porción. Como era de esperar, el churumbel apenas lo probó, así que me tocó terminarlo, qué pena.

    Bueno, pensé más tarde, olvidemos lo ocurrido. Preparo una ensaladita para comer y santas pascuas. Pero mi querida esposa llegó a casa ¡con una chapata!, ¿y a quién no le gusta hacer barquitos?

    El resto, para qué contarlo. Después de quemar unas cuantas calorías en el parque, repostamos en una terraza. Unas cañas con unas aceitunitas. Con la segunda ronda no pudimos evitar pedir unos pinchos de chorizo. De bar en bar, tampoco nos resistimos a una bravas, a unos cojonudos, a unas croquetas de jamón, a una ración de lengua ibérica y a otra de pulpo. Para rematar la noche, a mi niño le dio por encapricharse de un frigopié. Se hartó al segundo lengüetazo, cómo no.

    Mientras atacaba al helado, llegué a una conclusión: el próximo día que comience un régimen, pasaré del lacito. Seré inflexible.

    Publicado el lunes, 27 de junio de 2005, a las 12 horas y 29 minutos

    Ilustración de Toño Benavides
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